ARCHIVO MIGUEL BAKUNIN

Recopilación de documentos de Bakunin en español.

La Libertad.

Posted by archivero on February 12, 2008

 CAPÍTULO I

A LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD

… Todo lo que vive tiende a realizarse en la plenitud de su ser. El hombre, ser vivo y pensante al mismo tiempo, para realizarse debe ante todo conocerse.

… Las ideas y las representaciones humanas, no ha­biendo sido al principio nada más que los productos de los hechos reales, tanto naturales como sociales, en ese sentido de que han sido su reflexión o repercusión en el cerebro humano y su reproducción ideal por así decirlo, y más o menos juiciosa, adquieren más tarde, una vez que están ya bien establecidas en la conciencia colectiva de cualquier sociedad, el poder de convertirse a su vez en causas productoras de nuevos hechos, no propiamente naturales sino sociales. Acaban por modificar y transformar, muy lenta­mente en verdad, la existencia, los hábitos y las institucio­nes humanas, en una palabra, todas las relaciones de los hombres en la sociedad, y a través de su encarnación en las cosas más cotidianas de la vida de cada uno, pasan a ser sensibles, palpables para todos, incluso para los niños.

De manera que cada nueva generación se empapa de ello desde su más tierna infancia, y cuando llega a la edad viril, donde empieza propiamente el trabajo de su propio pensamiento, necesariamente acompañado de una crítica nueva, halla en sí mismo, así como en la sociedad que le rodea, todo un mundo de pensamientos o de representa­ciones establecidas, que le sirven de punto de partida y le dan en cierta manera la materia prima o la trama para su propio trabajo intelectual y moral.

… Todas esas ideas que, al nacer, halla encarnadas en las cosas y en los hombres y que se imprimen en su pro­pio espíritu mediante la educación y mediante la instruc­ción que recibe, incluso antes de que haya llegado al conocimiento de sí mismo, las encuentra de nuevo más tarde consagradas, explicadas, comentadas por las teorías que expresan la conciencia universal o el prejuicio colec­tivo y mediante todas las instituciones religiosas, políti­cas y económicas de la sociedad de la que forma parte. Y está él mismo tan impregnado por ellas, que esté o no personalmente interesado en defenderlas, es involuntaria­mente su cómplice, por todos sus hábitos materiales, intelectuales y morales.

De lo que debe uno extrañarse, no es, pues, de la acción todopoderosa que esas ideas, que expresan la conciencia colectiva de la sociedad, ejercen sobre la masa de los hom­bres; sino muy por lo contrario, que se encuentre en esta masa individuos que tienen el pensamiento, la voluntad y la valentía de combatirlas. Pues la presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa.

… Armado con su formidable poder de abstracción el hombre no reconoce ni reconocerá jamás límite alguno pa­ra su curiosidad imperiosa, apasionada, ávida de saberlo todo y abarcarlo todo. Basta con decirle: “No irás más allá”, para que, con todo el poder de esa curiosidad irri­tada por el obstáculo, tienda a lanzarse más allá. Bajo ese prisma, el Buen Dios de la Biblia se ha mostrado mucho más lúcido que el Sr. Augusto Comte y sus discí­pulos los positivistas; queriendo sin duda que el hombre comiera la fruta prohibida, le prohibió comerla. Esa inmoderación, esa desobediencia, esa rebeldía del espíritu humano contra todo límite impuesto tanto si es en nombre del Buen Dios como en nombre de la ciencia, constituyen su honor, el secreto de su poder y de su libertad. Es bus­cando lo imposible como el hombre ha realizado siempre lo posible, y quienes se han limitado “sabiamente” a lo que les parecía lo posible jamás avanzaron un solo paso.

… La voluntad, como la inteligencia, no es un destello místico, inmortal y divino, caído milagrosamente del cielo a la tierra para animar a fragmentos de carne, a cadá­veres. Es el producto de la carne organizada y viva, el producto del organismo animal.

… El hombre sólo se hace realmente hombre, sólo conquista la posibilidad de su emancipación interior, en tanto que consigue romper las cadenas de esclavo que la naturaleza exterior hace pesar sobre todos los seres vivos.

… Por restringido que sea en comparación con el Uni­verso, nuestro globo es aún un mundo infinito. Bajo ese prisma, puede decirse que nuestro mundo, en el sentido más restringido de la palabra, nuestra tierra, es asimismo inaccesible, o sea inagotable. La ciencia nunca llegará al último término, ni dirá su última palabra. ¿Nos ha de desesperar ello? Por lo contrario, si la tarea fuese limitada enfriaría pronto el espíritu del hombre, el cual, una vez por todas, por más que se diga y que se haga, nunca se siente tan feliz como cuando puede romper y franquear un límite.

… La presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa, y no existe en absoluto un carácter lo bastante fuerte ni una inteligencia lo bastante potente que puedan considerarse al abrigo de los embates de esa influencia tan despótica como irresistible.

Nada prueba tanto el carácter social del hombre como esa influencia. Se diría que la conciencia colectiva de cualquier sociedad, encarnada tanto en las grandes institucio­nes públicas como en todos los detalles de su vida privada y sirviendo de base a todas sus teorías, forma una especie de medio ambiente, una especie de atmósfera intelectual y moral, perjudicial pero absolutamente necesaria para la existencia de todos sus miembros. Les domina y les sos­tiene al mismo tiempo, vinculándoles entre ellos mediante relaciones acostumbradas y necesariamente determinadas por ella misma; inspirando a cada uno la seguridad, la certeza, y constituyendo para todos la condición suprema de la existencia del gran número, la banalidad, el tópico, la rutina.

La mayoría de los hombres, no solamente en las masas populares sino en las clases privilegiadas e ilustradas igual­mente e incluso con más frecuencia que en las masas, sólo se sienten tranquilos y en paz consigo mismos cuando en sus pensamientos y en todos los actos de su vida siguen fielmente, ciegamente, la tradición y la rutina.

… La inmensa mayoría de los individuos humanos só­lo quieren y piensan lo que todo el mundo a su alrededor  quiere y piensa; sin duda creen querer y pensar por sí mismos, pero sólo hacen reaparecer servilmente, rutinariamente, con modificaciones completamente imperceptibles y nulas, los pensamientos y voluntades ajenas. Esa servili­dad, esa rutina, fuentes inagotables del tópico, esa ausencia de rebeldía en la voluntad y esa ausencia de iniciativa en el pensamiento de los individuos son las causas princi­pales de la lentitud desoladora del desarrollo histórico de la humanidad. Para nosotros, materialistas o realistas, que no creemos ni en la inmortalidad del alma ni en el libre al­bedrío, esa lentitud, por más que nos aflija, aparece como un hecho natural. Partido del estado de gorila, el hombre sólo llega muy difícilmente a la conciencia de su humanidad y a la realización de su libertad. Al principio, no puede tener ni esta conciencia ni esta libertad; nace bestia feroz y esclava, y sólo se humaniza y se emancipa progre­sivamente en el seno de la sociedad que es necesariamente anterior al nacimiento de su pensamiento, de su palabra y de su voluntad; sólo puede hacerlo mediante los es­fuerzos colectivos de todos los miembros pasados y pre­sentes de esta sociedad, la cual es en consecuencia la base y el punto de partida de su existencia humana. Resulta de ello que el hombre sólo realiza su libertad individual o bien su personalidad al completarse con todos los indi­viduos que le rodean, y únicamente gracias al trabajo y al poder colectivo de la sociedad. La sociedad lejos de dis­minuir y limitar, crea por lo contrario la libertad de los individuos humanos.

… La rebeldía contra esta influencia natural de la so­ciedad es mucho más difícil para el individuo que la re­beldía contra la sociedad oficialmente organizada, contra el Estado, aunque a menudo sea tan inevitable como esta última. La tiranía social, a menudo aplastante y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa, de despo­tismo legalizado y formal que distingue a la autoridad del Estado. No se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo pena de incurrir en una sanción jurídica. Su acción es más dulce, más insinuante, más imperceptible, pero tanto más poderosa. Para rebe­larse contra esta influencia que la sociedad ejerce natu­ralmente sobre él, el hombre ha de rebelarse, por lo menos en parte, contra sí mismo, pues con todas sus tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales él mismo no es otra cosa que el producto de la sociedad.

… Se puede preguntar tan poco si la sociedad es un bien o un mal, como es imposible preguntar si la natura­leza, el ser universal, material, real, único, supremo, abso­luto, es un bien o un mal; es más que todo eso; es un inmenso hecho positivo y primitivo, anterior a toda conciencia, a toda apreciación intelectual y moral, es la base misma, es el mundo en el que fatalmente y con posteriori­dad se desarrolla para nosotros lo que llamamos el bien y el mal.

No sucede igual con el Estado; y no vacilo en decir que el Estado es el mal, pero un mal históricamente nece­sario, tan necesario en el pasado como lo será tarde o temprano su extinción completa, tan necesario como lo han sido la bestialidad primitiva y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado no es en modo alguno la sociedad, es sólo una forma histórica tan brutal como abs­tracta de la misma. Nació históricamente en todos los países del maridaje de la violencia, de la rapiña, del pi­llaje, en una palabra, de la guerra y de la conquista, con los dioses creados sucesivamente por la fantasía teológica de las naciones.

… El Estado es una institución histórica transitoria, una forma pasajera de la sociedad.

… La rebeldía es mucho más fácil contra el Estado, puesto que en la naturaleza misma del Estado hay algo que provoca a la rebeldía. El Estado es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la infatuación de la fuerza. No se insinúa no trata de convertir: y siempre que lo intenta, lo hace con muy mala pata; pues su naturaleza no consiste en persuadir, sino en imponerse, en forzar. Se esfuerza un poco en enmascarar su naturaleza de violador legal de la voluntad de los hombres, de negación perma­nente de su libertad. Incluso cuando ordena el bien, lo perjudica y echa a perder, precisamente porque lo “orde­na”, y que toda orden provoca y suscita las rebeldías legí­timas de la libertad; y porque el bien, desde el momento que es ordenado, desde el punto de vista de la auténtica moral, de la moral humana (no divina por supuesto), desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, pasa a ser el mal. La libertad, la moralidad y la dignidad humana del hombre consisten precisamente en eso, en que hace el bien, no porque se le ordena sino porque lo concibe, lo quiere y lo ama.

La sociedad no se impone, formal, oficial, autoritaria­mente, se impone naturalmente, y es debido a ello precisamente que su acción sobre el individuo es incompa­rablemente más poderosa que la del Estado. Crea y forma a todos los individuos que nacen y que se desarrollan en su seno. Hace pasar en ellos, lentamente, desde el primer día de su nacimiento hasta el de su muerte, toda su propia naturaleza material, intelectual y moral; Se in­dividualiza en cada uno por así decirlo

… La ley de la solidaridad social es la primera ley humana; la libertad es la segunda ley. Esas dos leyes se interpretan y, al ser inseparables, constituyen la esencia de la humanidad. Así la libertad no es la negación de la solidaridad por lo contrario, es su desarrollo y, por así decirlo, la humanización.

… A cualquiera que pretenda que la acción natural sobre las masas es aún un atentado a la libertad de las masas, una tentativa de crear un nuevo poder autoritario, responderemos que es sólo un sofista o un tonto. Tanto peor para quienes ignoran la ley natural y social de la solidaridad humana, hasta el punto de imaginarse que la independencia mutua absoluta de los individuos y de las masas es una cosa posible, o incluso deseable. Desearla es querer la aniquilación misma de la sociedad, pues toda la vida social no es más que esa dependencia mutua ince­sante de los individuos y de las masas. Todos los indivi­duos, incluso los más inteligentes, los más fuertes -y es­pecialmente los inteligentes y fuertes-, son a cada ins­tante de su vida al mismo tiempo los productores y los productos de las voluntades y de la acción de las masas. La libertad misma de cada individuo es la resultante, siempre nuevamente reproducida, de esa cantidad de in­fluencias materiales, intelectuales y morales que todos los individuos que le rodean (que la sociedad en la que nace, se desarrolla y muere) ejercen sobre él. Querer escapar a esta influencia en nombre de una libertad trascendente, divina, absolutamente egoísta y autosuficiente, es conde­narse al no ser; querer renunciar a ejercerla sobre los demás, es renunciar a toda acción social, a la expresión misma de su pensamiento y de sus sentimientos, es aún desembocar en el no-ser.

En la naturaleza como en la sociedad humana, que no es aún otra cosa que esa misma naturaleza, todo lo que vive, vive sólo con esa condición suprema de intervenir de la manera más positiva, y tan poderosamente como lo comporte su naturaleza, en la vida ajena. La abolición de esta influencia mutua sería, pues, la muerte. Y cuando reivin­dicamos la libertad de las masas no pretendemos en absoluto abolir ninguna de las influencias naturales de ningún individuo ni de ningún grupo de individuos que ejercen su acción sobre ellas. Lo que queremos es la abolición de las influencias artificiales, privilegiadas, legales, ofi­ciales. Si la Iglesia y el Estado pudieran ser instituciones privadas, nosotros seríamos indudablemente sus adversa­rios, pero no protestaríamos contra su derecho de existir. Pero protestamos contra ellos porque siendo indudable­mente instituciones privadas en el sentido de que sólo existen en efecto para el interés particular de las clases privilegiadas, no por ello se sirven menos de la fuerza colectiva de las masas organizadas con objeto de imponerse autoritaria, oficial y violentamente a las masa.

… Es una verdad universal que no admite ninguna excepción. El hombre sólo tiene realmente en su interior lo que manifiesta de una manera u otra en su exterior. Esos sedicentes genios desconocidos, esos espíritus vanos y enamorados de sí mismos, que se lamentan eternamente de que jamás logran poner a plena luz los tesoros que dicen llevar en sí mismos, son siempre en efecto los in­dividuos más miserables con respecto a su “ser íntimo”: no llevan en ellos mismos nada en absoluto.

La única grande y todopoderosa autoridad natural y racional a la vez, la única que podamos respetar, será la del espíritu colectivo y público de una sociedad basada en la igualdad y en la solidaridad, así como en la libertad y en el respeto humano y mutuo de todos sus miembros. Sí, he aquí una autoridad sin nada de divino absolutamente humana, pero ante la cual nos inclinaremos con gusto, seguros de que lejos de sojuzgarles, emancipará a los hombres. Será mil veces más poderosa, estad seguros, que todas vuestras autoridades divinas, teológicas, metafísicas, políticas y jurídicas instituidas por la Iglesia y el Estado, más poderosa que vuestros criminales códigos, vuestros carceleros y vuestros verdugos.

El poder del sentimiento colectivo o .del espíritu pú­blico es ya muy serio hoy. Los hombres más capaces de cometer crímenes osan raramente desafiarla, afrontarla abiertamente. Tratarán de burlarla, pero se guardarán mucho de atropellarla, a menos que se sientan apoyados por una minoría cualquiera como mínimo. Ningún hom­bre, por poderoso que se crea, tendrá nunca la fuerza de soportar el desprecio unánime de la sociedad, ninguno sabría vivir sin sentirse sostenido por el asentimiento y la estima de una parte cualquiera de esa sociedad como mínimo. Es preciso que un hombre esté impulsado por una inmensa y muy sincera convicción, para que tenga la valentía de opinar y de caminar contra todos, y nunca el hombre egoísta, depravado y vil tendrá esa valentía.

Nada prueba mejor la solidaridad natural y fatal, esta ley de sociabilidad que religa a todos los hombres, como este hecho que cada uno de nosotros puede comprobar ca­da día, tanto sobre sí mismo como sobre todos los hom­bres que conozca. Pero si este poder social existe, ¿por qué no ha bastado hasta el momento actual para moralizar, para humanizar a los hombres? La respuesta a esta pre­gunta es muy simple: porque, hasta el momento presente, no ha sido humanizado en absoluto; y no ha sido huma­nizado hasta ahora porque la vida social de la que es siempre la fiel expresión se basa, como es sabido, sobre el culto divino y no sobre el respeto humano; sobre la auto­ridad y no sobre la libertad; sobre el privilegio y no sobre la igualdad; sobre la explotación y no sobre la fraternidad entre los hombres; sobre la iniquidad y la mentira, y no sobre la justicia y la verdad. En consecuencia, su acción real, siempre en contradicción con las teorías humanitarias que profesa, ha ejercido constantemente una influencia funesta y depravadora, no moral. No reduce los vicios y los crímenes sino que los crea. Su autoridad es en con­secuencia una autoridad divina, antihumana; su influen­cia dañina y funesta. ¿Queréis convertirlas en beneficiosas y humanas? Haced la revolución social. Haced que todas las necesidades pasen a ser realmente solidarias, que los intereses materiales y sociales de cada cual pasen a estar de acuerdo con los deberes humanos de cada cual. Y para eso sólo hay un medio: destruid todas las instituciones de la desigualdad; fundad la igualdad económica y so­cial de todos, y sobre esta base se alzará la libertad, la moralidad, la humanidad solidaria de todo el mundo.

… La ley de la solidaridad social es inexorable, de manera que para moralizar a los individuos no es preciso tanto el ocuparse de su conciencia como de la naturaleza de su existencia social.

… Es preciso moralizar ante todo a la sociedad misma.

… Me importa mucho lo que son todos los demás hombres, porque por independiente que yo me imagine o que parezca por mi posición social, aunque yo fuera papa, zar o emperador o incluso ministro, soy incesantemente el producto de lo que son los últimos entre ellos; si ellos son ignorantes, miserables, esclavos, mi existencia está determinada por su ignorancia, su miseria y su esclavitud. Yo, hombre ilustrado o inteligente, por ejemplo -si es el caso-, soy estúpido de su estupidez; yo valiente, soy escla­vo de su esclavitud; yo rico, tiemblo ante su miseria; yo privilegiado, palidezco ante su justicia. Yo en fin, que­riendo ser libre, no puedo serlo, porque alrededor mío todos los hombres no quieren aún ser libres, y al no que­rerlo pasan a ser instrumentos de opresión contra mí.

No es una imaginación, es una realidad de la que todo el mundo hace hoy la triste experiencia. ¿Por qué, después de tantos esfuerzos sobrehumanos, después de tantas re­voluciones inicialmente siempre victoriosas, después de tantos sacrificios dolorosos y de tantos combates por la libertad, Europa sigue aún esclava? Porque en todos los países de Europa hay aún una masa inmóvil, por lo menos en apariencia, y que ha quedado inaccesible hasta ahora a la propaganda de las ideas de emancipación, de humanidad y de justicia, la masa de los campesinos. Es ella la que constituye hoy el poder, el último apoyo y el último refugio de todos los déspotas, una auténtica cachiporra en sus manos para aplastarnos, y mientras no hayamos hecho penetrar en ella nuestras aspiraciones, nuestras pasiones, nuestras ideas, no cesaremos de ser esclavos. Hemos de emanciparlos para emanciparnos.

… En casi todos los países las mujeres son esclavas; mientras que no sean completamente emancipadas, nuestra propia libertad será imposible.

… Ningún pueblo sabría ser completa y solidariamente libre en el sentido humano de la palabra, si la humanidad entera no lo es.

… Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres, de manera que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más profunda y más amplia es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia viene a ser mi libertad. Sólo puedo decirme auténticamente libre cuando mi libertad o, lo que significa lo mismo, mi dignidad de hombre, mi derecho humano, reflejados por la conciencia igualmente libre de todos, vuelven a mí confirmados por el asentimiento de todos. Mi libertad personal así confirmada por la libertad de todos se extiende hasta el infinito.

… La libertad de los individuos no es en absoluto un hecho individual, es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre sabría ser libre fuera y sin el concurso de toda la sociedad humana. Los individualistas, o los com­pañeros de viaje que hemos combatido en todos los con­gresos de trabajadores, pretendían, con los moralistas y los economistas burgueses, que el hombre podía ser libre, que podía ser hombre, fuera de la sociedad, diciendo que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres anteriormente libres. Esa teoría, proclamada por J. J. Rousseau, el escritor más perjudicial del pasado siglo, el sofista que ha inspirado a todos los revolucionarios bur­gueses, esa teoría denota una ignorancia completa tanto de la naturaleza como de la historia.

… El hombre sólo se emancipa de la presión tiránica que ejerce sobre cada cual la naturaleza exterior mediante el trabajo colectivo; pues el trabajo individual, impotente y estéril, nunca lograría vencer a la naturaleza.

… Todo lo que es humano en el hombre, y más que nada la libertad, es el producto de un trabajo social, colectivo, Ser libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado por los teólogos y los metafísicos.

… El hombre sólo se convierte realmente en tal cuan­do respeta y ama a la humanidad y la libertad de todos, y cuando su humanidad y libertad son respetadas, amadas, suscitadas y creadas por todos.

CAPÍTULO II

EL GOBIERNO DE LOS HOMBRES INTELIGENTES Y VIRTUOSOS

… ¿Quién podría ser en efecto el guardián y el eje­cutante de las leyes, el defensor de la justicia y del orden público contra las malas pasiones de cada cual, si cada cual se declara incapaz de velar por sí mismo y de amor­dazar, tanto como sea necesario para la salud común, su propia libertad, que tiende naturalmente hacia el mal? En una palabra, ¿quién cumplirá las funciones del Estado?

Los mejores ciudadanos, se dirá, los más inteligentes y los más virtuosos, los cuales comprenderán mejor que los demás los intereses comunes de la sociedad y la necesidad para cada cual, el deber de cada cual, de subordinarles todos sus intereses particulares. Es preciso, en efecto, que esos hombres sean tan inteligentes como virtuosos, pues si fueran sólo inteligentes sin virtud, podrían muy bien utilizar la cosa pública para su interés privado, y si sólo fueran virtuosos sin inteligencia, la llevarían a la ruina a pesar de toda su buena fe. Es preciso, pues, para que una república no perezca, que posea en todas las épo­cas un número bastante considerable de tales hombres.

He aquí una condición que no se realiza ni fácilmente ni con frecuencia. Ordinariamente, en las regiones del po­der lo que domina es la insignificancia, lo gris, y a me­nudo, como hemos visto en la historia, es el negro y el rojo, es decir, todos los vicios y la violencia sanguinaria quienes triunfan.

… Supongo que en una sociedad ideal, en cada época, se halla un número suficiente de hombres igualmente inteligentes y virtuosos para llenar dignamente las funciones principales del Estado. ¿Quién les buscará, les hallará, les distinguirá y pondrá en sus manos las riendas del Es­tado? ¿Las cogerán ellos mismos, conscientes de su inteligencia y de su virtud como lo hicieron dos sabios de Grecia, Kleóbulo y Periándrias, a quienes, pese a su gran supuesta sabiduría, los griegos no dejaron de calificar con el odioso nombre de tiranos? ¿De qué manera tomarán el poder? ¿Será mediante la persuasión o mediante la fuerza? Si es mediante la primera, observaremos que sólo se persuade bien de aquello de que uno mismo está persuadido y que los mejores hombres son precisamente quienes me­nos persuadidos están de su propio mérito; incluso cuando son conscientes de ello, ordinariamente les repugna impo­nerlo a los demás, mientras que los hombres malos y me­diocres satisfechos de ellos mismos, no experimentan re­pugnancia alguna en glorificarse. Pero supongamos incluso que habiendo hecho callar esta excesiva modestia en los hombres de un mérito real su deseo de servir a la patria, éstos se presentan ellos mismos al sufragio de sus conciu­dadanos: ¿serán siempre aceptados y preferidos por el pueblo a intrigantes ambiciosos, elocuentes y hábiles? Si por lo contrario quieren imponerse mediante la fuerza, es preciso ante todo que tengan a su disposición una fuerza suficiente para vencer la resistencia de todo un partido. Llegarán al poder mediante la guerra civil, al acabar la cual habrá un partido no reconciliado sino vencido y per­manente hostil. Para contenerle, deberán seguir usando la fuerza. No será, pues, una sociedad libre, sino un Estado despótico, basado en la violencia, y acaso en él encontréis cosas que os parecerán admirables; pero en ningún caso la libertad.

Para seguir en la ficción del Estado libre surgido de un contrato social, no es preciso, pues, suponer que la ma­yoría de los ciudadanos habrá siempre tenido la prudencia, el discernimiento y la justicia necesarios para elegir y para situar en cabeza del gobierno a los hombres más dignos y más capaces. Pero, para que un pueblo haya mostrado, no una sola vez ni únicamente por azar, sino siempre, en todas las elecciones que habrá tenido que hacer, a lo largo de toda la duración de su existencia, ese discernimiento, esa justicia, esa prudencia, ¿no es preciso que él mismo, tomado globalmente, haya alcanzado un grado tan alto de moralidad y de cultura que no necesite ya ni gobierno ni Estado? Tal pueblo únicamente puede necesitar el vivir, dejando un libre curso a todos sus instintos: la justicia y el orden público surgirán por sí mismos y naturalmente de su vida, y el Estado, al dejar de ser la providencia, el tutor, el educador, el regulador de la sociedad, al renun­ciar a todo poder represivo y al caer en el papel subalterno que le asigna Proudhon, no será más que una simple ofi­cina de negocios, una especie de factoría central al ser­vicio de la sociedad.

Sin duda, tal organización política, o mejor tal reduc­ción de la acción política en favor de la libertad de la vida social, sería un gran beneficio para la sociedad, pero en cambio no contentaría en absoluto a los partidarios del Estado. Les es absolutamente preciso un Estado-providen­cia, un Estado-director de la vida social, que promulgue la justicia y regule el orden público. Es decir, tanto si lo confiesan como si no, incluso si se llaman republicanos, demócratas o incluso socialistas, les es preciso siempre un pueblo más o menos ignorante, menor, incapaz o, para llamar las cosas por su nombre, un pueblo más o menos “canalla” que gobernar; con objeto sin duda de que, violentando el propio desinterés y modestia, puedan ellos mis­mos conservar los primeros puestos, con objeto de tener siempre ocasión de entregarse a la cosa pública y que, orgullosos de su virtuosa entrega y de su inteligencia exclusiva, guardianes privilegiados del rebaño humano, al impulsarle para su bien y al conducirle a la salvación, puedan también esquilarle un poco.

… Suponed una academia de sabios, compuesta por los representantes más ilustres de la ciencia; suponed que esa academia esté encargada de la legislación, de la organiza­ción de la sociedad, y que, inspirándose sólo en el más puro amor por la verdad, sólo le dicte leyes absolutamente conformes con los más recientes descubrimientos de la ciencia. Pues bien, yo pretendo que esa legislación y esa organización serían una monstruosidad, y ello por varios motivos. El primero es que la ciencia humana es siempre necesariamente imperfecta y que, al comparar lo que ha descubierto con lo que le queda por descubrir, se puede decir que está aún en pañales. De manera que si se quisiera forzar la vida práctica tanto colectiva como indivi­dual de los hombres a adecuarse estricta y exclusivamente, a los últimos datos de la ciencia, se condenaría a la so­ciedad y asimismo a los individuos, a sufrir el martirio del lecho de Procusto, que acabaría dislocándoles y ahogán­doles pronto, ya que la vida sigue siendo infinitamente más amplia que la ciencia.

La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciera a una legislación emanada de una academia científica, pero sin que hubiera comprendido por sí misma el ca­rácter racional -en cuyo caso la existencia de la academia resultaría inútil- únicamente porque esta legislación ema­nando de esta academia se impondría en nombre de una ciencia que se veneraría sin comprenderla, tal sociedad no sería una sociedad de hombres sino de brutos. Sería una segunda edición de esa pobre república del Paraguay que se dejó gobernar durante tanto tiempo por la Com­pañía de Jesús. Tal sociedad no dejaría de caer muy pronto al más bajo grado del idiotismo.

… La ciencia no puede salir de la esfera de las abs­tracciones. Bajo ese prisma, es infinitamente inferior al arte, el cual, asimismo, sólo tiene propiamente acceso a tipos generales y a situaciones generales pero que, median­te un artificio que le es propio, sabe encarnarlos en formas que, no por no estar vivas en el sentido de la vida real, provocan menos en nuestra imaginación el sentimiento o el recuerdo de esta vida; individualiza en cierta forma los tipos y las situaciones que concibe y, mediante esas individualidades sin carne ni hueso y como tales permanentes o inmortales, tiene el poder de crear, nos recuerda las individualidades vivas, reales, que aparecen y que des­aparecen a nuestros ojos. El arte es, pues, en cierta mane­ra el retorno de la abstracción a la vida. La ciencia es por lo contrario la inmolación perpetua de la vieja fugitiva, transitoria, pero real, sobre el altar de las abstracciones eternas.

La ciencia es tan poco capaz de captar la individuali­dad de un hombre como la de un conejo. Es decir, que es tan indiferente hacia el uno como hacia el otro. No es que ignore el principio de la individualidad. La concibe perfectamente como principio, pero no como hecho. Sabe de sobra que todas las especies animales, incluida la especie humana, sólo tienen existencia real en un número indefinido de individuos que nacen y que mueren, haciendo sitio a nuevos individuos igualmente transitorios. Sabe que a medida que nos elevamos de las especies animales a las especies superiores el principio de la indivi­dualidad determina más, los individuos aparecen más completos y más libres. Cuando no está absolutamente vi­ciada por el doctrinarismo tanto teológico como metafísico, como político y jurídico, como incluso por un orgullo es­trictamente científico, y cuando no es en absoluto sorda a los instintos y a las aspiraciones espontáneas de la vida, sabe, y es su última palabra, que el respeto del hombre es la ley suprema de la humanidad.

La ciencia sabe todo eso, pero no va ni puede ir más allá. Al constituir la abstracción su propia naturaleza, pue­de muy bien concebir el principio de la individualidad real y viva, pero no puede tener acceso a los individuos reales y vivos. Se ocupa de los individuos en general, pero no de Pedro y Jaime, no de tal y tal otro individuo, que no existen, que para ella no pueden existir. Sus individuos sólo son, también en ese caso, abstracciones.

… La ciencia comprende el pensamiento de la reali­dad, no la realidad misma; el pensamiento de la vida, no la vida.

La ciencia es inamovible, impersonal, general, abs­tracta, insensible. La vida es muy fugaz y transitoria, pe­ro también muy palpitante de realidad y de individualidad, de sensibilidad, de sufrimientos, de alegrías, de aspiraciones, de necesidades y de pasiones. Es ella sola la que espontáneamente crea las cosas y todos los seres reales. La ciencia no crea nada, tan sólo comprueba y reconoce las creaciones de la vida. Y siempre que los hombres de ciencia, al salir de su mundo abstracto, se empapan de creación viva en el mundo real, todo cuanto proponen o crean es pobre, ridículamente abstracto, falto de sangre y de vida, muerto al nacer, semejante al homunculus creado por Wagner, el pedante discípulo del inmortal doctor Fausto. De ello se deriva que la ciencia tiene por única misión el aclarar la vida, no el gobernarla

… Sabemos que la “sociología” es una ciencia recién nacida, que está aún a la búsqueda de sus elementos.

¿Qué sería de una sociedad que no nos presentara más que la traducción en la práctica o la aplicación de una ciencia, aunque esa ciencia fuera la más perfecta y la más completa del mundo? Una miseria. Imaginad un universo que no contuviera más que lo que el espíritu humano ha percibido, reconocido y comprendido hasta ahora: ¿no sería una miserable bagatela al lado del uni­verso existente?

Estamos llenos de respeto hacia la ciencia y la con­sideramos como uno de los más preciosos tesoros, como una de las glorias más puras de la humanidad. Mediante ella el hombre se distingue del animal, hoy su hermano menor, ayer su antepasado, y se hace capaz de libertad. Sin embargo, es necesario reconocer también los límites de la ciencia y recordarle que no lo es todo, que es sola­mente una parte del todo y que el todo es la vida.

La vida, tomada en ese sentido universal no es en ver­dad la aplicación de cualquier teoría humana o divina, es una creación, habríamos dicho con gusto si no temié­ramos el dar lugar a un malentendido por esa palabra; y comparando los pueblos creadores de su propia historia a unos artistas, habríamos preguntado si los grandes poe­tas han esperado nunca que la ciencia descubriera las leyes de la creación poética para crear sus obras maestras. ¿No hicieron Esquilo y Sófocles sus magníficas tragedias mucho antes que Aristóteles hubiera calculado sobre sus mismas obras la primera estética? ¿Se dejó nunca Shakespeare inspirar por ninguna teoría, y no amplió Beethoven, las bases del contrapunto mediante la creación de sus sinfonías? ¿Y qué sería una obra de arte producida según los preceptos de la más bella estética del mundo? Una vez más, algo miserable. ¡Pero los pueblos que crean su histo­ria no son probablemente ni menos ricos en instinto, ni menos poderosos creadores, ni más dependientes de los señores sabios que los artistas!

… La verdadera ciencia de la historia, por ejemplo, no existe aún y apenas se empiezan a entrever hoy las condiciones inmensamente complicadas de esa ciencia. Pero supongámosla finalmente realizada: ¿qué podría darnos? Reproduciría el cuadro razonado y fiel del desarrollo na­tural de las condiciones generales, tanto materiales como ideales, tanto económicas como políticas y sociales, reli­giosas, filosóficas, estéticas y científicas, de las sociedades que han tenido una historia. Pero ese cuadro universal de la civilización humana, por detallado que sea, nunca podrá contener más que apreciaciones generales y en con­secuencia “abstractas”; en el sentido de los miles de mi­llones de individuos humanos obscuros, pero sin los cuales ninguno de esos grandes resultados abstractos de la histo­ria hubiera sido obtenido y que, notadlo bien, nunca se han aprovechado de ninguno de esos resultados ni encon­trarán tan sólo el menor sitio en la historia. Vivieron, fueron inmolados, aplastados para el bien de la humanidad abstracta, eso es todo.

¿Habrá que reprochárselo a la ciencia de la historia? Sería ridículo e injusto. Los individuos son inaprehensibles al pensamiento, a la reflexión, incluso a la palabra huma­na, capaz sólo de expresar abstracciones, inaprehensibles tanto en el presente como en el pasado. Así pues, la ciencia social misma, la ciencia del futuro, continuará forzo­samente ignorándoles. Mis allá de sus límites la acción de la ciencia social sólo podría ser impotente y funesta.

Pues más allá de tales límites empiezan las pretensiones doctrinarias y gubernamentales de sus representantes patentados, de sus sacerdotes.

Una vez más, la única misión de la ciencia es aclarar la ruta. Pero sólo la vida, liberada de todas las trabas gubernamentales y doctrinarias, y vuelta a la plenitud de su acción espontánea, puede crear.

… La vida natural y social precede siempre al pen­samiento, que es sólo una de sus funciones, nunca su resultado; se desarrolla a partir de las inagotables pro­fundidades que le son propias, por medio de una sucesión de hechos diversos, no por medio de reflejos abstractos.

… La abstracción científica, he dicho, es una abstrac­ción racional, auténtica en su esencia, necesaria a la vida cuya representación teórica es la conciencia. Puede y debe ser absorbida y digerida por la vida.

… Hay aún un tercer motivo que hace imposible un go­bierno semejante. Es que una academia científica revestida de esa soberanía absoluta por así decirlo, aunque estuviera compuesta por los más ilustres hombres, acabaría infaliblemente y pronto por corromperse ella misma tanto moral como intelectualmente. Es ya hoy, con los escasos privi­legios que se les cede, la historia de todas las academias. El mayor genio científico, desde el momento en que pasa a ser un académico, un sabio oficial, patentado, baja in­evitablemente y se duerme. Pierde su espontaneidad, su audacia revolucionaria, y esa energía incómoda y salvaje que caracteriza la naturaleza de los mayores genios, llamados siempre a destruir los mundos caducos y a echar los cimientos de los nuevos mundos. Gana indudablemente en cortesía, en sabiduría utilitaria y práctica, lo que pierde en poder de pensamiento. En una palabra, se corrompe.

Es lo propio del privilegio y de toda posición privile­giada el matar el espíritu y el corazón de los hombres. El hombre privilegiado ya políticamente, ya económicamente, es un hombre intelectual y moralmente depravado. He ahí una ley social que no admite excepción alguna y que se aplica tanto a naciones enteras como a las clases, a las compañías y a los individuos. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y de la humanidad, El objeto principal de ese libro es desarrollarla y demostrar su verdad en todas las manifestaciones de la vida humana.

Un cuerpo científico al que se hubiera confiado el go­bierno de la sociedad acabaría pronto no ocupándose ya en absoluto de la ciencia, sino de un asunto muy distinto; y ese asunto, el de todos los poderes establecidos, sería el de eternizarse volviendo cada vez más estúpida a la sociedad confiada a sus cuidados, y en consecuencia más necesitada de su gobierno y de su dirección.

Pero lo que es cierto para las academias científicas, lo es asimismo para todas las asambleas constituyentes y legislativas, incluso cuando han surgido del sufragio uni­versal. Este último puede renovar su composición, ciertamente, lo que no impide que en unos años se forme un cuerpo de políticos, privilegiados de hecho, no de derecho, quienes, al dedicarse exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, acaban por formar una especie de aristocracia o de oligarquía política .

… Entre el reducido número de sabios que están real­mente desligados de todas las preocupaciones y de todas las vanidades temporales hay pocos, muy pocos, que no estén mancillados por un gran vicio, capaz de contrarres­tar todas las demás cualidades: ese vicio es el orgullo de la inteligencia y el desprecio profundo, disimulado o abierto, hacia quienes no sean tan sabios como ellos. Una sociedad que fuera gobernada por sabios tendría, pues, el gobierno del desprecio, o sea el más aplastante despotismo y la más humillante esclavitud que pueda sufrir una so­ciedad humana. Sería también necesariamente el gobierno de la necedad, pues nada es tan estúpido como la inteli­gencia orgullosa de sí misma.

… Ser esclava de pedantes, ¡qué destino para la hu­manidad!

… Según nosotros, de todas las aristocracias que han oprimido, cada una a su vez y en ocasiones todas al mis­mo tiempo a la sociedad humana, la que se autodenomina aristocracia de la inteligencia es la más odiosa, la más despreciadora, la más impertinente y la más opresiva. El aristócrata nobiliario os dice: “¡Es usted un hombre muy gentil pero no es usted noble!” Es una injuria que aún puede soportarse. El aristócrata del capital os reconoce toda clase de méritos, pero añade, “¡no tiene usted ni un real!” Es asimismo soportable. Pero el aristócrata de la inteligencia nos dice: “No sabe usted nada, no comprende nada, es usted un asno, y yo, hombre inteligente, he de ponerle la albarda y conducirle a usted”. Eso es lo intolerable.

La aristocracia de la inteligencia, ese niño mimado del doctrinarismo moderno, ese último refugio del espíritu de dominación que ha afligido al mundo desde el inicio de la historia y que ha constituido y sancionado a todos los Estados, ese culto pretencioso y ridículo de la inteligencia patentada, sólo ha podido nacer en el seno de la burguesía. La aristocracia nobiliaria no necesitó la ciencia para probar su derecho. Apoyaba su poder sobre dos argumentos irresistibles dándole por base la violencia, la fuerza de su brazo, y por sanción la gracia de Dios. Ella violaba y la Iglesia bendecía: tal era la naturaleza de su derecho. Esa unión íntima de la brutalidad triunfante con la San­ción divina le daba un gran prestigio, y producía en ella una especie de virtud caballeresca que conquistaba todos los corazones.

La burguesía, desprovista de todas esas virtudes y de todas esas gracias, sólo ha podido fundar su derecho en un único argumento: el poder muy real pero prosaico del dinero. Es la negación cínica de todas las virtudes: si tie­nes dinero, por canalla o estúpido que seas, posees todos los derechos; si no tienes ni un real, cualesquiera que sean tus méritos personales, no vales nada. He ahí, en su ruda franqueza, el principio fundamental de la burguesía. Se concibe que tal argumento, por potente que sea, no podía bastar para el establecimiento y especialmente la conso­lidación del poder burgués. La sociedad humana está hecha de tal modo que las cosas más malas sólo pueden esta­blecerse gracias a una apariencia respetable. De ahí nació el proverbio que dice que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud. Las brutalidades más pode­rosas necesitan una sanción.

Hemos visto que la nobleza puso todas las suyas bajo la protección de la gracia divina. La burguesía, no pudien­do recurrir a esta protección, la encontró en la inteligencia patentada. Sabe muy bien que la base principal, y podría decirse que única, de su poder político actual es su rique­za; pero, no queriendo ni pudiendo confesarlo, trata de explicar por la superioridad de su inteligencia, no natural sino científica; para gobernar a los hombres, pretende, es preciso saber mucho, y sólo hay ella que sepa hoy en día .

… El gobierno de la ciencia y de los hombres de cien­cia, aunque se llamaran positivistas, discípulos de Augusto Comte, o incluso discípulos de la escuela doctrinaria del comunismo alemán, sólo puede ser impotente, ridículo, inhumano, cruel, opresivo, explotador, dañino. Se puede decir de los hombres de ciencia como tales lo que dije de los teólogos y de los metafísicos: no tienen ni sentidos ni corazón hacia los seres individuales y vivos. No puede ni reprochárseles, pues es la consecuencia natural de su oficio.

No son exclusivamente hombres de ciencia, son tam­bién más o menos hombres de vida. Sin embargo, es pre­ciso no fiarse demasiado y, si se puede estar casi seguro de que ningún sabio osará tratar hoya un hombre como trata a un conejo, hay que temer siempre que el cuerpo de sabios, solamente con dejarle hacer, no someta a los hombres vivos a experiencias científicas indudablemente menos crueles, pero que no serían menos desastrosas para sus víctimas humanas. Si los sabios no pueden hacer ex­periencias sobre el cuerpo de los hombres individuales, no por ello dejarán de pedir su realización sobre el cuerpo social, y es eso lo que hay que impedir de modo absoluto.

… Cuando la ciencia no se humaniza, se deprava. Re­fina el crimen y hace más envilecedora la bajeza. Un esclavo sabio es un enfermo incurable. Un opresor, un ver­dugo, un déspota sabios siguen acorazados por siempre contra todo lo que se llama humanidad y piedad. Nada les disuade, nada les asusta ni les alcanza, excepto sus propios sufrimientos o su propio peligro. El despotismo sabio es mil veces más desmoralizador, más peligroso pa­ra sus víctimas que el despotismo que tan sólo es brutal. Este afecta sólo al cuerpo, la vida exterior, la riqueza, las relaciones, los actos. No puede penetrar en el fuero interno, porque no tiene su llave. Le falta espíritu para pagar el espíritu. El despotismo inteligente y sabio por el contrario penetra en el alma de los hombres y corrompe sus pensamientos en la fuente misma.

… ¿Se desprende de ello que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese pensamiento. Cuando se trata de botas, me atengo a la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para tal ciencia especial, me dirijo a talo cual sabio. Pero no me dejo imponer ni el zapatero ni el arquitecto ni el sabio. Los escucho libremente y con todo el respeto que su inteligencia, su carácter, su saber merecen, reservándome, sin embargo, mi derecho indiscutible de crítica y de control. No me contento con consultar a una sola autoridad especializada, consulto a varias; com­paro sus opiniones y elijo la que me parece más justa. Pero en modo alguno reconozco una autoridad infalible, inclu­so en las cuestiones totalmente especializadas; en conse­cuencia, por respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de talo cual individuo, no tengo fe abso­luta en nadie. Tal fe sería fatal para mi razón, mi libertad e incluso para el éxito de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.

Si me inclino ante la autoridad de los especialistas y si me declaro presto, en cierta medida y durante todo el tiem­po que crea conveniente, a seguir sus indicaciones e incluso su dirección, es porque esa autoridad no me es impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios. De lo contrario los rechazaría con horror y mandaría al diablo sus con­sejos, su dirección y su ciencia, seguro de que me harían pagar por la pérdida de mi libertad y de mi dignidad las migajas de verdad humana, envueltas con muchos embus­tes, que podrían darme.

Me inclino ante la autoridad de los hombres especialis­tas por que me es impuesto por mi propia razón. Soy consciente de poder abarcar en todos sus detalles y sus des­arrollos positivos únicamente una parte muy pequeña de la ciencia humana. La mayor inteligencia no bastaría para abarcarlo todo. De ello se deriva, para la ciencia como para la industria, la necesidad de la división y de la aso­ciación del trabajo. Recibo y doy, tal es la vida humana. Cada cual es autoridad dirigente y cada cual es dirigido a su vez. No hay, pues, autoridad fija y constante de ninguna clase, sino un intercambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, transitorias y sobre todo voluntarias.

Esa misma razón me prohíbe, pues, reconocer una au­toridad fija, constante y universal, porque no hay en mo­do alguno hombre universal, hombre que sea capaz de abarcar, entre esa riqueza de detalles sin la que la aplica­ción de las ciencias a la vida no es ya posible, todas las ciencias, todas las ramas de la vida social. Y si tal uni­versalidad pudiera nunca encontrarse realizarla en un único hombre y quisiera prevalerse de ella para imponer­nos su autoridad, habría que expulsar a este hombre de la sociedad porque su autoridad reduciría inevitablemente a todos los demás a la esclavitud y a la imbecilidad. No creo que la sociedad deba maltratar a los hombres geniales como lo han hecho hasta el momento. Pero tampoco creo que deba cebarlos en exceso, ni sobre todo concederles privilegios o derechos exclusivos cualesquiera.

… El espíritu del mayor genio de la tierra, ¿es jamás algo más que el producto del trabajo colectivo, intelectual, así como industrial, de todas las generaciones pasadas y presentes? Para convencerse de ello imaginemos a ese mis­mo genio transportado desde su más tierna infancia a una isla desierta; suponiendo que no muera de hambre, ¿en qué se convertirá? En una bestia, un bruto que ni siquiera sabrá pronunciar una palabra y que en consecuencia nunca tendrá pensamiento; transportadle a esa isla a la edad de diez años, ¿qué será de él unos años después? También un bruto que habrá perdido el hábito de la palabra y que sólo habrá conservado de su pasada humanidad un vago instinto. En fin, transportadlo a la edad de veinte o treinta años: a los diez, quince, veinte años de distancia, se vol­verá estúpido. ¡Acaso invente alguna nueva religión!

¿Qué prueba esto? Esto prueba que el hombre mejor dotado por la naturaleza sólo recibe de ella facultades, pero que esas facultades quedan muertas si no son ferti­lizadas por la acción bienhechora y poderosa de la colectividad. Diremos más: cuanto más aventajado por la naturaleza es el hombre, más toma a la colectividad; de donde resulta que le debe rendir más, con toda justicia.

Sin embargo, reconocemos con gusto que aunque una gran parte de los trabajos intelectuales se puedan ha­cer mejor y más de prisa colectiva que individualmente, hay otros que exigen el trabajo aislado. ¿Qué se pretende concluir de ello? ¿Que los trabajos aislados del genio o del talento, por ser más escasos, más preciosos y más útiles que los de los trabajadores ordinarios, han de estar mejor retribuidos que esos últimos? Por favor, ¿sobre qué base? ¿Son más penosos esos trabajos que los trabajos manua­les? Por lo contrario, esos últimos son incomparablemente más penosos. El trabajo intelectual es un trabajo atracti­vo, que lleva en sí mismo su recompensa y que no precisa de ninguna retribución más. Halla aún otra en la estima y en el bien que les hace.

Ustedes que cultivan tan poderosamente el ideal, se­ñores socialistas burgueses, ¿no encuentran que esta re­compensa merece otra, o bien prefieren a ella una remu­neración más sólida en dinero contante y sonante? Por otra parte, estarían ustedes apurados si tuvieran que establecer la tasa de los productos intelectuales geniales. Son valores inconmensurables, como muy bien observó Proudhon: no cuestan nada o cuestan millones.

… Esperemos, sin embargo, que la sociedad venidera hallará en la organización realmente práctica y popular de su fuerza colectiva el medio de hacer a esos grandes genios menos necesarios, menos aplastantes y más auténticamente bienhechores para todos. Pues nunca hay que olvidar la profunda frase de Voltaire: “Hay alguien con más espí­ritu que los mayores genios, es todo el mundo”. Sólo se trata, pues, ya de organizar ese tout le monde mediante la mayor libertad basada en la más completa igualdad, eco­nómica, política y socia.

… Cuando el hombre de ciencia trabajará y el hombre de trabajo pensará, el trabajo inteligente y libre será considerado como el más bello título de gloria para la huma­nidad, como la base de su dignidad, de su derecho, como la manifestación de su poder humano sobre la tierra -y la humanidad será constituida.

… Tanto en interés del trabajo como también en el de la ciencia, es preciso que no haya ya ni obreros ni sabios sino sólo hombres. El resultado de ello será que los hombres que, por su superior inteligencia, son hoy arrastrados al mundo exclusivo de la ciencia y que, ya establecidos en ese mundo, cediendo a la necesidad de una posición completamente burguesa, hacen girar todas sus invenciones en interés exclusivo de la clase privilegiada de la que ellos mismos forman parte que esos hombres, una vez pasen a ser realmente solidarios de todo el mundo, solidarios no sólo en imaginación ni en palabras, sino de hecho, por el trabajo, harán girar asimismo necesariamen­te los descubrimientos y las aplicaciones de la ciencia en interés de todo el mundo, y ante todo para aligerar y en­noblecer el trabajo, esta base, la única legítima y la única real, de la sociedad humana.

… Ello no impedirá sin duda que hombres geniales, mejor organizados para las especulaciones científicas que la inmensa mayoría de sus contemporáneos, se entreguen más exclusivamente que los demás al cultivo de las cien­cias, y no rindan grandes servicios a la humanidad.

La ciencia, al pasar a ser el patrimonio de todo el mundo, se casará en cierto modo con la vida inmediata y real de cada uno. Ganará en utilidad y en gracia lo que perderá en ambición y en pedantería doctrinarias. Tomará en la vida el sitio que el contrapunto debe ocupar, según Beethoven, en las composiciones musicales. A alguien que le había preguntado si era necesario saber el contrapunto para componer buena música, le respondió: “Sin duda, es absolutamente necesario conocer el contrapunto; pero es asimismo necesario olvidarlo una vez aprendido, si se quie­re componer algo bueno”. El contrapunto forma en cierto modo el esqueleto regular, pero perfectamente desprovisto de gracia e inanimado, de la composición musical, y como tal ha de desaparecer bajo la gracia espontánea y vi­viente de la creación artística. Como el contrapunto, la ciencia no es en modo alguno el objetivo, es Sólo uno de los medios más necesarios y más magníficos de esa otra creación, mil veces más sublime aún que todas las compo­siciones artísticas, de la vida y la acción inmediatas y espontáneas de los individuos humanos en la sociedad.

… La potencia de pensar y la potencia de querer no implican siempre y necesariamente la una la verdad y la otra el bien. La historia nos muestra el ejemplo de mu­chos pensadores muy potentes que han dicho desatinos. Siempre que un pensador, por potente que sea, razona sobre bases falsas llegará necesariamente a conclusiones falsas y esas conclusiones serán tanto más monstruosas dado que habrá empleado su potencia en desarrollarlas.

… Resumo. Reconocemos la autoridad absoluta de la ciencia pero rechazamos la infalibilidad y la universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra Iglesia pro­pia -séame permitido servirme por un momento de esa expresión que detesto; la Iglesia y el Estado son mis dos objetos de odio-, en nuestra Iglesia, como en la Iglesia protestante, tenemos un jefe, un Cristo invisible, la cien­cia; y como los protestantes, más consecuentes incluso que los protestantes, no queremos soportar en ella ni pa­pa, ni concilios, ni cónclaves de cardenales infalibles, ni obispos, ni incluso sacerdotes. Nuestro Cristo se distingue del Cristo protestante y cristiano en eso, que ese último es un ser personal y que el nuestro es impersonal; el Cristo cristiano, ya realizado en un pasado eterno, se presenta como un ser perfecto, mientras que la realización y la perfección de nuestro Cristo, la ciencia, está siempre en el futuro: lo que equivale a decir que nunca se va a realizar. Al reconocer sólo la autoridad absoluta de la “ciencia absoluta” no comprometemos, pues, nuestra li­bertad.

Nuestro Cristo quedará, pues, eternamente inacabado, lo que va a abatir mucho el orgullo de sus representantes patentados entre nosotros. Contra ese Dios Hijo en nom­bre del cual pretenderían imponernos su autoridad inso­lente y pedante, apelaremos a Dios Padre, que es el mundo real, la vida real, de la que él sólo es la expresión excesivamente imperfecta y de la que nosotros -los seres reales, que viven, trabajan, combaten, aman, aspiran, gozan y sufren- somos sus representantes inmediatos.

Pero al rechazar la autoridad absoluta, universal e in­falible de los hombres de ciencia, no por ello aspiramos menos a ver a hombres dotados de una gran sabiduría, de una gran experiencia, de un gran espíritu y sobre todo de un gran corazón, ejerciendo sobre nosotros una influencia natural y legítima, libremente aceptada y no impuesta en nombre de cualquier autoridad oficial, celes­tial o terrestre. Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho.

CAPÍTULO III

ESTADO Y LIBERTAD

… ¿Qué es el Estado? Es la cosa pública, nos res­ponden los metafísicos y los doctores en derecho; los in­tereses, el bien colectivo y el derecho de todos, opuestos a la acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada cual. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud sobre la tierra. En consecuencia, no hay acto más sublime ni mayor deber para los individuos que el entregarse, el sacrificarse y morir si es preciso, por el triunfo, por la potencia del Estado.

He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología política, igual que la teología religiosa, no esconde bajo apariencias muy bellas y muy poéticas unas realidades muy comunes y muy sucias.

… Fue un gran error por parte de J. J. Rousseau el haber pensado que la sociedad primitiva haya sido esta­blecida por un contrato libre, formado por salvajes. Pero J. J. Rousseau no es el único en afirmarlo. La mayoría de los juristas y de los publicistas modernos (tanto de la escuela de Kant como de cualquier otra escuela indivi­dualista y liberal y que no admiten ni la sociedad basada en el derecho divino de los teólogos, ni la sociedad deter­minada de la escuela hegeliana, como la realización más o menos mística de la Moral objetiva, ni la sociedad primitivamente animal de los naturalistas) toman nolens vo­lens y a falta de otro fundamento el “contrato tácito” como punto de partida. ¡Un contrato tácito! Es decir, un contrato sin palabras y en consecuencia sin pensamiento y sin voluntad, ¡un indignante contrasentido! ¡Una ab­surda ficción y además una mala ficción! ¡Una indigna superchería! ¡Pues supone que, cuando yo no estaba ni en estado de querer ni de pensar ni de hablar, porque me dejé esquilar sin protestar, pude consentir para mí y para toda mi descendencia una eterna esclavitud!

… Todo lo que entonces fue reconocido, como cons­tituyendo el interés común, fue proclamado el bien, y todo lo que le fuera contrario, el mal. Los miembros contra­tantes, al pasar a ser ciudadanos, al haberse vinculado mediante un compromiso más o menos solemne, asumie­ron con ello mismo un deber: el subordinar sus intereses privados a la salud común, al interés inseparable de todos, y sus derechos separados al derecho público, cuyo repre­sentante único, el Estado, quedó con ello investido del poder de reprimir todas las rebeliones del egoísmo individual.

… Según este sistema, pues, la sociedad humana sólo comienza con la conclusión del contrato. Pero ¿qué es entonces esa sociedad? Es la pura y lógica realización del contrato con todas sus disposiciones y consecuencias legis­lativas y prácticas, es el Estado.

Examinémoslo desde más cerca. ¿Qué representa? La suma de las negaciones de las libertades individuales de todos sus miembros; o bien la de los sacrificios que todos sus miembros hacen, al renunciar a una porción de su libertad en provecho del bien común. Así pues, donde comienza el Estado cesa la libertad individual y viceversa.

Se puede responder que el Estado, representante de la salud pública o del interés común de todos, sólo suprime una parte de la libertad de cada cual para asegurarle el resto. Pero ese resto es la seguridad, si queréis, no es en absoluto la libertad. La libertad es indivisible: no puede suprimirse una parte de la misma sin matarla toda. Esa pequeña parte que suprimís es la esencia misma de mi libertad, lo es todo. Por un movimiento natural, necesario e irresistible, toda mi libertad se concentra precisamente en la parte que suprimís, por pequeña que sea. Es la historia de la mujer de de Barba Azul que tuvo todo un palacio a su disposición con la libertad plena y entera de penetrar en todas partes, de verlo y tocarlo todo, salvo un cuartucho que la voluntad soberana de su terrible marido le había prohibido abrir bajo pena de muerte. Pues bien, dejando de lado todas las magnificencias de su palacio, su alma se concentró por completo en ese cuartucho: lo abrió y tuvo razón al abrirlo, pues fue un acto necesario de su libertad mientras que la prohibición de entrar en él era una flagrante violación de esa misma libertad. Es tam­bién la historia del pecado de Adán y Eva: la prohibición de probar la fruta del árbol de la ciencia sin otro motivo que “tal era la voluntad del Señor”, era por parte del Buen Dios un acto de horroroso despotismo; y si nuestros pri­meros padres hubieran obedecido, toda la raza humana estaría sumergida en la más humillante esclavitud. Por lo contrario, su desobediencia nos emancipó y salvó. Fue, míticamente hablando, el primer acto de la libertad hu­mana.

Pero el Estado, dirán, el Estado democrático basado en el libre sufragio de todos los ciudadanos, ¿podría ser la negación de su libertad? ¿Y por qué no? Ello depende­ría absolutamente de la misión y del poder que los ciuda­danos abandonaran al Estado. Un Estado republicano basado en el sufragio universal podría ser muy despótico, incluso más despótico que el Estado monárquico, cuando, bajo pretexto de que representa la voluntad de todos, pese sobre la voluntad y sobre el libre movimiento de cada uno de sus miembros con todo el peso de su poder co­lectivo.

… Es en nombre de esa ficción que tan pronto se llama el interés colectivo como el derecho colectivo o la voluntad y la libertad colectivas, que los absolutistas jaco­binos, los revolucionarios de la escuela de J. J. Rousseau y de Robespierre, proclaman la teoría amenazadora e inhumana del derecho absoluto del Estado.

… La doctrina sentimentalmente terrorista (o sea religiosa) de J. J. Rousseau, que resonó como una nota discordante en la bella armonía humanitaria del siglo XVIII, se encontró por otra parte sostenida por el deísmo incon­secuente, frívolo y burgués de Voltaire, quien pensó que la religión era absolutamente necesaria para “la canalla”. Esa doctrina legó a la revolución el culto de una divinidad abstracta con el culto abstracto del Estado. Esos dos cul­tos, personificados en la sombría figura de Robespierre -ese Calvino de la revolución- mataron la revolución.

… J. J. Rousseau representa el auténtico tipo de la estrechez y de la mezquindad sombría, de la exaltación sin más objeto que su propia persona, del entusiasmo en frío y de la hipocresía sentimental e implacable a la vez, del embuste forzoso del idealismo moderno. Se le puede considerar como el auténtico creador de la moderna reac­ción. Siendo el escritor en apariencia más democrático del siglo XVIII, subsiste en él el implacable despotismo del hombre de Estado. Fue el profeta del Estado doctrinario, así como Robespierre, su digno y fiel discípulo, trató de convertirse en su sumo sacerdote.

… Pero el Estado, dirán aún, sólo restringe la libertad de sus miembros en la medida únicamente en que es llevada hacia la injusticia, hacia el mal. Les impide matarse entre sí, saquear se y ofenderse mutuamente, y en general hacer el mal, dejándoles por lo contrario plena y entera libertad para el bien. Es siempre la misma historia de Barba Azulo del fruto prohibido: ¿qué es el mal, qué es el bien?

… Toda teoría consecuente y sincera del Estado se basa fundamentalmente en el principio de la “autoridad”, es decir en esa idea eminentemente teológica, metafísica, política, de que las masas incapaces siempre de gober­narse habrán de sufrir en todo tiempo el yugo bienhechor de una sabiduría y una justicia que les serán impuestas desde arriba de una u otra manera.

… El Estado es el gobierno de arriba a abajo por cualquier minoría de una inmensa cantidad de hombres muy diversos desde el punto de vista del grado de su cultura, de la naturaleza de los países o de las localidades que habitan, de su posición, de sus ocupaciones, de sus intereses Y de sus aspiraciones, aunque esa minoría fuera elegida mediante sufragio universal y controlada en sus actos a través de instituciones populares, a menos que estuviera dotada de la omnisciencia, de la omnipresencia y de la omnipotencia que los teólogos atribuyen a su Dios, es imposible que pueda conocer, prever las necesidades ni satisfacer con igual justicia los intereses más legítimos y apremiantes de todos.

… La vida colectiva no está en la multitud popular; esa multitud, según Mazzini, por ser sólo un agregado completamente mecánico de individuos, hace que la colec­tividad exista sólo en la autoridad y sólo pueda ser representada por ella. Nos encontramos de nuevo con esa mal­dita función del Estado que absorbe y concentra, al des­truirla, la colectividad natural del pueblo y que, proba­blemente debido precisamente a ello, se considera que la representa al modo como Saturno representaba a sus hijos a medida que los devoraba.

… El Estado es la autoridad, la dominación y el poder organizados de las clases poseedoras y que se autodeno­minan ilustradas, sobre las masas.

… Garantiza siempre lo que encuentra: a los unos, su riqueza, a los otros, su pobreza; a los unos, la libertad basada en la propiedad, a los otros, la esclavitud, fatal consecuencia de su miseria.

… El Estado siempre ha sido el patrimonio de cual­quier clase privilegiada: clase sacerdotal, clase nobiliaria, clase burguesa; y finalmente clase burocrática, cuando habiéndose agotado todas las demás clases el Estado cae, o se eleva según se mire, a la condición de máquina.

… Todos los Estados, desde que existen sobre la tie­rra, están condenados a una lucha perpetua: lucha contra sus propias poblaciones que oprimen y arruinan, lucha contra los Estados extranjeros, cada uno de los cuales es sólo poderoso a condición de que el otro sea débil; y como sólo pueden mantenerse en esta lucha aumentando cada día su poder, tanto en el interior contra sus propios sujetos, como en el exterior contra las potencias vecinas, de ello se deriva que la ley suprema del Estado es el au­mento de su poder en detrimento de la libertad interior y de la justicia exterior.

… En fin, por perfecta que sea desde el punto de vista del mantenimiento del Estado la organización de la educación y de la instrucción populares, de la censura y de la policía, el Estado no puede estar seguro de su existencia mientras no tenga una fuerza armada para defen­derse contra los “enemigos del interior”, contra el descontento de las poblaciones.

… La educación de esos hombres, desde la del soldado raso hasta los más altos grados de la jerarquía militar, es tal que han de convertirse necesariamente en los enemigos de la sociedad civil y del pueblo. Incluso el uniforme que llevan, y que recuerda tanto la librea, todos esos adornos distintivos y ridículas fruslerías que distinguen los regimientos y los grados, todas esas necedades infantiles que ocupan una parte considerable de su existencia y que les harían parecer bufones tan a menudo si no estuvieran siempre amenazantes, todo ello les separa más profundamente de lo que se cree de la sociedad. Ese atavío ridícu­lo y chistoso, y las mil ceremonias pueriles entre las que transcurre su vida, añadidas a sus ejercicios cotidianos, sin otro objeto que el arte de la matanza y la destrucción, serían profundamente humillantes para hombres que no hubieran perdido el sentimiento de la dignidad humana. Se morirían de vergüenza si mediante una sistemática per­versión de las ideas no hubieran llegado finalmente ellos mismos a hacerlo fuente de vanidad. Para no despreciarse a sí mismos han de despreciar absolutamente a todo el que no vaya con sable y no lleve su librea militar. Añadid aún a ello la muerte de todo pensamiento original en me­dio de esa existencia artificial y rutinaria, y de esas ocupa­ciones monótonas, uniformes, maquinales, el ahora de toda voluntad individual por una implacable disciplina. Dejan de ser hombres para convertirse en soldados; son autómatas alistados, numerados y empujados por una voluntad que le es ajena. La obediencia pasiva es su mayor virtud y una entrega ciega al dueño, cuyos autómatas, cuyos esclavos son, constituye todo su honor. Es el colmo de la ignominia.

… Sometidos ellos mismos a un reglamento despóti­co, acaban por tener horror hacia quien siente, quien quie­re, quien se mueve libremente. Todo pensador es un anar­quista a sus ojos, las reclamaciones de libertad son una rebelión y con toda naturalidad llegan a querer imponer a toda la sociedad la regla férrea, la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas.

… No permite Dios que deje de haber entre los milita­res profesionales algunos hombres inteligentes, instruidos, e incluso a veces, aunque muy raramente, hombres since­ramente liberales. Pero ya lo he dicho, sólo pueden ser excepciones, anomalías como se hallan en todos los am­bientes posibles y que, como dice el proverbio, no hacen más que confirmar la regla. Un militar inteligente y que, no contentándose con las ideas que le dan la ciencia y la moral de guerra, se complace en pensar libremente sobre todas las cosas, ha de ahogarse en el estrecho vínculo de la rutina y de las ocupaciones militares. Si realmente de­sea la libertad, detestará la disciplina que hace de él un esclavo; si está celoso de su dignidad humana despreciará lo que se llama el honor y lo que yo llamaría el “puntillo” militar. En fin, si es sinceramente amigo de su pueblo y es inteligente, ilustrado y honesto consigo mismo al mismo tiempo, comprenderá que debido a su posición es el más peligroso, el más opresivo y el más ruinoso enemigo del pueblo; sentimientos, pensamientos y tendencias que ne­cesariamente harán de él un pésimo militar. Pues para ejercer bien su oficio, es preciso respetarlo y amarlo, y no se puede amar el servicio militar sin detestar al pueblo.

… Hay que reconocer que tras las sangrientas luchas de la Edad Media, el yugo del Estado prevaleció contra todas las revueltas populares y que, excepto Holanda y Suiza, se asentó triunfante en todos los países de Europa.

Pero, ¿y las masas? Por desgracia hay que reconocer que se dejaron desmoralizar profundamente, enervar por no decir castrar, por la acción deletérea del Estado. Aplastadas, envilecidas, adquirieron el fatal hábito de una obe­diencia y una resignación borreguil, transformándose en consecuencia en inmensos rebaños artificialmente dividi­dos y acorralados para mayor comodidad de sus explotadores de toda especie.

… Llegamos hoy a la absoluta necesidad de la des­trucción de los Estados o, si se prefiere, a su radical y completa transformación en el sentido de que al dejar de ser potencias centralizadas y organizadas de arriba a abajo se reorganicen, ya sea mediante la violencia, ya mediante la autoridad de cualquier principio, con una absoluta li­bertad para todas las partes.

… Sé muy bien que los sociólogos de la escuela del Sr. Marx, tales como el Sr. Engels aún vivo o el difunto Lasalle, por ejemplo, me objetarán que el Estado no fue en absoluto la causa de esa miseria, de esa degradación y de esa servidumbre de las masas; que la situación mi­serable de las masas, así como el poder despótico del Estado, fueron por lo contrario, una y otro, los efectos de una causa más general, los productos de una fase que desde el punto de vista de la historia constituye un auténti­co progreso, un paso inmenso hacia lo que ellos llaman la revolución social. Hasta el punto que Lasalle no ha vacilado en proclamar muy alto que la derrota de la for­midable revolución de los campesinos de Alemania en el siglo XVI (derrota deplorable si las hay y de la que data la esclavitud secular de los alemanes), así como el triunfo del Estado despótico que fue necesaria consecuencia, cons­tituyeron un auténtico triunfo para esa revolución; ya que, dicen los marxistas, los campesinos son los representantes naturales de la reacción mientras que el Estado militar y burocrático moderno (producto y compañía obligada de la revolución social que a partir de la segunda mitad del siglo XVI comenzó la transformación, lenta pero siempre pro­gresiva, de la antigua economía feudal y de la tierra en producción de riquezas o, lo que significa lo mismo, en ex­plotación del trabajo popular por el capital) fue una condición esencial de esa revolución.

Se concibe que impulsado por esa misma lógica el Sr. Engels, en una carta dirigida a uno de nuestros amigos, haya podido decir sin la menor ironía (muy seriamente por el contrario) que el Sr. Bismarck, así como el rey Víctor Manuel, han rendido inmensos servicios a la revo­lución al haber creado ambos la gran centralización política de sus países respectivos.

Materialistas y deterministas como el propio Marx, reconocemos también el fatal encadenamiento de los he­chos económicos y políticos en la historia. Reconocemos la necesidad, el carácter inevitable de todos los aconteci­mientos que suceden, pero no nos inclinamos con indife­rencia ante ellos, y sobre todo nos guardaremos sobrada­mente de alabarlos y admirarlos cuando por su naturaleza se muestran en flagrante oposición con la finalidad su­prema de la historia, con el ideal profundamente humano que se encuentra de nuevo, bajo formas más o menos ma­nifiestas, en los instintos, en las aspiraciones populares, bajo los símbolos religiosos de todas las épocas, puesto que es inherente a la raza humana, la más sociable de todas las razas animales de la tierra.

Todo lo que en la historia se muestra de acuerdo con esa finalidad es bueno desde el punto de vista humano (y no podemos tener otro); todo lo que le es contrario es malo. Por otra parte, sabemos de sobra que lo que llama­mos bueno y lo que llamamos malo son ambos siempre resultados naturales de causas naturales y que en conse­cuencia el uno es tan inevitable como el otro. Pero, así como en lo que se llama propiamente la naturaleza reco­nocemos muchas necesidades que estamos poco dispuestos a bendecir, por ejemplo, la necesidad de morir rabioso cuando se ha sido mordido por un perro rabioso, asimismo en esa continuación inmediata de la vida natural llamada historia hallamos muchas necesidades que encontramos mucho más dignas de maldición que de bendición y que pensamos que hay que estigmatizar con toda la energía de que somos capaces en interés de nuestra moralidad tanto individual como social.

Considero como un hecho perfectamente natural, ló­gico y en consecuencial inevitable que los cristianos, que eran unos cretinos por la gracia de Dios, aniquilaran con aquel santo furor todas las bibliotecas de los paganos, to­dos los tesoros del arte, la filosofía y la ciencia antiguos. Pero me es decididamente imposible el apreciar qué ven­tajas resultaron de ello para nuestro desarrollo político y social. Incluso estoy muy dispuesto a creer que fuera de esa progresión fatal de hechos económicos en la que según el Sr. Marx hay que buscar la causa única de todos los hechos intelectuales y morales con exclusión de todas las demás consideraciones …, estoy, decía, firmemente dispuesto a creer que ese acto de santa barbarie, o mejor esa larga serie de actos bárbaros y de crímenes que los primeros cristianos, divinamente inspirados, cometieron contra el espíritu humano, fue una de las principales cau­sas del envilecimiento intelectual y moral, y también en consecuencia de la sujeción política y social que llenan esa larga serie de nefastos siglos llamada Edad Media. Estad seguros que si los primeros cristianos no hubieran destruido las bibliotecas, museos y templos de la Antigüedad hoy no estaríamos condenados a combatir tal cantidad de absurdos horribles y vergonzosos que obstruyen aún los cerebros hasta el punto de hacernos dudar en ocasiones de la posibilidad de un futuro más humano.

Siguiendo, pues, la misma orden de protesta contra unos hechos que se han realizado en la historia y cuyo carácter inevitable también reconozco en consecuencia, me detengo ante el esplendor de las repúblicas italianas y ante el magnífico despertar del genio humano en la época del Renacimiento. Veo luego aproximarse a los dos genios malignos, tan antiguos como la historia, las dos serpientes boa que constriñeron y devoraron hasta ahora todo cuanto la historia produjo de humano y de bello. Se llaman la Iglesia y el Estado, el Papado y el Imperio. Eternos riva­les y aliados inseparables, les veo reconciliarse, abrazarse y devorar, aplastar y ahogar al mismo tiempo a la desgraciada y demasiado bella Italia, condenarla a tres siglos de muerte. Pues bien, sigo encontrando todo eso como muy natural, lógico e inevitable pero abominable, sin em­bargo, y maldigo al mismo tiempo al papa y al emperador.

Pasemos a Francia. Tras una lucha que duró un siglo el catolicismo, sostenido por el Estado, triunfó finalmente del protestantismo. Pues bien, ¿no se hallan aún hoy en Francia políticos o historiadores de escuela fatalista que autodenominándose revolucionarios consideran esa victoria del catolicismo -una sangrienta e inhumana victoria si la hay- como un auténtico triunfo para la revolución? Entonces, pretenden, el catolicismo era el Estado, la de­mocracia, mientras que el protestantismo representaba la rebelión de la aristocracia contra el Estado y en consecuencia contra la democracia. Es con sofismas semejantes, completamente idénticos a los sofismas marxistas (que también consideran los triunfos del Estado como los de la democracia social), es con esos absurdos tan asquerosos como indignantes que se pervierte el espíritu y el sentido moral de las masas habituándolas a considerar a sus san­guinarios explotadores, a sus seculares enemigos, a sus tiranos, a los dueños y los servidores del Estado, como órganos, representantes, héroes, servidores entregados de su emancipación.

Sin dejar de reconocer la inevitabilidad del hecho con­sumado, no por ello vacilo en decir que el triunfo del catolicismo en el siglo XVI y XVII fue un gran desastre para toda la humanidad, y que la matanza de la noche de San Bartolomé (la “Saint-Barthélemy”), así como la revocación del edicto de Nantes fueron hechos tan lamen­tables para la propia Francia como lo ha sido últimamente la derrota y masacre del pueblo de París. He llegado a oír a franceses muy inteligentes y estimables explicando esa derrota del protestantismo en Francia por la na­turaleza esencialmente revolucionaria del pueblo francés. “El protestantismo, dicen, sólo fue una revolución a me­dias; precisábamos la revolución entera y por ello la na­ción francesa no quiso, no pudo detenerse en la Reforma. Prefirió seguir siendo católica hasta el momento de poder proclamar el ateísmo; y es debido a ello que soportó con una resignación tan perfecta y cristiana tanto los horrores de la «Saint-Barthélemy» como la tiranía no menos abominable de los ejecutantes de la revocación del edicto de Nantes”.

Esos estimables patriotas parece que no quieren con­siderar en absoluto una cosa. Que un pueblo que bajo cualquier pretexto sufre la tiranía a la larga pierde necesariamente el saludable hábito de rebelarse y hasta el ins­tinto mismo de la rebelión. Pierde el sentimiento de la libertad, la voluntad y el hábito, de ser libre, pasa ne­cesariamente a ser un pueblo esclavo, no sólo por sus condiciones exteriores sino interiormente, en la esencia misma de su ser.

CAPÍTULO IV

DE PROUDHON Y MARX A LA COMUNA

… En general, la reglamentación fue la pasión común de todos los socialistas anteriores a 1848 excepto uno: Cabet, Louis Blanc; fourieristas y saint-simonianos tenían todos la pasión de adoctrinar y organizar el futuro, todos eran más o menos autoritarios.

Pero apareció Proudhon: hijo de un campesino y de hecho y de instinto cien veces más revolucionario que todos esos socialistas doctrinarios y burgueses, se armó con una crítica tan profunda y penetrante como implacable para destruir todos sus sistemas. Oponiendo la libertad a la autoridad contra todos esos socialistas de Estado se proclamó anarquista descaradamente y en las barbas de su deísmo o de su panteísmo tuvo la valentía de llamarse simplemente ateo o mejor, con Augusto Comte, “posi­tivista”.

Su socialismo, basado en la libertad tanto individual como colectiva y en la acción espontánea de las asociacio­nes libres, que no obedecía a otras leyes que a las leyes generales de la economía social, descubiertas o aún sin descubrir por la ciencia, fuera de toda reglamentación del gobierno y de toda protección del Estado, y que por otra parte subordinaba la política a los intereses económicos, intelectuales y morales de la sociedad, acabaría más tarde, por una consecuencia necesaria, en el federalismo.

… No hay duda alguna que en la crítica implacable que Marx ha hecho de Proudhon hay mucho de cierto. Su punto de partida es la idea abstracta del derecho; del derecho pasa al hecho económico mientras que el Sr. Marx, a diferencia de Proudhon, ha expresado y demostrado la indudable verdad, confirmada por la historia pasada y contemporánea de la sociedad humana (de los pueblos y Estados), de que el factor económico ha precedido siem­pre y sigue precediendo al derecho jurídico y político.

… Marx es un pensador economista muy serio, muy profundo. Tiene sobre Proudhon la inmensa ventaja de ser en realidad un materialista. Pese a todos los esfuerzos que hizo por sacudirse las tradiciones del idealismo clásico, Proudhon siguió siendo toda su vida un idealista incorre­gible que se inspiraba, como le dije dos meses antes de su muerte, tan pronto en la Biblia como en el Derecho Ro­mano; era metafísico siempre de los pies a la cabeza. Su gran desgracia fue no haber estudiado nunca las ciencias naturales ni haberse apropiado su método. Tuvo instintos geniales que le hicieron entrever la vía justa, pero arras­trado por los hábitos malos o idealistas de su espíritu vol­vió a caer siempre en Sus viejos errores; lo que hizo que Proudhon fuese una contradicción perpetua, un genio vigoroso, un pensador revolucionario que se debatía siem­pre contra los fantasmas del idealismo sin lograr vencer­los nunca.

Marx como pensador está en el buen camino. Ha es­tablecido como principio que todas las evoluciones polí­ticas, religiosas y jurídicas en la historia no son las causas sino los efectos de las evoluciones económicas: un pen­samiento grande y fecundo que no ha inventado en absoluto, que fue entrevisto, expresado en parte por muchos otros antes que él. Pero, en fin, le corresponde el honor de haberlo establecido con solidez y de haberlo planteado como base de todo su sistema económico. Proudhon en cambio comprendió y sintió la libertad mucho mejor que él; Proudhon, cuando no hacía doctrina ni metafísica, tenía el auténtico instinto de revolucionario: adoraba a Satanás y proclamaba la ANARQUÍA. Es muy posible que Marx pueda elevarse “teóricamente” hasta un sistema aún más racional de la libertad que Proudhon; pero le falta el instinto de Proudhon, es un comunista autoritario de los pies a la cabeza.

Marx ha estado siempre entregado sinceramente y por completo a la causa de la emancipación del proletariado, causa a la que ha rendido servicios indiscutibles, que ja­más traicionó conscientemente, pero que compromete hoy inmensamente debido a su formidable vanidad, a su carác­ter rencoroso y malévolo y, a su tendencia a la dictadura en el seno mismo del partido de los revolucionarios socia­listas. Su vanidad, en efecto, no tiene límites y es una lástima, es un lujo inútil, pues la vanidad se comprende muy bien en un ser nulo que no siendo nada quiere parecerlo todo. ¡Marx tiene cualidades y un poder de pensa­miento y de acción muy positivas, muy grandes y que habrían debido ahorrarle, a mi parecer, la pena de recurrir a los miserables medios de la vanidad!

… En el “Estado popular” del Sr. Marx, nos dicen, no habrá clase privilegiada en absoluto. Todos serán igua­les, no solamente desde el punto de vista jurídico y político sino desde el punto de vista económico. Eso se promete por lo menos, aunque yo dudo que se pueda mantener nunca esa promesa, debido a la manera como se hace y al camino que quiere seguirse. Ya no habrá, pues, clase privilegiada sino un gobierno y, fijáos bien, un gobierno complicado en exceso que no va a contentarse con gobernar y administrar políticamente las masas como lo hacen to­dos los gobiernos de hoy, sino que además les administrará económicamente concentrando en sus manos la producción y la “justa” distribución de las riquezas.

… Soy un partidario convencido de la “igualdad eco­nómica y social”, puesto que sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como la prosperidad de las naciones no serán más que una serie de embustes. Pero, sin embargo, como partidario de la libertad (esa condición primera de la humanidad) creo que la igualdad ha de establecerse en el mundo mediante la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas, y no a través de la acción suprema y tutelar del Estado.

Este es el punto que divide principalmente a los socia­listas o colectivistas revolucionarios de los comunistas autoritarios partidarios de la iniciativa absoluta del Estado.

… Nuestro gran y auténtico maestro común, Proudhon, dijo en su bello libro La justicia en la revolución y en la Iglesia que la más desastrosa combinación que for­marse pueda sería la que reuniera el socialismo con el absolutismo, las tendencias del pueblo hacia la emancipación económica y el bienestar material con la dictadura y la concentración de todos los poderes políticos y sociales en el Estado.

Que el futuro nos preserve, pues, de los favores del despotismo; pero que nos salve de las consecuencias de­sastrosas y embrutecedoras del “socialismo autoritario, doctrinario o de Estado”.

… Los comunistas alemanes no quieren ver en toda la historia humana más que reflejos y repercusiones nece­sarios del desarrollo de los hechos económicos.

Es un principio profundamente cierto cuando se le considera según su auténtico aspecto, es decir, desde un punto de vista relativo pero que, examinado y planteado de una manera absoluta como el fundamento único y la fuente primera de todos los demás principios, como lo hace dicha escuela, resulta completamente falso.

… El Estado político de cada país es siempre el pro­ducto y la expresión fiel de su situación económica; para cambiar al primero no hay más que transformar esta últi­ma. Todo el secreto de las evoluciones históricas está ahí, según el Sr. Marx. No tiene en cuenta a otros elementos de la historia tales como la reacción (evidente, sin embar­go) de las instituciones políticas, jurídicas y religiosas sobre la situación económica. Dice: “La miseria produce la esclavitud política, el Estado”; pero no permite que se dé la vuelta a esa frase diciendo: “La esclavitud polí­tica, el Estado, reproduce a su vez y mantiene la miseria como una condición de su existencia… “.

El Sr. Marx desconoce asimismo por completo un ele­mento muy importante en el desarrollo histórico de la humanidad: se trata del temperamento y carácter particula­res de cada raza y de cada pueblo, temperamento y carácter que son naturalmente a su vez los productos de una mul­titud de causas etnológicas, climatológicas y económicas, así como históricas, pero que una vez dados ejercen, in­cluso al margen e independientemente de las condiciones económicas de cada país, una considerable influencia sobre sus destinos, e incluso sobre el desarrollo de sus fuerzas económicas.

… A través de nuestra polémica contra los marxistas les hemos llevado al reconocimiento de que la libertad o ANARQUÍA, es decir, la organización libre de las masas tra­bajadoras de abajo a arriba, es el objetivo final del desarrollo social que todo Estado, sin exceptuar su “Estado popular”, es un yugo que engendra el despotismo por una parte y la esclavitud por otra.

Dicen que esa dictadura-yugo estatal es un medio tran­sitorio inevitable para llegar a la emancipación integral del pueblo: anarquía o libertad, ése es el objetivo; Estado o dictadura, ése es el medio. Así, a fin de emancipar a las masas trabajadoras es necesario ante todo encadenarlas.

Por el momento nuestra polémica no ha ido más allá de esa contradicción. Afirman que sólo la dictadura -la suya, evidentemente- puede crear la voluntad del pueblo; nosotros les respondemos: ninguna dictadura puede tener otro objeto que el de perpetuarse, ninguna dictadura sa­bría engendrar y desarrollar en el pueblo que la soporta algo más que esclavitud; la libertad sólo puede ser creada por la libertad.

… No sólo no tenemos la intención ni el menor deseo de imponer a nuestro pueblo o a cualquier otro pueblo tal o cual ideal de organización social leído en los libros o inventado por nosotros mismos, sino que además, convencidos de que las masas populares llevan en ellas mis­mas (en sus instintos más o menos desarrollados por la historia, en sus necesidades cotidianas y en sus aspiracio­nes conscientes o inconscientes) todos los elementos de su organización normal del futuro, buscamos ese ideal en el seno mismo del pueblo.

… Quien toma como punto de partida el pensamiento abstracto nunca podrá llegar a la vida puesto que no hay camino que pueda conducir desde la metafísica a la vida. Un abismo las separa. Franquear este abismo, realizar un salto mortal o lo que el propio Hegel llamó un “salto cualitativo” del mundo de la lógica al mundo de la natu­raleza y de la vida real, eso nadie lo ha logrado aún ni nadie lo logrará jamás. Quien se apoye en la abstracción morirá en ella.

La ruta viviente, concretamente razonada, es la cien­cia, el camino que va del hecho real al pensamiento que lo abarque, que lo exprese y que en consecuencia lo ex­plique; y en el mundo práctico, es el movimiento de la vida social hacia una organización impregnada al máximo posible de esa vida, de acuerdo con las indicaciones, con­diciones, necesidades y exigencias más o menos apasiona­das de esa vida misma.

… Los socialistas revolucionarios creen que hay mu­cha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones ins­tintivas y en las necesidades reales de las masas populares que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad, tras tantas tentativas fallidas de hacerla feliz, pretenden aún añadir sus esfuerzos.

… Es imposible determinar una forma concreta, uni­versal y obligatoria para el desarrollo y para la organiza­ción política de las naciones; al estar subordinada la exis­tencia de cada una a multitud de condiciones históricas, geográficas, económicas distintas y que nunca me permitirán establecer un modelo de organización igualmente bue­no y aceptable para todas. Tal empresa, absolutamente desprovista de utilidad práctica, atentaría además contra la riqueza y espontaneidad de la vida que se complace en la diversidad infinita y, lo que es peor, sería contraria al principio mismo de la libertad.

… No seamos doctrinarios, no compongamos por ade­lantado constituciones como si fuéramos legisladores del pueblo. Recordemos que nuestra misión es muy distinta: no somos los preceptores, sino sólo los precursores del pueblo, nos corresponde abrirle camino.

… Derribar el Estado y el monopolio financiero ac­tuales, tal es, pues, el objeto negativo de la revolución so­cial. ¿Cuál será el límite de esa revolución? En teoría, según su lógica, va muy lejos. Pero la práctica queda siem­pre a la zaga de la teoría ya que está sometida a multitud de condiciones sociales cuyo conjunto constituye la situa­ción real de un país y que pesan necesariamente sobre cada revolución popular. El deber de los jefes no será el de imponer sus propias fantasías a las masas, sino el de ir tan lejos como lo permitan o lo ordenen el instinto y las aspiraciones populares.

… La abolición del Estado no puede ser alcanzada de un solo golpe; pues en la historia como en la natura­leza física nada se hace de un solo golpe. Incluso las revoluciones más súbitas, inesperadas y radicales han sido siempre preparadas por un largo trabajo de descom­posición y de nueva formación, trabajo subterráneo o vi­sible, pero nunca interrumpido y siempre creciente. Así pues, también para la Internacional, no se trata de destruir de hoy a mañana todos los Estados. Emprenderlo o sola­mente soñarlo sería una locura.

… Nadie puede querer destruir sin tener como mínimo una imaginación lejana (verdadera o falsa) del orden de cosas que según él debería suceder al que hoy existe; y cuanto más viva en él esa imaginación, más su fuerza destructora se hace potente; y cuanto más se aproxima a la verdad, es decir cuanto más conforme está con el desarrollo necesario del mundo social actual, más saludables y útiles se hacen los efectos de su acción destructora. Pues la acción destructora está siempre determinada por el ideal positivo que constituye su inspiración primera, su alma, no solamente en su esencia y en el grado de su intensidad, sino también en sus modos, en sus vías y en los medios que emplea.

… Si París se alza y triunfa, tendrá el derecho y el deber de proclamar la completa liquidación del Estado político, jurídico, financiero y administrativo, la bancarro­ta pública y privada, la demolición de todas las funciones, de todos los servicios, de todas las fuerzas del Estado, el incendio o fuego gozoso de todos los papeles y actas pú­blicas o privadas, para que los trabajadores, reunidos en asociaciones y que se habrán apropiado de todos los instrumentos de trabajo, de toda clase de capitales y edificios, queden armados y organizados por calles y por barrios. Formarán la federación revolucionaria de todos los ba­rrios, la comuna directora. Y esa comuna tendrá la obli­gación de declarar que no se arroga el derecho de gobernar y organizar a Francia, sino que llama al pueblo de todas las comunas, tanto de Francia como de lo que hasta el mo­mento llaman extranjero, a seguir su ejemplo, a hacer cada una en su propia casa una revolución tan radical, tan destructora para el Estado, para el derecho jurídico y pa­ra la propiedad privilegiada. Invitará a esas comunas, francesas o extranjeras, tras haber hecho esa revolución, a venir a federarse con ella, bien sea en París bien en el sitio que se prefiera, o enviarán sus delegados para hacer una organización común de los servicios y de las relaciones de producción y de intercambio, organización necesaria para establecer la carta de igualdad, base de toda libertad, carta absolutamente negadora por su carácter, que precisa mucho más lo que debe ser abolido inmediatamente que no las formas positivas de la vida local que sólo pueden ser creadas por la práctica viva de cada localidad. Se orga­nizará al mismo tiempo una defensa común contra los enemigos de la revolución, así como la propaganda activa de la revolución y la solidaridad práctica revolucionaria con los amigos de todos los países contra los enemigos de todos los países.

En una palabra, la revolución ha de ser y ha de per­manecer en todas partes independiente del punto central, que ha de ser la expresión, el producto, nunca la fuente, la dirección y la causa.

Es preciso que la anarquía, el despertar de la vida espontánea, de todas las pasiones locales en todas partes sean lo más grandes posibles para que la revolución sea y permanezca viva, real, poderosa. Los revolucionarios políticos, los partidarios de la dictadura ostensible, cuando la revolución ha obtenido un primer triunfo recomiendan el apaciguamiento de las pasiones, el orden, la confianza y la sumisión a los nuevos poderes establecidos. De esta manera, reconstituyen el Estado. Nosotros, por lo contra­rio, hemos de fomentar, despertar, desencadenar todas las pasiones, hemos de producir la anarquía y, pilotos visi­bles en medio de la tempestad popular, hemos de dirigirla no mediante un poder ostensible sino a través de la dic­tadura colectiva de todos los miembros de la Alianza. Dictadura sin fajines ni títulos ni derechos oficiales, y tanto más poderosa por no tener ninguna de las apariencias del poder. He aquí la única dictadura que admito. Pero para que pueda actuar es preciso que exista, y para ello hay que prepararla y organizarla previamente; pues no surgirá fruto del azar, ni con discusiones, ni con exposiciones y debates de principios, ni con asambleas populares.

… Soy un partidario de la Comuna de París que, no por haber sido llevada a la masacre y ahogada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, ha pasado a ser menos vivaz, menos potente en la imagina­ción y el corazón del proletariado de Europa; soy su par­tidario sobre todo porque ha sido una audaz y bien pro­nunciada negación del Estado.

… Su efecto ha sido tan formidable en todas partes que los propios marxistas, cuyas ideas todas habían sido derribadas por esta insurrección, se han visto obligados a dar el sombrerazo ante ella. Han hecho más; en contra de la más simple lógica y de sus auténticos sentimientos, han proclamado que su programa y la finalidad de la Comuna eran los suyos. Ha sido un disfraz realmente cómico pero forzoso. Han tenido que hacerlo bajo pena de verse desbordados y abandonados, tan potente es la pasión que esa revolución ha provocado en todo el mundo.

… La Comuna de París ha durado demasiado poco y ha sido demasiado obstaculizada en su desarrollo interior por la lucha mortal que ha tenido que sostener contra la reacción de Versalles, para poder, no ya aplicar, sino ela­borar teóricamente su programa socialista. Por otra parte (es preciso ciertamente reconocerlo), la mayoría de los miembros de la Comuna no eran propiamente socialistas y, si se han mostrado como tales, es que han sido invenciblemente arrastrados por la fuerza irresistible de las co­sas, por la naturaleza de su medio ambiente, por las nece­sidades de su posición, y no por su convicción íntima. Los socialistas, en cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, sólo formaban en la Comuna una minoría ínfima; eran a lo sumo catorce o quince miembros. El resto se componía de jacobinos francamente revolucio­narios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar tanto su unidad como su autoridad tan queridas a las necesidades de la revolución antes que doblegar su conciencia ante la insolencia de la reacción. Esos magnánimos, jacobinos, en cabeza de los cuales se coloca naturalmente Delescluze, un gran ánimo y un gran carácter, firmaron programas y proclamaciones cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como, pese a toda su buena fe y a toda su buena voluntad, eran sólo socialistas exteriormente arrastrados más bien que interiormente con­vencidos, como no tuvieron el tiempo, ni la capacidad incluso, de vencer y suprimir en ellos mismos una masa de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con su reciente socialismo, se comprende que, paralizados por esa lucha interior, jamás pudieran salir de las generalida­des ni tomar una de esas medidas decisivas que hubieran roto definitivamente su solidaridad y todas sus relaciones con el mundo burgués.

Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; eso les paralizó y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se trans­forman en un día ni cambian de naturaleza o hábitos por simple gusto. Han probado su sinceridad al hacerse matar por la Comuna. ¿Quién puede pedirles más? Son tanto más excusables dado que el pueblo mismo de París, bajo cuya influencia han pensado y actuado, era socialista mucho más por instinto que por idea o por convicción refle­xionada. Hay aún muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el pro­letariado de las grandes ciudades de Francia e incluso en el de París.

… Por otra parte, la situación del pequeño número de socialistas convencidos que participaron en la Comuna era excesivamente difícil. Al no sentirse suficientemente sos­tenidos por la gran masa de la población parisiense, la organización de la Asociación Internacional (muy imperfec­ta ella misma por otra parte y abarcando apenas unos miles de individuos) ha tenido que sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. Y además, ¡en medio de qué circunstancias! Tuvieron que dar trabajo y pan a algunos cientos de miles de obreros, organizarles, armarles y vigilar al mismo tiempo los manejos reaccionarios en una ciudad inmensa como París, sitiada, amenazada por hambre y librada a todos los sucios embates de la reac­ción, que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles con el permiso y favor de los prusianos. Tu­vieron que oponer un gobierno y un ejército revolucio­narios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical tuvieron que organizarse en “reacción” jacobina olvidando y sa­crificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario.

¿No es natural que en medio de semejantes circunstan­cias los jacobinos, que eran los más fuertes ya que cons­tituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en grado infinitamente superior el instinto político, la tradi­ción y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido ventajas inmensas sobre los socialistas? Lo que hay que extrañar es que no se hayan aprovechado mucho más de ello de lo que lo han hecho, que no hayan dado al levantamiento de París un carácter exclusivamente jacobi­no y que por el contrario se hayan dejado arrastrar a una revolución social.

Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en la teo­ría, reprochan a nuestros compañeros de París el no ha­berse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria; he de hacer observar a los severos teóri­cos de la emancipación del proletariado que son injustos hacia nuestros hermanos de París; pues entre las más exactas teorías y su puesta en práctica hay una distancia inmensa que no se salva en unos días.

CAPÍTULO V

LA EMANCIPACIÓN DE LOS TRABAJADORES HA DE SER OBRA DE LOS TRABAJADORES MISMOS

… “La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, dice el preámbulo de nuestros estatutos generales. Y tiene mil veces razón en decirlo. Es la base principal de nuestra gran Asociación. Pero el mundo obrero es generalmente ignorante, la teoría le falta aún por completo.

… Al obrero le gusta sufrir, el hábito le deforma, se deja caer por la pendiente, el esfuerzo le pesa, lo desco­nocido le amedrenta como a un vulgar burgués, y resuelve dejar ya de decir todas sus cóleras; todos sus rencores; el campesino, más astuto, las oculta aún más y se resigna aún mejor. Pero todo ello es sólo una superficie enga­ñosa. Sabed apelar a todas sus pasiones, únicamente con­tenidas por los gendarmes, la ley, el ejército, la bajeza; dad los primeros golpes, dad el ejemplo; tened no sólo la audacia sino la rabia tenaz que nunca desarma, y veréis surgir la revolución tanto en el campo como en las ciu­dades.

… Me gustan mucho esos buenos socialistas burgueses que nos gritan siempre: “Instruyamos primero al pueblo, y luego emancipémosle”. Nosotros decimos por lo contra­rio: Que se emancipe primero, y se instruirá por sí mismo. Le dejáis molido en su trabajo cotidiano y en su miseria, y le decís: “¡Instruíos!”.

No señor, pese a todo nuestro respeto por la gran cues­tión de la instrucción integral, declaramos que no radica aquí hoy la cuestión mayor para el pueblo. La primera cuestión es la de su emancipación económica, que engen­dra necesariamente de inmediato y al mismo tiempo su emancipación política, y poco después su emancipación intelectual y moral.

… Pero, ¿cómo llegar desde el abismo de ignorancia, de miseria y de esclavitud en el que los proletarios del campo y de las ciudades se han hundido a esa realización de la justicia y de la humanidad sobre la tierra? Para ello los trabajadores sólo tienen un único medio: la asociación.

… Un principio que he oído enunciar muy a menu­do y que siempre he considerado como plenamente falso: “Que no hay que ocuparse de las personas sino sólo de los principios”. Por lo que a mí respecta, que nunca pude concebir que los principios pudieran funcionar sin la intervención de personas entregadas a ellos y solidaria­mente unidas en su nombre, siempre he dado una gran importancia a las personas.

… La necesidad de una revolución económica y social se hace sentir hoy vivamente en las masas populares de Europa, incluso en las menos civilizadas, y es precisamente eso lo que nos da fe en el próximo triunfo de la revolución social; pues, si el instinto colectivo de las masas no se hubiera pronunciado en ese sentido tan clara, profunda y resueltamente, no hay socialistas en el mundo, aunque fueran hombres extremadamente geniales, que hubieran sido capaces de levantarlas. Los pueblos están prestos, sufren mucho y, lo que es más, comienzan a comprender que no están en absoluto obligados a sufrir.

… Pero la miseria y la desesperación aún no bastan para suscitar la revolución social. Pueden dar origen a levantamientos locales pero son insuficientes para levantar a grandes masas. Para ello es necesario que todo un pueblo posea un ideal común, una idea general de su derecho y una fe profunda, apasionada, religiosa si queréis, en ese derecho.

… Es preciso además que la masa de obreros tenga fe en la posibilidad de su próxima liberación. Esa fe es un asunto de temperamento y disposición de corazón y de espíritu colectivo. El temperamento viene dado a los diferentes pueblos por la naturaleza pero se desarrolla a tra­vés de su historia. La disposición colectiva del proletariado es siempre ante todo el doble producto de todos los acontecimientos anteriores y luego sobre todo de su situación económica y social presente.

… Lo que es notable en exceso, y que por otra parte ha sido muchas veces observado y señalado por un gran número de escritores de tendencias muy diversas, es que hoy únicamente el proletariado posee un ideal positivo hacia el que tiende con toda la pasión, casi virgen aún, de su ser; ve ante sí una estrella, un sol que le ilumina, que le calienta ya, por lo menos en su imaginación, en su fe, que le muestra con claridad segura el camino que ha de seguir, mientras que todas las clases privilegiadas y que se autodenominan ilustradas se hallan sumergidas al mismo tiempo en una obscuridad desoladora, espanto­sa. Ya no ven nada ante sí, ya no creen ni aspiran a nada, y no quieren más que la conservación eterna del status quo, a pesar de reconocer que el status quo no vale nada. Nada prueba mejor que esas clases están condenadas a morir y que el futuro pertenece al proletariado. Son los “bárbaros” (los proletarios) quienes representan hoy la fe en los destinos humanos y en el futuro de la civiliza­ción, mientras que los “civilizados” sólo hallan ya su salvación en la barbarie.

… Los trabajadores son la actual juventud de la hu­manidad: llevan en ellos mismos todo el futuro.

… Ya que el proletario, el trabajador manual, el hom­bre penado es el representante histórico de la última es­clavitud sobre la tierra, su emancipación es la eman­cipación de todos, su triunfo es el triunfo final de la humanidad.

… Regla general: sólo se puede convertir a quienes sienten la necesidad de ser convertidos, a quienes llevan ya en sus instintos o en las miserias de su posición, tanto exterior como interior, todo lo que queráis darles; nunca convertiréis a quienes no experimenten la necesidad de ningún cambio, ni incluso a quienes, aún deseando salir de una posición de la que están descontentos, son impul­sados por la naturaleza de sus hábitos morales, intelec­tuales y sociales, a buscar una posición mejor en un mun­do que no es el de vuestras ideas.

¡Tratad de convertir al socialismo a un noble con afán de riquezas, a un burgués que querría llegar a noble, o incluso a un obrero que sólo tienda con todas las fuerzas de su alma a convertirse en un burgués! Convertid tam­bién a un aristócrata real o imaginario de la inteligencia, a un sabio a medias, a una cuarta, décima, centésima parte de sabio, gente repleta de ostentación científica que a menudo, solamente porque han tenido la suerte de haber comprendido bien o mal algunos libros, están repletos de un arrogante desprecio hacia las masas iletradas y se imaginan que están llamados a formar entre ellos una nueva casta dominante, o sea explotadora.

Ningún razonamiento ni ninguna propaganda estarán jamás en situación de convertir a esos desgraciados. Para convencerles hay un único medio: es la acción; es la des­trucción de la posibilidad misma de situaciones privilegiadas, de toda dominación y de toda explotación; es la revolución social que, al barrer todo cuanto constituye desigualdad en el mundo, les moralizará al forzarles a bus­car su felicidad en la igualdad y en la solidaridad.

Otra cosa sucede con la gran masa obrera que, abru­mada por su trabajo cotidiano, es ignorante y miserable. Esta, cualesquiera que sean los prejuicios políticos y reli­giosos que se haya tratado e incluso logrado en parte imponer en su conciencia, es “socialista sin saberlo”; en el fondo de su instinto y por la fuerza misma de su posi­ción, es más realmente socialista que todos los socialistas científicos y burgueses juntos. Lo es por todas las con­diciones de su existencia material, por todas las necesi­dades de su ser, mientras los otros lo son sólo por las necesidades de su pensamiento; y, en la vida real, las ne­cesidades del ser ejercen siempre un poder mucho más fuerte que las del pensamiento; pues el pensamiento es aquí, como en todas partes y siempre, la expresión del ser, el reflejo de sus desarrollos sucesivos, pero nunca su principio.

… La diferencia esencial entre el socialista de pen­samiento, que pertenece, aunque sólo sea por su cultura, a las clases dirigentes, y el socialista inconsciente del mun­do obrero radica en el hecho de que el primero, incluso cuando desea ser socialista, nunca podrá llegar a serlo del todo, mientras que el segundo, aunque sea socialista, no es consciente de ello, ignora que hay una ciencia social en este mundo y ni tan sólo ha entendido la palabra “socialismo”.

El uno lo sabe todo del socialismo pero no es socia­lista; el otro es socialista pero no sabe nada al respecto. ¿Qué es preferible? Creo que es preferible “ser” un socialista.

Los principios sociales no constituyen la propiedad de nadie; están más naturalmente representados por los obre­ros que por la intelligentzia que se ha desarrollado en el seno de la clase burguesa. Pero, desde el momento que hemos aceptado esos principios tanto por nuestra inteli­gencia como por sentimiento de justicia, hasta el punto de que han pasado a ser una condición vital para nosotros, nadie ni desde arriba ni desde abajo tiene el derecho a prohibirnos el hablar, el asociarnos y el actuar en nombre de esos principios (que son nuestros tanto como de los obreros por más que lo sean de otro modo).

… Pero existe en la clase obrera un reducido número de obreros literarios a medias, presuntuosos, vanidosos, am­biciosos y que con toda justicia podrían llamarse obreros burgueses. Les gusta hacer de jefes, de hombres de Estado de las asociaciones obreras, y se concibe que teman la com­petencia de los hombres salidos de la clase burguesa, con frecuencia más entregados, más modestos y menos ambi­ciosos que ellos mismos, pero que sin quererlo podrían eclipsarles y aniquilarles por la superioridad de su ins­trucción. Siempre he visto que esta protesta contra la admisión de burgueses francamente entregados venía, no de la masa obrera que en el sentimiento de su fuerza no conoce los temores mezquinos, sino precisamente de esos jefes presuntuosos y ambiciosos que esconden bajo la blusa obrera intenciones muy poco socialistas.

… Las revoluciones no son un juego de niños, ni un debate académico en que sólo las vanidades se matan entre sí, ni una justa literaria en que sólo se vierte tinta. La revolución es la guerra y quien dice guerra dice destruc­ción de los hombres y de las cosas. Sin duda es enojoso para la humanidad que no se haya inventado aún un medio más pacífico de progreso pero hasta el momento todo paso nuevo en la historia ha sido realmente realizado sólo des­pués de haber recibido el bautismo de sangre. Por otra parte, la reacción no tiene nada que reprochar en ese terreno a la revolución. Siempre ha vertido más sangre que esta última.

… ¿Quién no sabe que cada simple huelga representa para los trabajadores sufrimientos y sacrificios? Pero las huelgas son necesarias; son necesarias hasta el punto de que sin ellas sería imposible levantar las masas para un combate social, sería incluso imposible organizarlas. La huelga es la guerra y las masas populares sólo se or­ganizan durante esta guerra y gracias a ella, pues lanza al obrero ordinario fuera de su aislamiento, fuera de la mayoría de su existencia sin objetivo, sin alegría, sin esperanza. La guerra lo reúne con los demás obreros en la misma pasión y hacia el mismo objetivo; convence a todos los obreros, de la manera más penetrante y directa, de la necesidad de una organización rigurosa para al­canzar la victoria. Cuando las masas populares se levantan son como una masa de metal en fusión, a punto para to­mar forma si hay buenos obreros que sepan cómo mode­larla de acuerdo con las propiedades del metal y las leyes que le son inherentes, de acuerdo con las necesidades e instintos populares.

Las huelgas despiertan en las masas todos los instintos socialistas revolucionarios; que cada trabajador posee en el fondo de su corazón, que constituyen su existencia socio­-psicológica por así decirlo, pero que de ordinario sólo son claramente percibidos por muy pocos obreros, pues la mayoría de ellos están agobiados por hábitos de esclavo y por un espíritu general de resignación. Pero cuando esos instintos, estimulados por la lucha económica, se des­piertan en la multitud en efervescencia de los trabajadores la propaganda de las ideas socialistas-revolucionarias se vuelve muy fácil. Pues esas ideas son sólo la más pura y fiel expresión de los instintos populares. Si no corres­ponden a esos instintos son falsas, y en la medida en que son falsas serán rechazadas por el pueblo. Pero si tales ideas son una honrada expresión de los instintos, si repre­sentan el pensamiento real del pueblo, penetrarán con rapidez en el espíritu de las multitudes en rebeldía; y desde el momento que esas ideas se hayan abierto camino en el espíritu popular, avanzarán rápidamente hacia su plena realización.

… Las huelgas electrizan a las masas, dan nuevo tem­ple a su energía moral y despiertan en su seno el senti­miento del antagonismo profundo que existe entre sus intereses y los de la burguesía; las huelgas contribuyen inmensamente a provocar y a constituir entre los trabajadores de todos los oficios, de todas las localidades y de todos los países la conciencia y el hecho mismo de la solidaridad.

… Es cierto que hay en el pueblo una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y las clases dirigentes juntas; pero sin organiza­ción una fuerza elemental no es un poder real. Es sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada sobre la fuerza elemental del pueblo que se basa el poder del Estado.

Por consiguiente, la cuestión no es saber si el pueblo puede levantarse, sino si es capaz de construir una orga­nización que le dé los medios para llegar a un final victorioso; no a una victoria fortuita sino a un triunfo pro­longado y definitivo.

… Dígase lo que se quiera, el sistema actualmente dominante es fuerte no por su idea y su fuerza moral intrínseca, que son nulas, sino por toda la organización mecánica, burocrática, militar y policíaca del” Estado, por la ciencia y la riqueza de las clases que tienen interés en sostenerlo.

… Que no se crea q