ARCHIVO MIGUEL BAKUNIN

Recopilación de documentos de Bakunin en español.

La Política de la Internacional

Posted by archivero en enero 2, 2008

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  Habíamos creído hasta ahora, dice la Montagne, que las opiniones políticas y religiosas serían independientes de la cualidad de los miembros de la Internacional. En cuanto a nosotros se refiere, en ese terreno nos ubicamos.

  Podría creerse, a primera vista, que Coullery tiene razón puesto que, en efecto, la Internacional, aceptando en su seno un nuevo miembro no le pregunta si es religioso o ateo; si pertenece a tal partido político o a ninguno. Le pregunta solamente: ¿eres obrero o si no lo eres, quieres, sientes el deseo y la fuerza de abrazar francamente, completamente la causa de los obreros, de identificarte con ella excluyendo todas las otras causas que podrían serle contrarias?

  ¿Sientes que los obreros, que producen todas las riquezas del mundo, son los creadores de la civilización y han conquistado todas las libertades burguesas, están condenados hoy a la miseria, a la ignorancia y a la esclavitud? ¿Has comprendido que la causa principal de todos los males que soporta el obrero es la miseria y que ésta, la condición de todos los trabajadores en el mundo, es una consecuencia necesaria de la organización económica actual de la sociedad y sobre todo del avasallamiento del proletariado bajo el yugo del capital, es decir de la burguesía?

  ¿Has comprendido que entre el proletariado y la burguesía existe un antagonismo que es irreconciliable porque es una consecuencia necesaria de sus posiciones respectivas? ¿Y que la prosperidad de la clase burguesa es incompatible con el bienestar y la libertad de los trabajadores, porque esta prosperidad exclusiva no puede estar fundada más que sobre la explotación y el avasallamiento de su trabajo y que, por esa misma razón, la prosperidad y la dignidad humana de las masas obreras exigen la absoluta abolición de la burguesía como clase separada? ¿Y que, por consecuencia, la guerra entre el proletariado y la burguesía es ineludible y no puede terminar de otra forma que por la destrucción de esta última?

  ¿Has comprendido que ningún obrero, por más inteligente y por más enérgico que sea, no es capaz de luchar solo contra el poder tan bien organizado de los burgueses, principalmente representado y sostenido por los organismos del Estado, de todos los Estados? ¿Y que para reforzarte te debes asociar, no con los burgueses que sería de tu parte una tontería o un crimen, porque todos ellos en tanto que burgueses son nuestros enemigos irreconciliables, ni con los obreros infieles que serían bastantes cobardes como para ir a mendigar las sonrisas y la benevolencia de los burgueses, sino con los obreros honestos, enérgicos y que quieren con franqueza lo mismo que lo que tú quieres?

  ¿Has comprendido que dada la coalición formidable de todas las clases privilegiadas, de todos los propietarios, los capitalistas y los Estados del mundo, una asociación obrera aislada, local o nacional, aunque pertenezca a uno de los más grandes países de Europa, no podrá jamás triunfar y que por oponerse a esta coalición y para obtener ese triunfo no hace falta más que la unión de todas las asociaciones obreras locales y nacionales en una asociación universal, la gran Asociación Internacional de los trabajadores de todos los países?

  Si tú sientes, si has comprendido bien, y si quieres realmente todo eso, ven con nosotros cualesquiera sean tus creencias políticas y religiosas. Pero para que nosotros te podamos aceptar, nos debes prometer: 1° subordinar desde ahora tus intereses personales y aun los de tu familia así como tus convicciones y manifestaciones políticas y religiosas al interés supremo de nuestra asociación: la lucha del trabajo contra el capital, de los trabajadores contra la burguesía sobre el terreno económico; 2° no transigir jamás con los burgueses por un interés personal; 3° no buscar jamás elevarte individualmente, solamente para tu propia persona por encima de la masa obrera, lo que haría inmediatamente de ti mismo un burgués, un enemigo y un explotador del proletariado, puesto que toda la diferencia entre el burgués y el trabajador es ésa: que el primero busca su bienestar siempre fuera de lo colectivo y que el segundo no lo busca ni lo pretende conquistar más que solidariamente con todos aquellos que trabajan y son explotados por el capital burgués; 4° tú siempre seguirás fiel a la solidaridad obrera puesto que la mínima traición a ella es considerada por la Internacional como el mayor crimen y como la mayor infamia que un obrero pudiera cometer. En una palabra, debes aceptar francamente, plenamente, nuestros estatutos generales y tomar el solemne compromiso de conformar a ello tus actos y tu vida.

  Pensamos que los fundadores de la Asociación han actuado primero con una gran sabiduría al eliminar del programa de esta asociación todas las cuestiones políticas y religiosas. Sin duda no les faltaron ni opiniones políticas ni antirreligiosas muy marcadas, pero se abstuvieron de emitirlas en este programa, porque el fin principal era, ante todo, unir las masas obreras del mundo civilizado en una acción común. Necesariamente, debieron buscar una base común, una serie de simples principios sobre los cuales todos los obreros, cualesquiera fueran por otra parte sus aberraciones políticas y religiosas, siendo al menos obreros serios, es decir hombres duramente explotados y sufridos, están y deben estar de acuerdo.

  Si ellos hubieran enarbolado la bandera de un sistema político y antirreligioso, lejos de unir a los obreros de Europa, los hubieran dividido aún más porque, ayudados por la propia ignorancia de estos últimos, la propaganda interesada y un alto grado de corrupción de los sacerdotes, de los gobiernos y de todos los partidos políticos burgueses sin exceptuar los más “rojos”, ha expandido una multitud de ideas falsas entre las masas obreras que, enceguecidas, desgraciadamente se apasionan aún demasiadas veces por mentiras que no tienen otro fin que servir, voluntaria y estúpidamente, en detrimento de sus propios intereses, aquellos de las clases privilegiadas.

  Por otra parte, existe todavía una gran diferencia entre los grados de desarrollo industrial, político, intelectual y moral de las masas obreras en los diferentes países, para que sea posible unirlos hoy en un único y mismo programa político y antirreligioso. Exponer tal programa como propio de la Internacional, hacer de ello una condición absoluta de ingreso en esta Asociación, sería querer organizar una secta, no una asociación universal, sería matar la Internacional.

  Ha habido otra razón aún que ha hecho eliminar desde el principio del programa de la Internacional, en apariencia al menos y solamente en apariencia, toda tendencia política.

  Hasta ese momento y desde el comienzo de la historia, no ha habido todavía una política del pueblo, entendiendo como tal el bajo pueblo, la chusma obrera que compone el mundo laboral. No ha habido otra política que la de las clases privilegiadas. Estas clases se han ido sirviendo de la potencia muscular del pueblo para destronarse mutuamente y para quitarse el lugar una a otra. El pueblo a su vez nunca tomó partido por unas contra otras sino con la vaga esperanza que por lo menos una de estas revoluciones políticas, ninguna se hizo sin él, ninguna se hizo por él, le iba a traer algo de alivio en su miseria y su esclavitud seculares. Siempre se equivocó. Incluso la gran Revolución Francesa lo engañó. Ésta mató a la aristocracia de abolengo y puso en su sitio a la burguesía. El pueblo ya no se llama ni esclavo ni siervo, se le proclama nacido libre en derecho, pero de hecho su esclavitud y su miseria siguen las mismas.

  Y se quedarán iguales mientras las masas populares continúen siendo un instrumento de la política burguesa, llámese conservadora, liberal, progresista, radical, y aun de darse las apariencias más revolucionarias del mundo. En efecto cualquier política burguesa, sea cual sea el color y el nombre, no puede tener en el fondo más que una meta única: el mantenimiento de la dominación burguesa; y la dominación burguesa es la esclavitud del proletariado.

  ¿Qué tuvo que hacer la Internacional? Tuvo primero que separar las masas obreras de toda política burguesa, tuvo que eliminar de su programa todos los programas políticos burgueses. Pero, en la época de su fundación, no había en el mundo otra política que la de la Iglesia o de la monarquía, o de la aristocracia, o de la burguesía. La de la burguesía radical era sin lugar a dudas más liberal y más humana que las otras, pero se fundaba igualmente en la explotación de las masas obreras y no tenía en realidad otro fin que competir por el monopolio de dicha explotación. La Internacional tuvo pues que comenzar a preparar el terreno, y como toda política, desde el punto de vista de la emancipación laboral, se encontraba entonces mezclada con elementos reaccionarios. Debió primero rechazar de sí misma todos los sistemas políticos conocidos, para poder fundar, sobre estas ruinas del mundo burgués, la verdadera política de los trabajadores, la política de la Asociación Internacional. (L’Égalité, N° 29, 7 de agosto de 1869.)

II

  Los fundadores de la Asociación Internacional de Trabajadores obraron con mucha sabiduría al evitar de colocar principios políticos y filosóficos como base de esta asociación. Primero sólo le dieron por único fundamento la lucha exclusivamente económica del trabajo contra el capital. Ellos tenían la certeza que en cuanto un obrero pisa este terreno, toma confianza tanto en su derecho como en su fuerza numérica, se compromete con sus compañeros de trabajo en una lucha solidaria contra la explotación burguesa. Así él será necesariamente llevado por la fuerza misma de las cosas y por el desarrollo de esa lucha a reconocer pronto todos los principios políticos, socialistas y filosóficos de la Internacional. Principios que no son, en efecto, nada más que la justa exposición de su punto de partida, de su fin.

  Hemos expuesto esos principios en nuestros últimos artículos. Desde el punto de vista político y social, ellos tienen por consecuencia necesaria la abolición de clases y por ello la abolición de la burguesía que es hoy la clase dominante; así como la abolición de todos los Estados territoriales, de todas las patrias políticas y sobre su ruina, el establecimiento de la gran federación internacional de todos sus grupos productivos nacionales y locales. Desde el punto de vista filosófico, por buscar nada menos que a la realización del ideal humano, del bienestar humano, de la igualdad, de la justicia y de la libertad sobre la tierra, por convertir en inútiles todos los complementos celestes y todas las esperanzas de un mundo mejor, estos principios tendrán por consecuencia, igualmente necesaria, la abolición de los cultos y de todos los sistemas religiosos.

  Se debe anunciar primero esos dos fines a los obreros que los ignoran, aplastados por el trabajo de cada día y desmoralizados, prisioneros, diríamos a sabiendas, de doctrinas perversas que los gobiernos, de concierto con todas las castas privilegiadas, prelados, nobleza, burguesía le distribuyen a manos plenas. Se espantarán; rechazarán tal vez, sin poner en duda que todas esas ideas no son más que la fiel expresión de sus propios intereses; que sus fines llevan en ellos la realización de sus aspiraciones más queridas y que, al contrario, los prejuicios religiosos y políticos en nombre de los cuales ellos se opondrán tal vez, son la causa directa de la prolongación de la esclavitud y la miseria.

  Hace falta distinguir cuidadosamente entre los prejuicios de las masas populares y los de la clase privilegiada. Los prejuicios de las masas, como acabamos de decirlo, no están fundados más que en la ignorancia y resultan muy desfavorables a sus intereses, mientras que los de la burguesía se basan precisamente en los intereses de esta clase, y sólo se mantienen, en contra de la acción disolvente de la misma ciencia burguesa, gracias al egoísmo colectivo de los burgueses. El pueblo quiere, pero no sabe; la burguesía sabe, pero no quiere. Entre ambos, ¿quién es incurable? La burguesía, sin lugar a dudas.

  Regla general: no se puede convertir más que a quienes sien- tan la necesidad de serlo, a quienes lleven ya en sus instintos o en las miserias de su posición, sea exterior, sea interior, todo lo que se quiere darles. Nunca se van a convertir a quienes no sientan la necesidad de cambio alguno, incluso a quienes, a pesar del deseo que tienen de dejar una posición que los enoja, los empuja la índole de sus costumbres morales, intelectuales y sociales, a buscarla en un mundo que no es el de nuestras ideas.

  Tratemos de convertir, pongo el caso, al socialismo a un noble que codicia la riqueza, a un burgués que quisiera ser noble o aun un obrero que no aspirara con todas las fuerzas de su alma a otra cosa que ser burgués. ¡Convertir asimismo a un aristócrata de la inteligencia, real o imaginaria, a un sabio, un “medio sabio”, un cuarto, un décimo, una centésima parte de un sabio que, lleno de ostentación científica y sólo porque han tenido a menudo la dicha de haber comprendido más o menos bien algunos libros, están llenos de desprecio arrogante por las masas iletradas y se imaginan que están llamados a formar entre ellos una nueva casta dominante, es decir explotadora!

  No hay razonamiento ni propaganda alguna que consigan ser capaces de convertir a esos desdichados. Para convencerlos no hay más que un medio: es el hecho, la destrucción misma de la posibilidad de situaciones privilegiadas, de toda dominación y de toda explotación; es la revolución social que barriendo todo lo que constituye la desigualdad en el mundo, los moralizará al forzarlos a buscar su felicidad en la igualdad y en la solidaridad.

  Es diferente lo que ocurre con los obreros conscientes. Entendemos como tales todos los que están de verdad aplastados por el peso del trabajo, todos aquellos cuya posición es tan precaria y tan miserable que ninguno, al menos sólo en circunstancias absolutamente extraordinarias, pudiera tener siquiera la idea de conquistar por sí mismo y sólo por sí mismo en las condiciones económicas y en el medio social actual, una posición mejor, llegar a ser, por ejemplo a su vez, un patrón o un consejero de gobierno. Ubicamos sin duda también en esta categoría a los raros y generosos obreros que poseyendo la posibilidad de subir individualmente por encima de la clase obrera, no buscan aprovechar de eso, prefieren antes sufrir algún tiempo más solidariamente con sus camaradas de miseria, de explotación burguesa, a fin de no a ser a su vez, ellos mismos, explotadores. Ésos no tienen necesidad de ser convertidos: ya son socialistas puros.

  Hablamos de la gran masa obrera que, aplastada por su trabajo cotidiano, se encuentra ignorante y miserable. Ésta, cualesquiera sean los prejuicios políticos y religiosos que se han encargado -y a veces logrado en parte- de introducir en su conciencia, es socialista sin saberlo. Ella es en el fondo de su instinto y por la fuerza misma de su posición, más seriamente, más realmente, socialista que todos los socialistas científicos y burgueses tomados en su conjunto. Ella lo es, por todas las condiciones de su existencia material, por las mismas necesidades de su vida, mientras que estos últimos no lo son más que por las demandas de sus espíritus. Y en la vida real, las necesidades de la gente ejercen siempre un poder mucho más fuerte que las del pensamiento, siendo éste como siempre y en todos los casos la expresión del ser, el reflejo de sus desarrollos sucesivos pero jamás su principio.

  Lo que falta a los obreros no es la realidad, la necesidad auténtica de las aspiraciones socialistas. Es sólo el pensamiento socialista. Lo que cada obrero reclama desde el fondo de su corazón es una existencia plenamente humana para el bienestar material como el desarrollo intelectual, fundada en la justicia, es decir en la igualdad y en la libertad de cada uno y de todos, en el trabajo. Este ideal instintivo de cada uno, que no vive más que de su propio trabajo, no puede evidentemente realizarse en el mundo social y político actual, que está fundado en la injusticia y en la explotación cínica del trabajo de las masas obreras. Por lo tanto, cada obrero serio es necesariamente un revolucionario socialista puesto que su emancipación no puede efectuarse sino mediante el derrocamiento de todo lo ahora existente. O debe perecer esta organización de la injusticia, con todo su muestrario de leyes inicuas y de instituciones privilegiadas, o las masas obreras permanecerán condenadas a una esclavitud eterna.

  He aquí el ideal socialista cuyos gérmenes se encontrarán en lo instintivo de cada trabajador serio. El fin es, entonces, darle la plena conciencia de lo que él quiere, hacer nacer en él una idea que corresponda a su instinto, puesto que en cuanto el pensamiento de las masas obreras se haya elevado a la altura de su instinto, su voluntad será decidida y su pujanza se volverá irresistible.

  ¿Qué es lo que impide aún el desarrollo más rápido de este sano ideal en el seno de las masas obreras? El desconocimiento, sin duda y en gran parte los prejuicios políticos y religiosos con que las clases interesadas en ello se esfuerzan todavía hoy en oscurecerles sus conciencias y su inteligencia natural. ¿Cómo disipar esta ignorancia, cómo destruir esos maléficos prejuicios? ¿Por la instrucción y por la propaganda?

  Son éstos sin duda, grandes y buenos medios pero en el estado actual de las masas obreras resultan insuficientes. El obrero aislado está demasiado aplastado por el trabajo y por sus preocupaciones cotidianas para encontrar tiempo que dedicar a su propia instrucción. Y por otro lado, ¿quién hará esta propaganda? ¿Serán esos pocos socialistas sinceros, salidos de la burguesía que están llenos de generosa voluntad, sin duda, pero que son muy poco numerosos en principio para dar a la propaganda toda la amplitud necesaria y que, por otra parte, perteneciendo por su posición a un medio diferente, no tienen del mundo obrero toda la comprensión necesaria, provocando por ello desconfianzas más o menos legítimas? “La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos”, dice el preámbulo de nuestros estatutos generales. Tiene mil veces razón decirlo. Es la base principal de nuestra gran Asociación. Pero el mundo obrero permanece todavía ignorante de una teoría que le falta aún completamente. Así no le queda más que una sola vía, la de su emancipación por la práctica. ¿Cuál puede y debe ser esta práctica? No hay más que una. Es la de la lucha solidaria de los obreros contra los patrones y su carácter fundamental: la organización y la federación de los sindicatos de resistencia. (L’Egalité. N° 30, 14 de agosto de 1869.)

III

  Si en principio la Internacional se muestra indulgente con las ideas subversivas y reaccionarias, ya sea en política como en religión, que los obreros pueden tener al entrar en su seno, no es para nada por indiferencia hacia estas ideas. No se la puede calificar de indiferente puesto que las detesta y las rechaza con toda su fuerza dado que toda idea reaccionaria es lo opuesto del principio mismo de la Internacional, como lo hemos demostrado en nuestros precedentes artículos.

  Esta indulgencia, lo repetimos, ha sido inspirada por una gran sabiduría. Sabiendo perfectamente que todo obrero consciente es socialista por todas las necesidades inherentes a su posición miserable y que las ideas reaccionarias que pudiera tener no pueden ser sino el efecto de su ignorancia, la Internacional cuenta con la experiencia colectiva que el obrero adquirirá en el seno de la Asociación y sobre todo, con el desarrollo de la lucha colectiva de los trabajadores contra los patrones, para libertarlo.

  Y en efecto, en cuanto un obrero vaya adquiriendo fe en la posibilidad de una próxima transformación radical de la situación económica, asociado con sus compañeros, comience a luchar seriamente por la disminución de sus horas de trabajo y el aumento de su salario; empiece a interesarse vivamente en esta lucha tan material, se podrá estar seguro que él abandonará muy pronto todas sus preocupaciones celestiales. Habituándose a contar sobre todo con la fuerza colectiva de los trabajado- res, renunciará voluntariamente al socorro del cielo. El socialismo tomará en su espíritu el lugar de la religión.

  Lo mismo ha de pasar con la política reaccionaria. Ella perderá su pilar principal a medida que la conciencia del obrero se vea librada de la opresión religiosa. Por otra parte la lucha económica, al desarrollarse y extenderse siempre más, le hará conocer progresivamente, de una manera práctica y por la experiencia colectiva que es necesariamente siempre más instructiva y más amplia que cada experiencia aislada, sus verdaderos enemigos: las clases privilegiadas, incluidas en ellas el clero, la burguesía, la nobleza y el Estado. Éste no estando más que para salvaguardar todos los privilegios de esas clases y tomar necesariamente siempre partido contra el proletariado.

  El obrero así comprometido en la lucha terminará forzosamente por comprender el antagonismo irreconciliable que existe entre esos secuaces de la reacción y sus más queridos intereses humanos y, llegado a ese punto, no dejará de reconocerse y de ubicarse cabalmente como un socialista revolucionario.

  No ocurre lo mismo con los burgueses. Todos sus intereses son contrarios a la transformación económica de la sociedad y si sus ideas son contrarias también, si sus ideas son reaccionarias o como se las designa gentilmente ahora, moderadas; si su inteligencia y su corazón rechazan ese gran acto de justicia y de emancipación que nosotros llamamos la revolución social; si sienten horror a la igualdad social real, es decir la igualdad política, social y económica a la vez; si, en el fondo de su alma quieren guardar para sí, para su clase y para sus hijos un solo privilegio, aunque no fuera mas que el de la inteligencia, como lo hacen hoy muchos socialistas burgueses; si ellos no aborrecen, no solamente con toda la lógica de sus espíritus sino con toda la pujanza de su pasión, el actual orden de las cosas, entonces se puede estar seguro que ellos permanecerán reaccionarios, enemigos de la clase obrera por toda la vida. Es necesario alejarlos de la Internacional.

  Es necesario tenerlos muy lejos, puesto que no entrarían allí sino para desmoralizarla y desviarla de su camino. Hay, por otro lado, un signo infalible por el que los obreros pueden reconocer si un burgués, que pide ser recibido en sus filas viene a ellos francamente, sin sombra de hipocresía y sin doble intención conspirativa. Ese signo son las relaciones que él ha conservado con el mundo burgués.

  El antagonismo que existe entre el mundo obrero y el mundo burgués toma un carácter cada vez más pronunciado. Cualquier hombre que piense seriamente, cuyos sentimientos e imaginación no se hayan alterado por la influencia frecuentemente inconsciente de los sofismas interesados, debe comprender hoy que ninguna reconciliación entre ambos mundos es posible. Los trabajadores quieren la igualdad y los burgueses quieren el mantenimiento de la desigualdad. Evidentemente una destruye la otra. Así la gran mayoría de los burgueses capitalistas y propietarios, los que tienen el coraje de confesar francamente lo que quieren, tienen también el de manifestar con la misma franqueza el horror que les inspira el movimiento actual de la clase obrera. Son ésos los enemigos tan decididos como sinceros, los conocemos. Y está bien así.

  Pero hay otra categoría de burgueses que no tienen ni la misma franqueza ni el mismo coraje. Enemigos de la liquidación social a la que nosotros llamamos con todo el poder de nuestra alma como a un gran acto de justicia, como el punto de partida necesario y la base indispensable de una organización igualitaria y racional de la sociedad, ellos quieren como todos los otros burgueses conservar la desigualdad económica, fuente eterna de todas las otras desigualdades. Al mismo tiempo pretenden querer como nosotros la emancipación integral del trabajador y de su trabajo. Mantienen contra nosotros, con una pasión digna de los burgueses más reaccionarios, la causa misma de la esclavitud del proletariado, la separación del trabajo y de la propiedad inmobiliaria o capitalizada, representada hoy por dos clases diferentes y ellos se sitúan, sin embargo, como los apóstoles de la liberación de la clase obrera del yugo de la propiedad y del capital.

  ¿Se equivocan o engañan? Algunos de ellos se equivocan con buena fe. Muchos engañan. La mayoría se equivoca y engaña a la vez. Pertenecen a esa categoría los burgueses radicales y los socialistas burgueses que fundaron la Liga de la Paz y de la Libertad.

  ¿Es socialista esta Liga? Al comienzo, y durante el primer año de su existencia, como tuvimos ya la oportunidad de decir, rechazó con horror el socialismo. El año pasado, su Congreso de Berna rechazó triunfalmente el principio de igualdad económica. Actualmente sintiéndose morir y deseando vivir un poco más, comprendiendo al fin que ninguna existencia política es desde ahora posible sin la cuestión social, ella se dice socialista, se ha convertido en socialista burguesa, lo que equivale a decir que quiere resolver todas las cuestiones sociales sobre la base de la desigualdad económica. Quiere y debe conservar el interés del capital y la renta de la tierra, pretendiendo que con esto se podrá emancipar a los trabajadores. Se esfuerza en dar consistencia a la insensatez.

  ¿Por qué lo hace? ¿Qué es lo que le hace emprender una obra tan incongruente como estéril? No es nada difícil comprenderlo.

  Una gran parte de la burguesía está fatigada del reinado del cesarismo y del militarismo que ella misma fundó en 1848 por miedo al proletariado. Basta la memoria de las jornadas de junio, anticipo de las jornadas de diciembre. Recuérdese esa Asamblea nacional que, después de los hechos de junio, maldiciendo e insultando, a la unanimidad salvo por una voz, al ilustre y al heroico socialista Proudhon, el único valiente que desafió con el socialismo a esa tropilla rabiosa de burgueses conservadores, liberales y radicales. No hay que olvidar que entre esos insultadores hay una cantidad de ciudadanos todavía vivos y que hoy, más militantes que nunca, bautizados por las persecuciones de diciembre, han llegado a ser los mártires de la libertad. Por lo tanto, no hay la menor duda que la burguesía entera, incluida también la burguesía radical, ha sido verdaderamente la creadora del despotismo cesáreo y militarista cuyos efectos deplora hoy. Después de haberse servido de ello contra el proletariado quisiera ahora librarse de sus efectos. Nada más natural: ese régimen la humilla y la arruina. Pero ¿cómo liberarse de él? Antes, era ella valiente y poderosa; tenía la pujanza de sus conquistas. Hoy, es cobarde y débil; está aquejada de la impotencia de los viejos. Confiesa del todo su debilidad y siente que sola no puede hacer nada. Le hace falta, por lo tanto, una ayuda. Esa ayuda no puede ser otra que la del proletariado. Hay que ganárselo entonces.

  ¿Pero cómo ganarlo? ¿Por promesas de libertad e igualdad política? Ésas son palabras que no conmueven más al proletariado. Ellos han aprendido a costas suyas, han comprendido por una dura experiencia que esas palabras no significan otra cosa que el mantenimiento de su esclavitud económica, algunas veces más dura que en el pasado. Entonces, si se quiere llegar al corazón de esos millones de miserables esclavos del trabajo, hay que hablarles de su emancipación económica. No hay ahora un obrero que no sepa que está ahí su única base seria y real de todas las emancipaciones. Es decir, es necesario hablarle de reformas económicas de la sociedad.

  Así pensaron los socios de la Liga por la Paz y la Libertad, hablémosle de eso, digámonos también socialistas. Prometámosles reformas económicas y sociales a condición de que quieran respetar las bases de la civilización y de la omnipotencia burguesa: la propiedad individual y hereditaria, el interés sobre el capital y la renta de la tierra. Persuadámoslos que sólo bajo esas condiciones, que además nos aseguran la dominación y a los trabajadores la esclavitud, éstos podrán ser emancipados.

  Más aún, hay que persuadirlos que, para realizar todas esas reformas sociales, primero hay que hacer una revolución política, exclusivamente política, tan roja como les guste desde el punto de vista político, con gran derribo de cabezas si eso fuera necesario, pero con el más grande respeto por la santa propiedad. Una revolución absolutamente jacobina, en una palabra, que nos convertirá en dueños de la situación y una vez dueños, les daremos a los obreros lo que podamos y lo que queramos.

  Es éste un signo infalible por el cual los obreros pueden reconocer un falso socialista, un socialista burgués. Si en lugar de hablar de revolución o si se quiere de transformación social, él les dice que la transformación política debe preceder la transformación económica; si niega que ellas deben hacerse las dos a la vez o incluso que la revolución política no debe ser otra cosa que la puesta en acción inmediata y directa de la plena y entera liquidación social, que el obrero le dé la espalda pues o es un tonto, o un hipócrita explotador. (L’ Egalité. N° 31, 21 de agosto 1869.)

IV

  La Asociación Internacional de los Trabajadores por mantenerse fiel a sus principios y por no desviarse de la única vía para llevarlos a cabo, debe prepararse sobre todo contra las influencias de dos suertes de socialistas burgueses: los partidarios de la política burguesa, incluidos también los revolucionarios burgueses y aquellos de la cooperación burguesa, o los sedicentes hombres prácticos.

  Empecemos por los primeros:

  La emancipación económica, dijimos en nuestro primer artículo, es la base de todas las otras emancipaciones. Resumimos en esta palabra toda la política de la Internacional. Leemos, en efecto, en los considerandos de nuestros estatutos generales la declaración siguiente:

  “Que el sometimiento del trabajo al capital es la fuente de toda la servidumbre política, moral y material y que, por esta razón, la emancipación económica de los trabajadores es la gran meta a la que debe estar subordinado todo movimiento político”.

  Y está claro que todo movimiento político que no tenga por objeto inmediato y directo la emancipación económica definitiva y completa de los trabajadores y que no haya inscripto sobre su bandera, de una manera determinada y muy clara el principio de la igualdad económica, lo que quiere decir la restitución integral del capital al trabajo o la liquidación social, todo movimiento político semejante es burgués, y como tal, debe ser excluido de la Internacional.

  Debe por lo tanto ser excluida sin piedad la política de burgueses demócratas o socialistas burgueses. Cuando declaran que “la libertad política es la condición previa a la emancipación económica” no pueden significar esas palabras otra cosa que esto: las reformas o la revolución políticas deben preceder las reformas o la revolución económica. Los obreros deben, por consiguiente, aliarse a los burgueses más o menos radicales, para llevar a cabo en un primer tiempo estas primeras reformas, para luego estar contra ellos y realizar las últimas.

  Protestamos abiertamente contra esta funesta teoría que no podría finalizar, para los trabajadores, más que en hacerlos servir, una vez más, de instrumento contra ellos mismos y entregarlos de nuevo a la explotación de los burgueses.

  Conquistar la libertad política primero no puede significar otra cosa que conquistarla en primer lugar, dejando al menos, durante los primeros días, las relaciones económicas y sociales en el estado que están, es decir los propietarios y los capitalistas con su insolente riqueza, y los trabajadores con su pobreza.

  Pero esta libertad una vez conquistada, dicen, servirá a los trabajadores de instrumento para conquistar más tarde la igualdad o la justicia económica.

  La libertad, en efecto, es un instrumento mágico y poderoso. Todo está en saber si los trabajadores podrán realmente servirse de ella, si ella estará realmente en su posesión, o si, como ha sido siempre hasta ahora, su libertad política no sería más que una apariencia engañosa, una ficción.

  Un obrero, en su situación económica presente, al que se le habla de libertad política, podría responder con la letra de una canción muy conocida:

  No hablen de libertad.

  La pobreza es la esclavitud.

  Y en efecto, es preciso estar enamorado de las ilusiones para imaginarse que un obrero, en las condiciones económicas y sociales en las que se encuentra actualmente, pueda aprovechar plenamente, hacer un uso serio y real de su libertad política. Les faltan para eso dos cositas: el tiempo libre y los medios materiales.

  Además, ¿acaso no lo hemos visto en Francia, al día siguiente de la revolución de 1848, la revolución más radical que se puede desear desde el punto de vista político?

  Los obreros franceses, por cierto, no eran ignorantes ni indiferentes y a pesar del sufragio universal más amplio, tuvieron que dejar actuar a los burgueses. ¿Por qué? Por no tener los medios materiales necesarios para que la libertad política se convirtiera en una realidad, porque permanecieron los esclavos de un trabajo forzado por el hambre. Mientras tanto los burgueses radicales, liberales y aun conservadores, unos republicanos de la víspera, otros convertidos al día siguiente, iban y venían, agitaban, hablaban, obraban y conspiraban libremente, unos gracias a sus rentas o su lucrativa posición burguesa, otros gracias al presupuesto del Estado que desde luego habían conservado y que igualmente habían fortalecido más que nunca.

  Sabemos lo que resultó de esto: primero las jornadas de junio; más tarde, como consecuencia necesaria, las jornadas de diciembre.

  Pero, se dirá, los trabajadores vueltos más sabios por la misma experiencia que hicieron, ya no enviarán burgueses a las asambleas constituyentes legislativas; enviarán simples obreros. Por pobres que sean, podrán proveer el mantenimiento necesario a sus diputados. ¿Saben ustedes lo que resultará? Los obreros diputados, transportados en las condiciones de existencia burguesa y en una atmósfera de ideas políticas completamente burguesas, cesarán de ser trabajadores de hecho para convertirse en hombres de Estado. Se convertirán en burgueses ellos mismos, y quizás incluso más burgueses que los burgueses mismos. En efecto los hombres no crean las posiciones; son las posiciones, al contrario, las que hacen a los hombres. Sabemos por experiencia que los obreros burgueses no son a menudo ni menos egoístas que los explotadores burgueses ni menos funestos a la Asociación que los burgueses socialistas, ni menos vanidosos y ridículos que los burgueses ennoblecidos.

  Sea como fuere y se dijere, mientras el trabajador quede sumergido en su estado actual, no habrá para él ninguna libertad posible y aquellos que lo incitan a conquistar las libertades políticas sin tocar primero las candentes cuestiones del socialismo, sin pronunciar esa palabra que hace palidecer a los burgueses: la liquidación social, le dicen simplemente: conquista primero esta libertad para nosotros para que más tarde podamos nosotros servirnos de ella contra ti.

  Pero, dirán, esos burgueses radicales son bienintencionados y sinceros. No hay buenas intenciones y sinceridad que duren frente a las influencias de la posición y puesto que hemos dicho que los mismos obreros colocados en esta situación se convertirían forzosamente en burgueses, con más razón, los burgueses que se mantendrán en esa posición, se mantendrán burgueses.

  Si un burgués, inspirado por una gran pasión de justicia, de igualdad y de humanidad, quiere seriamente trabajar por la emancipación del proletariado, que comience en primer lugar por romper los lazos políticos y sociales, todas las relaciones de interés tanto como espirituales, de vanidad y de corazón con la burguesía. Que él comprenda primero que ninguna reconciliación es posible entre el proletariado y esta clase, que, viviendo sólo de la explotación de otros, es el enemigo natural del proletariado.

  Después de haber vuelto definitivamente la espalda al mundo burgués, que venga entonces a alistarse bajo la bandera de los trabajadores sobre la que están inscriptas estas palabras: “Justicia, Igualdad y Libertad para todos. Abolición de clases para la igualdad económica de todos; Liquidación social”. Él será bienvenido.

  En cuanto a los socialistas burgueses como a los burgueses obreros que vendrán a hablarnos de conciliación entre la política burguesa y el socialismo de los trabajadores, sólo podemos aconsejar a los trabajadores que es necesario darles la espalda.

  Los socialistas burgueses se esfuerzan en organizar hoy, con el cebo del socialismo, una formidable agitación obrera con el fin de conquistar la libertad política, una libertad que, como acabamos de ver, sólo sería provechosa para la burguesía. Las masas obreras llegadas a la comprensión de su situación, esclarecidas y dirigidas por el principio de la Internacional, se organizan en efecto y comienzan a formar una verdadera potencia, no sólo nacional sino internacional, no para atender los asuntos de los burgueses sino sus propios asuntos. Incluso para realizar este ideal burgués de una completa libertad política con instituciones republicanas es necesaria una revolución y ninguna revolución puede triunfar sin la fuerza del pueblo. Por lo tanto, es preciso que esta pujanza popular, cesando de sacar las castañas del fuego para los señores burgueses, no sirva para otra cosa que para hacer triunfar la causa del pueblo, la causa de todos los que trabajan contra todos los que explotan el trabajo.

  La Asociación Internacional de los Trabajadores, fiel a este principio, no prestará jamás una mano a una agitación política que no tenga por fin inmediato y directo la completa emancipación del trabajador, o sea la abolición de la burguesía como clase económicamente separada de la masa de la población, ni a ninguna revolución que, desde el primer día, la primera hora, no inscriba en su bandera la liquidación social.

  Pero las revoluciones no se improvisan. No las hacen arbitrariamente ni los individuos ni aun las poderosas asociaciones. Independientemente de toda voluntad y de toda conspiración, son llevadas siempre por la fuerza de los acontecimientos. Se las puede prever, algunas veces presentir su aproximación pero jamás acelerar la explosión.

  Convencidos de esta verdad, nos hacemos una pregunta. ¿Cuál es la política que la Internacional debe seguir durante este período más o menos largo que nos separa de esta terrible revolución social que todo el mundo presiente actualmente?

  Prescindiendo, como se lo ordenan los estatutos, de toda política nacional y local, ella dará a la agitación obrera en todos los países un carácter esencialmente económico, poniendo como fin: la disminución de las horas de trabajo y el aumento de los salarios; como medios: la asociación de las masas obreras y la formación de cajas de resistencia.

  Hará la propaganda de sus principios, y siendo esos principios la expresión más pura de los intereses colectivos de los trabajadores del mundo entero, son el alma y constituyen toda la fuerza vital de la Asociación. Hará esta propaganda ampliamente, sin miramientos por las susceptibilidades burguesas, a fin de que cada trabajador, saliendo de la torpeza intelectual y moral en la que se han esforzado en mantenerlo, comprenda su situación, sepa bien lo que debe querer hacer y bajo cuáles condiciones debe conquistar sus derechos humanos.

  La Asociación se extenderá en fin y se organizará con fuerza a través de las fronteras de todos los países, con el objeto de que, cuando la revolución, llevada por la fuerza de los acontecimientos, haya estallado, se encuentre una fuerza real que sepa lo que ella debe hacer y, por eso mismo, capaz de apoderársela y de darle una dirección verdaderamente saludable para el pueblo. Una organización internacional seria de las asociaciones obreras de todos los países, capaz de reemplazar este mundo político de los Estados y de la burguesía, que comienzan a desaparecer.

  Terminamos esta fiel exposición de la política de la Internacional reproduciendo el último párrafo de los considerando de nuestros estatutos generales.

  “El movimiento que se realiza entre los obreros de los países más industrializados de Europa, haciendo nacer nuevas esperanzas, hace la solemne advertencia de no caer para nada en los viejos errores.” (L’ Egalité. N° 32, 28 de agosto de 1869.)

Miguel Bakunin

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4 comentarios to “La Política de la Internacional”

  1. movestudiantil said

    es interesante ver la validez que tienen hoy en dia estas palabras, sobre todo la ultima parte que nos llama a no caer en los viejos errores”, finalmente como todos sabemos, la internacional si cayo en esos errores, en la separacion entre marxistas y bakunistas por puntas que consideraban no reconsiliables.
    Sin embargo hoy en dia nos encontramos en una etapa donde sería ridiculo caer de nuevo en esos errores, la historia ya nos da ejemplos suficientes para saber rescatar lo mejor de cada una de las ideologias que le han dado experiencias al movimiento obrero.
    Por ejemplo, es necesario rechazar la jerarquizacion de los movimientos que solo llevan a una minoria a querer convertirse en la nueva clase dominante, pero tambien es necesario rechazar la falta de programa del anarquismo que plantea que de la destruccion del estado se pasara magicamente a la anarquia.

    bueno felicitaciones por la pagina, creo que aporta mucho y estos textos no se leen en cualquier parte
    saludos

  2. Daniel said

    Compañero, solo haría un apunte a tu intervención.

    Creo que es completamente falso (más bien es un mito fuertemente difundido por las diversas corrientes de la izquierda del capital) el que el anarquismo, como teoría revolucionaria anticapitalista que es, carezca de un programa serio en pos de la construcción de una sociedad sin clases, y que plantee que como obra de magia alcanzaremos un estado superior de relaciones sociales, de la noche a la mañana, solo con destruir al Estado.

    Al menos algo así de descabellado es imposible encontrarlo en la obra de Bakunin, y la Plataforma Organizacional de los anarquistas rusos y ucranianos es precisamente un combate desde el anarquismo revolucionario contra aquellas tendencias (más bien liberales que anarquistas) que promovían la desorganización, tanto de los anarquistas como del proletariado en su conjunto, y tenían como “programa” una serie de planteamientos idealistas y liquidados como el que señalas.

    Saludos revolucionarios.

  3. Sharyn said

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