ARCHIVO MIGUEL BAKUNIN

Recopilación de documentos de Bakunin en español.

La Libertad.

Posted by archivero en febrero 12, 2008

 CAPÍTULO I

A LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD

… Todo lo que vive tiende a realizarse en la plenitud de su ser. El hombre, ser vivo y pensante al mismo tiempo, para realizarse debe ante todo conocerse.

… Las ideas y las representaciones humanas, no ha­biendo sido al principio nada más que los productos de los hechos reales, tanto naturales como sociales, en ese sentido de que han sido su reflexión o repercusión en el cerebro humano y su reproducción ideal por así decirlo, y más o menos juiciosa, adquieren más tarde, una vez que están ya bien establecidas en la conciencia colectiva de cualquier sociedad, el poder de convertirse a su vez en causas productoras de nuevos hechos, no propiamente naturales sino sociales. Acaban por modificar y transformar, muy lenta­mente en verdad, la existencia, los hábitos y las institucio­nes humanas, en una palabra, todas las relaciones de los hombres en la sociedad, y a través de su encarnación en las cosas más cotidianas de la vida de cada uno, pasan a ser sensibles, palpables para todos, incluso para los niños.

De manera que cada nueva generación se empapa de ello desde su más tierna infancia, y cuando llega a la edad viril, donde empieza propiamente el trabajo de su propio pensamiento, necesariamente acompañado de una crítica nueva, halla en sí mismo, así como en la sociedad que le rodea, todo un mundo de pensamientos o de representa­ciones establecidas, que le sirven de punto de partida y le dan en cierta manera la materia prima o la trama para su propio trabajo intelectual y moral.

… Todas esas ideas que, al nacer, halla encarnadas en las cosas y en los hombres y que se imprimen en su pro­pio espíritu mediante la educación y mediante la instruc­ción que recibe, incluso antes de que haya llegado al conocimiento de sí mismo, las encuentra de nuevo más tarde consagradas, explicadas, comentadas por las teorías que expresan la conciencia universal o el prejuicio colec­tivo y mediante todas las instituciones religiosas, políti­cas y económicas de la sociedad de la que forma parte. Y está él mismo tan impregnado por ellas, que esté o no personalmente interesado en defenderlas, es involuntaria­mente su cómplice, por todos sus hábitos materiales, intelectuales y morales.

De lo que debe uno extrañarse, no es, pues, de la acción todopoderosa que esas ideas, que expresan la conciencia colectiva de la sociedad, ejercen sobre la masa de los hom­bres; sino muy por lo contrario, que se encuentre en esta masa individuos que tienen el pensamiento, la voluntad y la valentía de combatirlas. Pues la presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa.

… Armado con su formidable poder de abstracción el hombre no reconoce ni reconocerá jamás límite alguno pa­ra su curiosidad imperiosa, apasionada, ávida de saberlo todo y abarcarlo todo. Basta con decirle: “No irás más allá”, para que, con todo el poder de esa curiosidad irri­tada por el obstáculo, tienda a lanzarse más allá. Bajo ese prisma, el Buen Dios de la Biblia se ha mostrado mucho más lúcido que el Sr. Augusto Comte y sus discí­pulos los positivistas; queriendo sin duda que el hombre comiera la fruta prohibida, le prohibió comerla. Esa inmoderación, esa desobediencia, esa rebeldía del espíritu humano contra todo límite impuesto tanto si es en nombre del Buen Dios como en nombre de la ciencia, constituyen su honor, el secreto de su poder y de su libertad. Es bus­cando lo imposible como el hombre ha realizado siempre lo posible, y quienes se han limitado “sabiamente” a lo que les parecía lo posible jamás avanzaron un solo paso.

… La voluntad, como la inteligencia, no es un destello místico, inmortal y divino, caído milagrosamente del cielo a la tierra para animar a fragmentos de carne, a cadá­veres. Es el producto de la carne organizada y viva, el producto del organismo animal.

… El hombre sólo se hace realmente hombre, sólo conquista la posibilidad de su emancipación interior, en tanto que consigue romper las cadenas de esclavo que la naturaleza exterior hace pesar sobre todos los seres vivos.

… Por restringido que sea en comparación con el Uni­verso, nuestro globo es aún un mundo infinito. Bajo ese prisma, puede decirse que nuestro mundo, en el sentido más restringido de la palabra, nuestra tierra, es asimismo inaccesible, o sea inagotable. La ciencia nunca llegará al último término, ni dirá su última palabra. ¿Nos ha de desesperar ello? Por lo contrario, si la tarea fuese limitada enfriaría pronto el espíritu del hombre, el cual, una vez por todas, por más que se diga y que se haga, nunca se siente tan feliz como cuando puede romper y franquear un límite.

… La presión de la sociedad sobre el individuo es inmensa, y no existe en absoluto un carácter lo bastante fuerte ni una inteligencia lo bastante potente que puedan considerarse al abrigo de los embates de esa influencia tan despótica como irresistible.

Nada prueba tanto el carácter social del hombre como esa influencia. Se diría que la conciencia colectiva de cualquier sociedad, encarnada tanto en las grandes institucio­nes públicas como en todos los detalles de su vida privada y sirviendo de base a todas sus teorías, forma una especie de medio ambiente, una especie de atmósfera intelectual y moral, perjudicial pero absolutamente necesaria para la existencia de todos sus miembros. Les domina y les sos­tiene al mismo tiempo, vinculándoles entre ellos mediante relaciones acostumbradas y necesariamente determinadas por ella misma; inspirando a cada uno la seguridad, la certeza, y constituyendo para todos la condición suprema de la existencia del gran número, la banalidad, el tópico, la rutina.

La mayoría de los hombres, no solamente en las masas populares sino en las clases privilegiadas e ilustradas igual­mente e incluso con más frecuencia que en las masas, sólo se sienten tranquilos y en paz consigo mismos cuando en sus pensamientos y en todos los actos de su vida siguen fielmente, ciegamente, la tradición y la rutina.

… La inmensa mayoría de los individuos humanos só­lo quieren y piensan lo que todo el mundo a su alrededor  quiere y piensa; sin duda creen querer y pensar por sí mismos, pero sólo hacen reaparecer servilmente, rutinariamente, con modificaciones completamente imperceptibles y nulas, los pensamientos y voluntades ajenas. Esa servili­dad, esa rutina, fuentes inagotables del tópico, esa ausencia de rebeldía en la voluntad y esa ausencia de iniciativa en el pensamiento de los individuos son las causas princi­pales de la lentitud desoladora del desarrollo histórico de la humanidad. Para nosotros, materialistas o realistas, que no creemos ni en la inmortalidad del alma ni en el libre al­bedrío, esa lentitud, por más que nos aflija, aparece como un hecho natural. Partido del estado de gorila, el hombre sólo llega muy difícilmente a la conciencia de su humanidad y a la realización de su libertad. Al principio, no puede tener ni esta conciencia ni esta libertad; nace bestia feroz y esclava, y sólo se humaniza y se emancipa progre­sivamente en el seno de la sociedad que es necesariamente anterior al nacimiento de su pensamiento, de su palabra y de su voluntad; sólo puede hacerlo mediante los es­fuerzos colectivos de todos los miembros pasados y pre­sentes de esta sociedad, la cual es en consecuencia la base y el punto de partida de su existencia humana. Resulta de ello que el hombre sólo realiza su libertad individual o bien su personalidad al completarse con todos los indi­viduos que le rodean, y únicamente gracias al trabajo y al poder colectivo de la sociedad. La sociedad lejos de dis­minuir y limitar, crea por lo contrario la libertad de los individuos humanos.

… La rebeldía contra esta influencia natural de la so­ciedad es mucho más difícil para el individuo que la re­beldía contra la sociedad oficialmente organizada, contra el Estado, aunque a menudo sea tan inevitable como esta última. La tiranía social, a menudo aplastante y funesta, no presenta ese carácter de violencia imperativa, de despo­tismo legalizado y formal que distingue a la autoridad del Estado. No se impone como una ley a la que todo individuo está forzado a someterse bajo pena de incurrir en una sanción jurídica. Su acción es más dulce, más insinuante, más imperceptible, pero tanto más poderosa. Para rebe­larse contra esta influencia que la sociedad ejerce natu­ralmente sobre él, el hombre ha de rebelarse, por lo menos en parte, contra sí mismo, pues con todas sus tendencias y aspiraciones materiales, intelectuales y morales él mismo no es otra cosa que el producto de la sociedad.

… Se puede preguntar tan poco si la sociedad es un bien o un mal, como es imposible preguntar si la natura­leza, el ser universal, material, real, único, supremo, abso­luto, es un bien o un mal; es más que todo eso; es un inmenso hecho positivo y primitivo, anterior a toda conciencia, a toda apreciación intelectual y moral, es la base misma, es el mundo en el que fatalmente y con posteriori­dad se desarrolla para nosotros lo que llamamos el bien y el mal.

No sucede igual con el Estado; y no vacilo en decir que el Estado es el mal, pero un mal históricamente nece­sario, tan necesario en el pasado como lo será tarde o temprano su extinción completa, tan necesario como lo han sido la bestialidad primitiva y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado no es en modo alguno la sociedad, es sólo una forma histórica tan brutal como abs­tracta de la misma. Nació históricamente en todos los países del maridaje de la violencia, de la rapiña, del pi­llaje, en una palabra, de la guerra y de la conquista, con los dioses creados sucesivamente por la fantasía teológica de las naciones.

… El Estado es una institución histórica transitoria, una forma pasajera de la sociedad.

… La rebeldía es mucho más fácil contra el Estado, puesto que en la naturaleza misma del Estado hay algo que provoca a la rebeldía. El Estado es la autoridad, es la fuerza, es la ostentación y la infatuación de la fuerza. No se insinúa no trata de convertir: y siempre que lo intenta, lo hace con muy mala pata; pues su naturaleza no consiste en persuadir, sino en imponerse, en forzar. Se esfuerza un poco en enmascarar su naturaleza de violador legal de la voluntad de los hombres, de negación perma­nente de su libertad. Incluso cuando ordena el bien, lo perjudica y echa a perder, precisamente porque lo “orde­na”, y que toda orden provoca y suscita las rebeldías legí­timas de la libertad; y porque el bien, desde el momento que es ordenado, desde el punto de vista de la auténtica moral, de la moral humana (no divina por supuesto), desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, pasa a ser el mal. La libertad, la moralidad y la dignidad humana del hombre consisten precisamente en eso, en que hace el bien, no porque se le ordena sino porque lo concibe, lo quiere y lo ama.

La sociedad no se impone, formal, oficial, autoritaria­mente, se impone naturalmente, y es debido a ello precisamente que su acción sobre el individuo es incompa­rablemente más poderosa que la del Estado. Crea y forma a todos los individuos que nacen y que se desarrollan en su seno. Hace pasar en ellos, lentamente, desde el primer día de su nacimiento hasta el de su muerte, toda su propia naturaleza material, intelectual y moral; Se in­dividualiza en cada uno por así decirlo

… La ley de la solidaridad social es la primera ley humana; la libertad es la segunda ley. Esas dos leyes se interpretan y, al ser inseparables, constituyen la esencia de la humanidad. Así la libertad no es la negación de la solidaridad por lo contrario, es su desarrollo y, por así decirlo, la humanización.

… A cualquiera que pretenda que la acción natural sobre las masas es aún un atentado a la libertad de las masas, una tentativa de crear un nuevo poder autoritario, responderemos que es sólo un sofista o un tonto. Tanto peor para quienes ignoran la ley natural y social de la solidaridad humana, hasta el punto de imaginarse que la independencia mutua absoluta de los individuos y de las masas es una cosa posible, o incluso deseable. Desearla es querer la aniquilación misma de la sociedad, pues toda la vida social no es más que esa dependencia mutua ince­sante de los individuos y de las masas. Todos los indivi­duos, incluso los más inteligentes, los más fuertes -y es­pecialmente los inteligentes y fuertes-, son a cada ins­tante de su vida al mismo tiempo los productores y los productos de las voluntades y de la acción de las masas. La libertad misma de cada individuo es la resultante, siempre nuevamente reproducida, de esa cantidad de in­fluencias materiales, intelectuales y morales que todos los individuos que le rodean (que la sociedad en la que nace, se desarrolla y muere) ejercen sobre él. Querer escapar a esta influencia en nombre de una libertad trascendente, divina, absolutamente egoísta y autosuficiente, es conde­narse al no ser; querer renunciar a ejercerla sobre los demás, es renunciar a toda acción social, a la expresión misma de su pensamiento y de sus sentimientos, es aún desembocar en el no-ser.

En la naturaleza como en la sociedad humana, que no es aún otra cosa que esa misma naturaleza, todo lo que vive, vive sólo con esa condición suprema de intervenir de la manera más positiva, y tan poderosamente como lo comporte su naturaleza, en la vida ajena. La abolición de esta influencia mutua sería, pues, la muerte. Y cuando reivin­dicamos la libertad de las masas no pretendemos en absoluto abolir ninguna de las influencias naturales de ningún individuo ni de ningún grupo de individuos que ejercen su acción sobre ellas. Lo que queremos es la abolición de las influencias artificiales, privilegiadas, legales, ofi­ciales. Si la Iglesia y el Estado pudieran ser instituciones privadas, nosotros seríamos indudablemente sus adversa­rios, pero no protestaríamos contra su derecho de existir. Pero protestamos contra ellos porque siendo indudable­mente instituciones privadas en el sentido de que sólo existen en efecto para el interés particular de las clases privilegiadas, no por ello se sirven menos de la fuerza colectiva de las masas organizadas con objeto de imponerse autoritaria, oficial y violentamente a las masa.

… Es una verdad universal que no admite ninguna excepción. El hombre sólo tiene realmente en su interior lo que manifiesta de una manera u otra en su exterior. Esos sedicentes genios desconocidos, esos espíritus vanos y enamorados de sí mismos, que se lamentan eternamente de que jamás logran poner a plena luz los tesoros que dicen llevar en sí mismos, son siempre en efecto los in­dividuos más miserables con respecto a su “ser íntimo”: no llevan en ellos mismos nada en absoluto.

La única grande y todopoderosa autoridad natural y racional a la vez, la única que podamos respetar, será la del espíritu colectivo y público de una sociedad basada en la igualdad y en la solidaridad, así como en la libertad y en el respeto humano y mutuo de todos sus miembros. Sí, he aquí una autoridad sin nada de divino absolutamente humana, pero ante la cual nos inclinaremos con gusto, seguros de que lejos de sojuzgarles, emancipará a los hombres. Será mil veces más poderosa, estad seguros, que todas vuestras autoridades divinas, teológicas, metafísicas, políticas y jurídicas instituidas por la Iglesia y el Estado, más poderosa que vuestros criminales códigos, vuestros carceleros y vuestros verdugos.

El poder del sentimiento colectivo o .del espíritu pú­blico es ya muy serio hoy. Los hombres más capaces de cometer crímenes osan raramente desafiarla, afrontarla abiertamente. Tratarán de burlarla, pero se guardarán mucho de atropellarla, a menos que se sientan apoyados por una minoría cualquiera como mínimo. Ningún hom­bre, por poderoso que se crea, tendrá nunca la fuerza de soportar el desprecio unánime de la sociedad, ninguno sabría vivir sin sentirse sostenido por el asentimiento y la estima de una parte cualquiera de esa sociedad como mínimo. Es preciso que un hombre esté impulsado por una inmensa y muy sincera convicción, para que tenga la valentía de opinar y de caminar contra todos, y nunca el hombre egoísta, depravado y vil tendrá esa valentía.

Nada prueba mejor la solidaridad natural y fatal, esta ley de sociabilidad que religa a todos los hombres, como este hecho que cada uno de nosotros puede comprobar ca­da día, tanto sobre sí mismo como sobre todos los hom­bres que conozca. Pero si este poder social existe, ¿por qué no ha bastado hasta el momento actual para moralizar, para humanizar a los hombres? La respuesta a esta pre­gunta es muy simple: porque, hasta el momento presente, no ha sido humanizado en absoluto; y no ha sido huma­nizado hasta ahora porque la vida social de la que es siempre la fiel expresión se basa, como es sabido, sobre el culto divino y no sobre el respeto humano; sobre la auto­ridad y no sobre la libertad; sobre el privilegio y no sobre la igualdad; sobre la explotación y no sobre la fraternidad entre los hombres; sobre la iniquidad y la mentira, y no sobre la justicia y la verdad. En consecuencia, su acción real, siempre en contradicción con las teorías humanitarias que profesa, ha ejercido constantemente una influencia funesta y depravadora, no moral. No reduce los vicios y los crímenes sino que los crea. Su autoridad es en con­secuencia una autoridad divina, antihumana; su influen­cia dañina y funesta. ¿Queréis convertirlas en beneficiosas y humanas? Haced la revolución social. Haced que todas las necesidades pasen a ser realmente solidarias, que los intereses materiales y sociales de cada cual pasen a estar de acuerdo con los deberes humanos de cada cual. Y para eso sólo hay un medio: destruid todas las instituciones de la desigualdad; fundad la igualdad económica y so­cial de todos, y sobre esta base se alzará la libertad, la moralidad, la humanidad solidaria de todo el mundo.

… La ley de la solidaridad social es inexorable, de manera que para moralizar a los individuos no es preciso tanto el ocuparse de su conciencia como de la naturaleza de su existencia social.

… Es preciso moralizar ante todo a la sociedad misma.

… Me importa mucho lo que son todos los demás hombres, porque por independiente que yo me imagine o que parezca por mi posición social, aunque yo fuera papa, zar o emperador o incluso ministro, soy incesantemente el producto de lo que son los últimos entre ellos; si ellos son ignorantes, miserables, esclavos, mi existencia está determinada por su ignorancia, su miseria y su esclavitud. Yo, hombre ilustrado o inteligente, por ejemplo -si es el caso-, soy estúpido de su estupidez; yo valiente, soy escla­vo de su esclavitud; yo rico, tiemblo ante su miseria; yo privilegiado, palidezco ante su justicia. Yo en fin, que­riendo ser libre, no puedo serlo, porque alrededor mío todos los hombres no quieren aún ser libres, y al no que­rerlo pasan a ser instrumentos de opresión contra mí.

No es una imaginación, es una realidad de la que todo el mundo hace hoy la triste experiencia. ¿Por qué, después de tantos esfuerzos sobrehumanos, después de tantas re­voluciones inicialmente siempre victoriosas, después de tantos sacrificios dolorosos y de tantos combates por la libertad, Europa sigue aún esclava? Porque en todos los países de Europa hay aún una masa inmóvil, por lo menos en apariencia, y que ha quedado inaccesible hasta ahora a la propaganda de las ideas de emancipación, de humanidad y de justicia, la masa de los campesinos. Es ella la que constituye hoy el poder, el último apoyo y el último refugio de todos los déspotas, una auténtica cachiporra en sus manos para aplastarnos, y mientras no hayamos hecho penetrar en ella nuestras aspiraciones, nuestras pasiones, nuestras ideas, no cesaremos de ser esclavos. Hemos de emanciparlos para emanciparnos.

… En casi todos los países las mujeres son esclavas; mientras que no sean completamente emancipadas, nuestra propia libertad será imposible.

… Ningún pueblo sabría ser completa y solidariamente libre en el sentido humano de la palabra, si la humanidad entera no lo es.

… Sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres, de manera que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más profunda y más amplia es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia viene a ser mi libertad. Sólo puedo decirme auténticamente libre cuando mi libertad o, lo que significa lo mismo, mi dignidad de hombre, mi derecho humano, reflejados por la conciencia igualmente libre de todos, vuelven a mí confirmados por el asentimiento de todos. Mi libertad personal así confirmada por la libertad de todos se extiende hasta el infinito.

… La libertad de los individuos no es en absoluto un hecho individual, es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre sabría ser libre fuera y sin el concurso de toda la sociedad humana. Los individualistas, o los com­pañeros de viaje que hemos combatido en todos los con­gresos de trabajadores, pretendían, con los moralistas y los economistas burgueses, que el hombre podía ser libre, que podía ser hombre, fuera de la sociedad, diciendo que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres anteriormente libres. Esa teoría, proclamada por J. J. Rousseau, el escritor más perjudicial del pasado siglo, el sofista que ha inspirado a todos los revolucionarios bur­gueses, esa teoría denota una ignorancia completa tanto de la naturaleza como de la historia.

… El hombre sólo se emancipa de la presión tiránica que ejerce sobre cada cual la naturaleza exterior mediante el trabajo colectivo; pues el trabajo individual, impotente y estéril, nunca lograría vencer a la naturaleza.

… Todo lo que es humano en el hombre, y más que nada la libertad, es el producto de un trabajo social, colectivo, Ser libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado por los teólogos y los metafísicos.

… El hombre sólo se convierte realmente en tal cuan­do respeta y ama a la humanidad y la libertad de todos, y cuando su humanidad y libertad son respetadas, amadas, suscitadas y creadas por todos.

CAPÍTULO II

EL GOBIERNO DE LOS HOMBRES INTELIGENTES Y VIRTUOSOS

… ¿Quién podría ser en efecto el guardián y el eje­cutante de las leyes, el defensor de la justicia y del orden público contra las malas pasiones de cada cual, si cada cual se declara incapaz de velar por sí mismo y de amor­dazar, tanto como sea necesario para la salud común, su propia libertad, que tiende naturalmente hacia el mal? En una palabra, ¿quién cumplirá las funciones del Estado?

Los mejores ciudadanos, se dirá, los más inteligentes y los más virtuosos, los cuales comprenderán mejor que los demás los intereses comunes de la sociedad y la necesidad para cada cual, el deber de cada cual, de subordinarles todos sus intereses particulares. Es preciso, en efecto, que esos hombres sean tan inteligentes como virtuosos, pues si fueran sólo inteligentes sin virtud, podrían muy bien utilizar la cosa pública para su interés privado, y si sólo fueran virtuosos sin inteligencia, la llevarían a la ruina a pesar de toda su buena fe. Es preciso, pues, para que una república no perezca, que posea en todas las épo­cas un número bastante considerable de tales hombres.

He aquí una condición que no se realiza ni fácilmente ni con frecuencia. Ordinariamente, en las regiones del po­der lo que domina es la insignificancia, lo gris, y a me­nudo, como hemos visto en la historia, es el negro y el rojo, es decir, todos los vicios y la violencia sanguinaria quienes triunfan.

… Supongo que en una sociedad ideal, en cada época, se halla un número suficiente de hombres igualmente inteligentes y virtuosos para llenar dignamente las funciones principales del Estado. ¿Quién les buscará, les hallará, les distinguirá y pondrá en sus manos las riendas del Es­tado? ¿Las cogerán ellos mismos, conscientes de su inteligencia y de su virtud como lo hicieron dos sabios de Grecia, Kleóbulo y Periándrias, a quienes, pese a su gran supuesta sabiduría, los griegos no dejaron de calificar con el odioso nombre de tiranos? ¿De qué manera tomarán el poder? ¿Será mediante la persuasión o mediante la fuerza? Si es mediante la primera, observaremos que sólo se persuade bien de aquello de que uno mismo está persuadido y que los mejores hombres son precisamente quienes me­nos persuadidos están de su propio mérito; incluso cuando son conscientes de ello, ordinariamente les repugna impo­nerlo a los demás, mientras que los hombres malos y me­diocres satisfechos de ellos mismos, no experimentan re­pugnancia alguna en glorificarse. Pero supongamos incluso que habiendo hecho callar esta excesiva modestia en los hombres de un mérito real su deseo de servir a la patria, éstos se presentan ellos mismos al sufragio de sus conciu­dadanos: ¿serán siempre aceptados y preferidos por el pueblo a intrigantes ambiciosos, elocuentes y hábiles? Si por lo contrario quieren imponerse mediante la fuerza, es preciso ante todo que tengan a su disposición una fuerza suficiente para vencer la resistencia de todo un partido. Llegarán al poder mediante la guerra civil, al acabar la cual habrá un partido no reconciliado sino vencido y per­manente hostil. Para contenerle, deberán seguir usando la fuerza. No será, pues, una sociedad libre, sino un Estado despótico, basado en la violencia, y acaso en él encontréis cosas que os parecerán admirables; pero en ningún caso la libertad.

Para seguir en la ficción del Estado libre surgido de un contrato social, no es preciso, pues, suponer que la ma­yoría de los ciudadanos habrá siempre tenido la prudencia, el discernimiento y la justicia necesarios para elegir y para situar en cabeza del gobierno a los hombres más dignos y más capaces. Pero, para que un pueblo haya mostrado, no una sola vez ni únicamente por azar, sino siempre, en todas las elecciones que habrá tenido que hacer, a lo largo de toda la duración de su existencia, ese discernimiento, esa justicia, esa prudencia, ¿no es preciso que él mismo, tomado globalmente, haya alcanzado un grado tan alto de moralidad y de cultura que no necesite ya ni gobierno ni Estado? Tal pueblo únicamente puede necesitar el vivir, dejando un libre curso a todos sus instintos: la justicia y el orden público surgirán por sí mismos y naturalmente de su vida, y el Estado, al dejar de ser la providencia, el tutor, el educador, el regulador de la sociedad, al renun­ciar a todo poder represivo y al caer en el papel subalterno que le asigna Proudhon, no será más que una simple ofi­cina de negocios, una especie de factoría central al ser­vicio de la sociedad.

Sin duda, tal organización política, o mejor tal reduc­ción de la acción política en favor de la libertad de la vida social, sería un gran beneficio para la sociedad, pero en cambio no contentaría en absoluto a los partidarios del Estado. Les es absolutamente preciso un Estado-providen­cia, un Estado-director de la vida social, que promulgue la justicia y regule el orden público. Es decir, tanto si lo confiesan como si no, incluso si se llaman republicanos, demócratas o incluso socialistas, les es preciso siempre un pueblo más o menos ignorante, menor, incapaz o, para llamar las cosas por su nombre, un pueblo más o menos “canalla” que gobernar; con objeto sin duda de que, violentando el propio desinterés y modestia, puedan ellos mis­mos conservar los primeros puestos, con objeto de tener siempre ocasión de entregarse a la cosa pública y que, orgullosos de su virtuosa entrega y de su inteligencia exclusiva, guardianes privilegiados del rebaño humano, al impulsarle para su bien y al conducirle a la salvación, puedan también esquilarle un poco.

… Suponed una academia de sabios, compuesta por los representantes más ilustres de la ciencia; suponed que esa academia esté encargada de la legislación, de la organiza­ción de la sociedad, y que, inspirándose sólo en el más puro amor por la verdad, sólo le dicte leyes absolutamente conformes con los más recientes descubrimientos de la ciencia. Pues bien, yo pretendo que esa legislación y esa organización serían una monstruosidad, y ello por varios motivos. El primero es que la ciencia humana es siempre necesariamente imperfecta y que, al comparar lo que ha descubierto con lo que le queda por descubrir, se puede decir que está aún en pañales. De manera que si se quisiera forzar la vida práctica tanto colectiva como indivi­dual de los hombres a adecuarse estricta y exclusivamente, a los últimos datos de la ciencia, se condenaría a la so­ciedad y asimismo a los individuos, a sufrir el martirio del lecho de Procusto, que acabaría dislocándoles y ahogán­doles pronto, ya que la vida sigue siendo infinitamente más amplia que la ciencia.

La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciera a una legislación emanada de una academia científica, pero sin que hubiera comprendido por sí misma el ca­rácter racional -en cuyo caso la existencia de la academia resultaría inútil- únicamente porque esta legislación ema­nando de esta academia se impondría en nombre de una ciencia que se veneraría sin comprenderla, tal sociedad no sería una sociedad de hombres sino de brutos. Sería una segunda edición de esa pobre república del Paraguay que se dejó gobernar durante tanto tiempo por la Com­pañía de Jesús. Tal sociedad no dejaría de caer muy pronto al más bajo grado del idiotismo.

… La ciencia no puede salir de la esfera de las abs­tracciones. Bajo ese prisma, es infinitamente inferior al arte, el cual, asimismo, sólo tiene propiamente acceso a tipos generales y a situaciones generales pero que, median­te un artificio que le es propio, sabe encarnarlos en formas que, no por no estar vivas en el sentido de la vida real, provocan menos en nuestra imaginación el sentimiento o el recuerdo de esta vida; individualiza en cierta forma los tipos y las situaciones que concibe y, mediante esas individualidades sin carne ni hueso y como tales permanentes o inmortales, tiene el poder de crear, nos recuerda las individualidades vivas, reales, que aparecen y que des­aparecen a nuestros ojos. El arte es, pues, en cierta mane­ra el retorno de la abstracción a la vida. La ciencia es por lo contrario la inmolación perpetua de la vieja fugitiva, transitoria, pero real, sobre el altar de las abstracciones eternas.

La ciencia es tan poco capaz de captar la individuali­dad de un hombre como la de un conejo. Es decir, que es tan indiferente hacia el uno como hacia el otro. No es que ignore el principio de la individualidad. La concibe perfectamente como principio, pero no como hecho. Sabe de sobra que todas las especies animales, incluida la especie humana, sólo tienen existencia real en un número indefinido de individuos que nacen y que mueren, haciendo sitio a nuevos individuos igualmente transitorios. Sabe que a medida que nos elevamos de las especies animales a las especies superiores el principio de la indivi­dualidad determina más, los individuos aparecen más completos y más libres. Cuando no está absolutamente vi­ciada por el doctrinarismo tanto teológico como metafísico, como político y jurídico, como incluso por un orgullo es­trictamente científico, y cuando no es en absoluto sorda a los instintos y a las aspiraciones espontáneas de la vida, sabe, y es su última palabra, que el respeto del hombre es la ley suprema de la humanidad.

La ciencia sabe todo eso, pero no va ni puede ir más allá. Al constituir la abstracción su propia naturaleza, pue­de muy bien concebir el principio de la individualidad real y viva, pero no puede tener acceso a los individuos reales y vivos. Se ocupa de los individuos en general, pero no de Pedro y Jaime, no de tal y tal otro individuo, que no existen, que para ella no pueden existir. Sus individuos sólo son, también en ese caso, abstracciones.

… La ciencia comprende el pensamiento de la reali­dad, no la realidad misma; el pensamiento de la vida, no la vida.

La ciencia es inamovible, impersonal, general, abs­tracta, insensible. La vida es muy fugaz y transitoria, pe­ro también muy palpitante de realidad y de individualidad, de sensibilidad, de sufrimientos, de alegrías, de aspiraciones, de necesidades y de pasiones. Es ella sola la que espontáneamente crea las cosas y todos los seres reales. La ciencia no crea nada, tan sólo comprueba y reconoce las creaciones de la vida. Y siempre que los hombres de ciencia, al salir de su mundo abstracto, se empapan de creación viva en el mundo real, todo cuanto proponen o crean es pobre, ridículamente abstracto, falto de sangre y de vida, muerto al nacer, semejante al homunculus creado por Wagner, el pedante discípulo del inmortal doctor Fausto. De ello se deriva que la ciencia tiene por única misión el aclarar la vida, no el gobernarla

… Sabemos que la “sociología” es una ciencia recién nacida, que está aún a la búsqueda de sus elementos.

¿Qué sería de una sociedad que no nos presentara más que la traducción en la práctica o la aplicación de una ciencia, aunque esa ciencia fuera la más perfecta y la más completa del mundo? Una miseria. Imaginad un universo que no contuviera más que lo que el espíritu humano ha percibido, reconocido y comprendido hasta ahora: ¿no sería una miserable bagatela al lado del uni­verso existente?

Estamos llenos de respeto hacia la ciencia y la con­sideramos como uno de los más preciosos tesoros, como una de las glorias más puras de la humanidad. Mediante ella el hombre se distingue del animal, hoy su hermano menor, ayer su antepasado, y se hace capaz de libertad. Sin embargo, es necesario reconocer también los límites de la ciencia y recordarle que no lo es todo, que es sola­mente una parte del todo y que el todo es la vida.

La vida, tomada en ese sentido universal no es en ver­dad la aplicación de cualquier teoría humana o divina, es una creación, habríamos dicho con gusto si no temié­ramos el dar lugar a un malentendido por esa palabra; y comparando los pueblos creadores de su propia historia a unos artistas, habríamos preguntado si los grandes poe­tas han esperado nunca que la ciencia descubriera las leyes de la creación poética para crear sus obras maestras. ¿No hicieron Esquilo y Sófocles sus magníficas tragedias mucho antes que Aristóteles hubiera calculado sobre sus mismas obras la primera estética? ¿Se dejó nunca Shakespeare inspirar por ninguna teoría, y no amplió Beethoven, las bases del contrapunto mediante la creación de sus sinfonías? ¿Y qué sería una obra de arte producida según los preceptos de la más bella estética del mundo? Una vez más, algo miserable. ¡Pero los pueblos que crean su histo­ria no son probablemente ni menos ricos en instinto, ni menos poderosos creadores, ni más dependientes de los señores sabios que los artistas!

… La verdadera ciencia de la historia, por ejemplo, no existe aún y apenas se empiezan a entrever hoy las condiciones inmensamente complicadas de esa ciencia. Pero supongámosla finalmente realizada: ¿qué podría darnos? Reproduciría el cuadro razonado y fiel del desarrollo na­tural de las condiciones generales, tanto materiales como ideales, tanto económicas como políticas y sociales, reli­giosas, filosóficas, estéticas y científicas, de las sociedades que han tenido una historia. Pero ese cuadro universal de la civilización humana, por detallado que sea, nunca podrá contener más que apreciaciones generales y en con­secuencia “abstractas”; en el sentido de los miles de mi­llones de individuos humanos obscuros, pero sin los cuales ninguno de esos grandes resultados abstractos de la histo­ria hubiera sido obtenido y que, notadlo bien, nunca se han aprovechado de ninguno de esos resultados ni encon­trarán tan sólo el menor sitio en la historia. Vivieron, fueron inmolados, aplastados para el bien de la humanidad abstracta, eso es todo.

¿Habrá que reprochárselo a la ciencia de la historia? Sería ridículo e injusto. Los individuos son inaprehensibles al pensamiento, a la reflexión, incluso a la palabra huma­na, capaz sólo de expresar abstracciones, inaprehensibles tanto en el presente como en el pasado. Así pues, la ciencia social misma, la ciencia del futuro, continuará forzo­samente ignorándoles. Mis allá de sus límites la acción de la ciencia social sólo podría ser impotente y funesta.

Pues más allá de tales límites empiezan las pretensiones doctrinarias y gubernamentales de sus representantes patentados, de sus sacerdotes.

Una vez más, la única misión de la ciencia es aclarar la ruta. Pero sólo la vida, liberada de todas las trabas gubernamentales y doctrinarias, y vuelta a la plenitud de su acción espontánea, puede crear.

… La vida natural y social precede siempre al pen­samiento, que es sólo una de sus funciones, nunca su resultado; se desarrolla a partir de las inagotables pro­fundidades que le son propias, por medio de una sucesión de hechos diversos, no por medio de reflejos abstractos.

… La abstracción científica, he dicho, es una abstrac­ción racional, auténtica en su esencia, necesaria a la vida cuya representación teórica es la conciencia. Puede y debe ser absorbida y digerida por la vida.

… Hay aún un tercer motivo que hace imposible un go­bierno semejante. Es que una academia científica revestida de esa soberanía absoluta por así decirlo, aunque estuviera compuesta por los más ilustres hombres, acabaría infaliblemente y pronto por corromperse ella misma tanto moral como intelectualmente. Es ya hoy, con los escasos privi­legios que se les cede, la historia de todas las academias. El mayor genio científico, desde el momento en que pasa a ser un académico, un sabio oficial, patentado, baja in­evitablemente y se duerme. Pierde su espontaneidad, su audacia revolucionaria, y esa energía incómoda y salvaje que caracteriza la naturaleza de los mayores genios, llamados siempre a destruir los mundos caducos y a echar los cimientos de los nuevos mundos. Gana indudablemente en cortesía, en sabiduría utilitaria y práctica, lo que pierde en poder de pensamiento. En una palabra, se corrompe.

Es lo propio del privilegio y de toda posición privile­giada el matar el espíritu y el corazón de los hombres. El hombre privilegiado ya políticamente, ya económicamente, es un hombre intelectual y moralmente depravado. He ahí una ley social que no admite excepción alguna y que se aplica tanto a naciones enteras como a las clases, a las compañías y a los individuos. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y de la humanidad, El objeto principal de ese libro es desarrollarla y demostrar su verdad en todas las manifestaciones de la vida humana.

Un cuerpo científico al que se hubiera confiado el go­bierno de la sociedad acabaría pronto no ocupándose ya en absoluto de la ciencia, sino de un asunto muy distinto; y ese asunto, el de todos los poderes establecidos, sería el de eternizarse volviendo cada vez más estúpida a la sociedad confiada a sus cuidados, y en consecuencia más necesitada de su gobierno y de su dirección.

Pero lo que es cierto para las academias científicas, lo es asimismo para todas las asambleas constituyentes y legislativas, incluso cuando han surgido del sufragio uni­versal. Este último puede renovar su composición, ciertamente, lo que no impide que en unos años se forme un cuerpo de políticos, privilegiados de hecho, no de derecho, quienes, al dedicarse exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, acaban por formar una especie de aristocracia o de oligarquía política .

… Entre el reducido número de sabios que están real­mente desligados de todas las preocupaciones y de todas las vanidades temporales hay pocos, muy pocos, que no estén mancillados por un gran vicio, capaz de contrarres­tar todas las demás cualidades: ese vicio es el orgullo de la inteligencia y el desprecio profundo, disimulado o abierto, hacia quienes no sean tan sabios como ellos. Una sociedad que fuera gobernada por sabios tendría, pues, el gobierno del desprecio, o sea el más aplastante despotismo y la más humillante esclavitud que pueda sufrir una so­ciedad humana. Sería también necesariamente el gobierno de la necedad, pues nada es tan estúpido como la inteli­gencia orgullosa de sí misma.

… Ser esclava de pedantes, ¡qué destino para la hu­manidad!

… Según nosotros, de todas las aristocracias que han oprimido, cada una a su vez y en ocasiones todas al mis­mo tiempo a la sociedad humana, la que se autodenomina aristocracia de la inteligencia es la más odiosa, la más despreciadora, la más impertinente y la más opresiva. El aristócrata nobiliario os dice: “¡Es usted un hombre muy gentil pero no es usted noble!” Es una injuria que aún puede soportarse. El aristócrata del capital os reconoce toda clase de méritos, pero añade, “¡no tiene usted ni un real!” Es asimismo soportable. Pero el aristócrata de la inteligencia nos dice: “No sabe usted nada, no comprende nada, es usted un asno, y yo, hombre inteligente, he de ponerle la albarda y conducirle a usted”. Eso es lo intolerable.

La aristocracia de la inteligencia, ese niño mimado del doctrinarismo moderno, ese último refugio del espíritu de dominación que ha afligido al mundo desde el inicio de la historia y que ha constituido y sancionado a todos los Estados, ese culto pretencioso y ridículo de la inteligencia patentada, sólo ha podido nacer en el seno de la burguesía. La aristocracia nobiliaria no necesitó la ciencia para probar su derecho. Apoyaba su poder sobre dos argumentos irresistibles dándole por base la violencia, la fuerza de su brazo, y por sanción la gracia de Dios. Ella violaba y la Iglesia bendecía: tal era la naturaleza de su derecho. Esa unión íntima de la brutalidad triunfante con la San­ción divina le daba un gran prestigio, y producía en ella una especie de virtud caballeresca que conquistaba todos los corazones.

La burguesía, desprovista de todas esas virtudes y de todas esas gracias, sólo ha podido fundar su derecho en un único argumento: el poder muy real pero prosaico del dinero. Es la negación cínica de todas las virtudes: si tie­nes dinero, por canalla o estúpido que seas, posees todos los derechos; si no tienes ni un real, cualesquiera que sean tus méritos personales, no vales nada. He ahí, en su ruda franqueza, el principio fundamental de la burguesía. Se concibe que tal argumento, por potente que sea, no podía bastar para el establecimiento y especialmente la conso­lidación del poder burgués. La sociedad humana está hecha de tal modo que las cosas más malas sólo pueden esta­blecerse gracias a una apariencia respetable. De ahí nació el proverbio que dice que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud. Las brutalidades más pode­rosas necesitan una sanción.

Hemos visto que la nobleza puso todas las suyas bajo la protección de la gracia divina. La burguesía, no pudien­do recurrir a esta protección, la encontró en la inteligencia patentada. Sabe muy bien que la base principal, y podría decirse que única, de su poder político actual es su rique­za; pero, no queriendo ni pudiendo confesarlo, trata de explicar por la superioridad de su inteligencia, no natural sino científica; para gobernar a los hombres, pretende, es preciso saber mucho, y sólo hay ella que sepa hoy en día .

… El gobierno de la ciencia y de los hombres de cien­cia, aunque se llamaran positivistas, discípulos de Augusto Comte, o incluso discípulos de la escuela doctrinaria del comunismo alemán, sólo puede ser impotente, ridículo, inhumano, cruel, opresivo, explotador, dañino. Se puede decir de los hombres de ciencia como tales lo que dije de los teólogos y de los metafísicos: no tienen ni sentidos ni corazón hacia los seres individuales y vivos. No puede ni reprochárseles, pues es la consecuencia natural de su oficio.

No son exclusivamente hombres de ciencia, son tam­bién más o menos hombres de vida. Sin embargo, es pre­ciso no fiarse demasiado y, si se puede estar casi seguro de que ningún sabio osará tratar hoya un hombre como trata a un conejo, hay que temer siempre que el cuerpo de sabios, solamente con dejarle hacer, no someta a los hombres vivos a experiencias científicas indudablemente menos crueles, pero que no serían menos desastrosas para sus víctimas humanas. Si los sabios no pueden hacer ex­periencias sobre el cuerpo de los hombres individuales, no por ello dejarán de pedir su realización sobre el cuerpo social, y es eso lo que hay que impedir de modo absoluto.

… Cuando la ciencia no se humaniza, se deprava. Re­fina el crimen y hace más envilecedora la bajeza. Un esclavo sabio es un enfermo incurable. Un opresor, un ver­dugo, un déspota sabios siguen acorazados por siempre contra todo lo que se llama humanidad y piedad. Nada les disuade, nada les asusta ni les alcanza, excepto sus propios sufrimientos o su propio peligro. El despotismo sabio es mil veces más desmoralizador, más peligroso pa­ra sus víctimas que el despotismo que tan sólo es brutal. Este afecta sólo al cuerpo, la vida exterior, la riqueza, las relaciones, los actos. No puede penetrar en el fuero interno, porque no tiene su llave. Le falta espíritu para pagar el espíritu. El despotismo inteligente y sabio por el contrario penetra en el alma de los hombres y corrompe sus pensamientos en la fuente misma.

… ¿Se desprende de ello que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese pensamiento. Cuando se trata de botas, me atengo a la autoridad del zapatero; si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para tal ciencia especial, me dirijo a talo cual sabio. Pero no me dejo imponer ni el zapatero ni el arquitecto ni el sabio. Los escucho libremente y con todo el respeto que su inteligencia, su carácter, su saber merecen, reservándome, sin embargo, mi derecho indiscutible de crítica y de control. No me contento con consultar a una sola autoridad especializada, consulto a varias; com­paro sus opiniones y elijo la que me parece más justa. Pero en modo alguno reconozco una autoridad infalible, inclu­so en las cuestiones totalmente especializadas; en conse­cuencia, por respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de talo cual individuo, no tengo fe abso­luta en nadie. Tal fe sería fatal para mi razón, mi libertad e incluso para el éxito de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.

Si me inclino ante la autoridad de los especialistas y si me declaro presto, en cierta medida y durante todo el tiem­po que crea conveniente, a seguir sus indicaciones e incluso su dirección, es porque esa autoridad no me es impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios. De lo contrario los rechazaría con horror y mandaría al diablo sus con­sejos, su dirección y su ciencia, seguro de que me harían pagar por la pérdida de mi libertad y de mi dignidad las migajas de verdad humana, envueltas con muchos embus­tes, que podrían darme.

Me inclino ante la autoridad de los hombres especialis­tas por que me es impuesto por mi propia razón. Soy consciente de poder abarcar en todos sus detalles y sus des­arrollos positivos únicamente una parte muy pequeña de la ciencia humana. La mayor inteligencia no bastaría para abarcarlo todo. De ello se deriva, para la ciencia como para la industria, la necesidad de la división y de la aso­ciación del trabajo. Recibo y doy, tal es la vida humana. Cada cual es autoridad dirigente y cada cual es dirigido a su vez. No hay, pues, autoridad fija y constante de ninguna clase, sino un intercambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, transitorias y sobre todo voluntarias.

Esa misma razón me prohíbe, pues, reconocer una au­toridad fija, constante y universal, porque no hay en mo­do alguno hombre universal, hombre que sea capaz de abarcar, entre esa riqueza de detalles sin la que la aplica­ción de las ciencias a la vida no es ya posible, todas las ciencias, todas las ramas de la vida social. Y si tal uni­versalidad pudiera nunca encontrarse realizarla en un único hombre y quisiera prevalerse de ella para imponer­nos su autoridad, habría que expulsar a este hombre de la sociedad porque su autoridad reduciría inevitablemente a todos los demás a la esclavitud y a la imbecilidad. No creo que la sociedad deba maltratar a los hombres geniales como lo han hecho hasta el momento. Pero tampoco creo que deba cebarlos en exceso, ni sobre todo concederles privilegios o derechos exclusivos cualesquiera.

… El espíritu del mayor genio de la tierra, ¿es jamás algo más que el producto del trabajo colectivo, intelectual, así como industrial, de todas las generaciones pasadas y presentes? Para convencerse de ello imaginemos a ese mis­mo genio transportado desde su más tierna infancia a una isla desierta; suponiendo que no muera de hambre, ¿en qué se convertirá? En una bestia, un bruto que ni siquiera sabrá pronunciar una palabra y que en consecuencia nunca tendrá pensamiento; transportadle a esa isla a la edad de diez años, ¿qué será de él unos años después? También un bruto que habrá perdido el hábito de la palabra y que sólo habrá conservado de su pasada humanidad un vago instinto. En fin, transportadlo a la edad de veinte o treinta años: a los diez, quince, veinte años de distancia, se vol­verá estúpido. ¡Acaso invente alguna nueva religión!

¿Qué prueba esto? Esto prueba que el hombre mejor dotado por la naturaleza sólo recibe de ella facultades, pero que esas facultades quedan muertas si no son ferti­lizadas por la acción bienhechora y poderosa de la colectividad. Diremos más: cuanto más aventajado por la naturaleza es el hombre, más toma a la colectividad; de donde resulta que le debe rendir más, con toda justicia.

Sin embargo, reconocemos con gusto que aunque una gran parte de los trabajos intelectuales se puedan ha­cer mejor y más de prisa colectiva que individualmente, hay otros que exigen el trabajo aislado. ¿Qué se pretende concluir de ello? ¿Que los trabajos aislados del genio o del talento, por ser más escasos, más preciosos y más útiles que los de los trabajadores ordinarios, han de estar mejor retribuidos que esos últimos? Por favor, ¿sobre qué base? ¿Son más penosos esos trabajos que los trabajos manua­les? Por lo contrario, esos últimos son incomparablemente más penosos. El trabajo intelectual es un trabajo atracti­vo, que lleva en sí mismo su recompensa y que no precisa de ninguna retribución más. Halla aún otra en la estima y en el bien que les hace.

Ustedes que cultivan tan poderosamente el ideal, se­ñores socialistas burgueses, ¿no encuentran que esta re­compensa merece otra, o bien prefieren a ella una remu­neración más sólida en dinero contante y sonante? Por otra parte, estarían ustedes apurados si tuvieran que establecer la tasa de los productos intelectuales geniales. Son valores inconmensurables, como muy bien observó Proudhon: no cuestan nada o cuestan millones.

… Esperemos, sin embargo, que la sociedad venidera hallará en la organización realmente práctica y popular de su fuerza colectiva el medio de hacer a esos grandes genios menos necesarios, menos aplastantes y más auténticamente bienhechores para todos. Pues nunca hay que olvidar la profunda frase de Voltaire: “Hay alguien con más espí­ritu que los mayores genios, es todo el mundo”. Sólo se trata, pues, ya de organizar ese tout le monde mediante la mayor libertad basada en la más completa igualdad, eco­nómica, política y socia.

… Cuando el hombre de ciencia trabajará y el hombre de trabajo pensará, el trabajo inteligente y libre será considerado como el más bello título de gloria para la huma­nidad, como la base de su dignidad, de su derecho, como la manifestación de su poder humano sobre la tierra -y la humanidad será constituida.

… Tanto en interés del trabajo como también en el de la ciencia, es preciso que no haya ya ni obreros ni sabios sino sólo hombres. El resultado de ello será que los hombres que, por su superior inteligencia, son hoy arrastrados al mundo exclusivo de la ciencia y que, ya establecidos en ese mundo, cediendo a la necesidad de una posición completamente burguesa, hacen girar todas sus invenciones en interés exclusivo de la clase privilegiada de la que ellos mismos forman parte que esos hombres, una vez pasen a ser realmente solidarios de todo el mundo, solidarios no sólo en imaginación ni en palabras, sino de hecho, por el trabajo, harán girar asimismo necesariamen­te los descubrimientos y las aplicaciones de la ciencia en interés de todo el mundo, y ante todo para aligerar y en­noblecer el trabajo, esta base, la única legítima y la única real, de la sociedad humana.

… Ello no impedirá sin duda que hombres geniales, mejor organizados para las especulaciones científicas que la inmensa mayoría de sus contemporáneos, se entreguen más exclusivamente que los demás al cultivo de las cien­cias, y no rindan grandes servicios a la humanidad.

La ciencia, al pasar a ser el patrimonio de todo el mundo, se casará en cierto modo con la vida inmediata y real de cada uno. Ganará en utilidad y en gracia lo que perderá en ambición y en pedantería doctrinarias. Tomará en la vida el sitio que el contrapunto debe ocupar, según Beethoven, en las composiciones musicales. A alguien que le había preguntado si era necesario saber el contrapunto para componer buena música, le respondió: “Sin duda, es absolutamente necesario conocer el contrapunto; pero es asimismo necesario olvidarlo una vez aprendido, si se quie­re componer algo bueno”. El contrapunto forma en cierto modo el esqueleto regular, pero perfectamente desprovisto de gracia e inanimado, de la composición musical, y como tal ha de desaparecer bajo la gracia espontánea y vi­viente de la creación artística. Como el contrapunto, la ciencia no es en modo alguno el objetivo, es Sólo uno de los medios más necesarios y más magníficos de esa otra creación, mil veces más sublime aún que todas las compo­siciones artísticas, de la vida y la acción inmediatas y espontáneas de los individuos humanos en la sociedad.

… La potencia de pensar y la potencia de querer no implican siempre y necesariamente la una la verdad y la otra el bien. La historia nos muestra el ejemplo de mu­chos pensadores muy potentes que han dicho desatinos. Siempre que un pensador, por potente que sea, razona sobre bases falsas llegará necesariamente a conclusiones falsas y esas conclusiones serán tanto más monstruosas dado que habrá empleado su potencia en desarrollarlas.

… Resumo. Reconocemos la autoridad absoluta de la ciencia pero rechazamos la infalibilidad y la universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra Iglesia pro­pia -séame permitido servirme por un momento de esa expresión que detesto; la Iglesia y el Estado son mis dos objetos de odio-, en nuestra Iglesia, como en la Iglesia protestante, tenemos un jefe, un Cristo invisible, la cien­cia; y como los protestantes, más consecuentes incluso que los protestantes, no queremos soportar en ella ni pa­pa, ni concilios, ni cónclaves de cardenales infalibles, ni obispos, ni incluso sacerdotes. Nuestro Cristo se distingue del Cristo protestante y cristiano en eso, que ese último es un ser personal y que el nuestro es impersonal; el Cristo cristiano, ya realizado en un pasado eterno, se presenta como un ser perfecto, mientras que la realización y la perfección de nuestro Cristo, la ciencia, está siempre en el futuro: lo que equivale a decir que nunca se va a realizar. Al reconocer sólo la autoridad absoluta de la “ciencia absoluta” no comprometemos, pues, nuestra li­bertad.

Nuestro Cristo quedará, pues, eternamente inacabado, lo que va a abatir mucho el orgullo de sus representantes patentados entre nosotros. Contra ese Dios Hijo en nom­bre del cual pretenderían imponernos su autoridad inso­lente y pedante, apelaremos a Dios Padre, que es el mundo real, la vida real, de la que él sólo es la expresión excesivamente imperfecta y de la que nosotros -los seres reales, que viven, trabajan, combaten, aman, aspiran, gozan y sufren- somos sus representantes inmediatos.

Pero al rechazar la autoridad absoluta, universal e in­falible de los hombres de ciencia, no por ello aspiramos menos a ver a hombres dotados de una gran sabiduría, de una gran experiencia, de un gran espíritu y sobre todo de un gran corazón, ejerciendo sobre nosotros una influencia natural y legítima, libremente aceptada y no impuesta en nombre de cualquier autoridad oficial, celes­tial o terrestre. Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho.

CAPÍTULO III

ESTADO Y LIBERTAD

… ¿Qué es el Estado? Es la cosa pública, nos res­ponden los metafísicos y los doctores en derecho; los in­tereses, el bien colectivo y el derecho de todos, opuestos a la acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada cual. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud sobre la tierra. En consecuencia, no hay acto más sublime ni mayor deber para los individuos que el entregarse, el sacrificarse y morir si es preciso, por el triunfo, por la potencia del Estado.

He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología política, igual que la teología religiosa, no esconde bajo apariencias muy bellas y muy poéticas unas realidades muy comunes y muy sucias.

… Fue un gran error por parte de J. J. Rousseau el haber pensado que la sociedad primitiva haya sido esta­blecida por un contrato libre, formado por salvajes. Pero J. J. Rousseau no es el único en afirmarlo. La mayoría de los juristas y de los publicistas modernos (tanto de la escuela de Kant como de cualquier otra escuela indivi­dualista y liberal y que no admiten ni la sociedad basada en el derecho divino de los teólogos, ni la sociedad deter­minada de la escuela hegeliana, como la realización más o menos mística de la Moral objetiva, ni la sociedad primitivamente animal de los naturalistas) toman nolens vo­lens y a falta de otro fundamento el “contrato tácito” como punto de partida. ¡Un contrato tácito! Es decir, un contrato sin palabras y en consecuencia sin pensamiento y sin voluntad, ¡un indignante contrasentido! ¡Una ab­surda ficción y además una mala ficción! ¡Una indigna superchería! ¡Pues supone que, cuando yo no estaba ni en estado de querer ni de pensar ni de hablar, porque me dejé esquilar sin protestar, pude consentir para mí y para toda mi descendencia una eterna esclavitud!

… Todo lo que entonces fue reconocido, como cons­tituyendo el interés común, fue proclamado el bien, y todo lo que le fuera contrario, el mal. Los miembros contra­tantes, al pasar a ser ciudadanos, al haberse vinculado mediante un compromiso más o menos solemne, asumie­ron con ello mismo un deber: el subordinar sus intereses privados a la salud común, al interés inseparable de todos, y sus derechos separados al derecho público, cuyo repre­sentante único, el Estado, quedó con ello investido del poder de reprimir todas las rebeliones del egoísmo individual.

… Según este sistema, pues, la sociedad humana sólo comienza con la conclusión del contrato. Pero ¿qué es entonces esa sociedad? Es la pura y lógica realización del contrato con todas sus disposiciones y consecuencias legis­lativas y prácticas, es el Estado.

Examinémoslo desde más cerca. ¿Qué representa? La suma de las negaciones de las libertades individuales de todos sus miembros; o bien la de los sacrificios que todos sus miembros hacen, al renunciar a una porción de su libertad en provecho del bien común. Así pues, donde comienza el Estado cesa la libertad individual y viceversa.

Se puede responder que el Estado, representante de la salud pública o del interés común de todos, sólo suprime una parte de la libertad de cada cual para asegurarle el resto. Pero ese resto es la seguridad, si queréis, no es en absoluto la libertad. La libertad es indivisible: no puede suprimirse una parte de la misma sin matarla toda. Esa pequeña parte que suprimís es la esencia misma de mi libertad, lo es todo. Por un movimiento natural, necesario e irresistible, toda mi libertad se concentra precisamente en la parte que suprimís, por pequeña que sea. Es la historia de la mujer de de Barba Azul que tuvo todo un palacio a su disposición con la libertad plena y entera de penetrar en todas partes, de verlo y tocarlo todo, salvo un cuartucho que la voluntad soberana de su terrible marido le había prohibido abrir bajo pena de muerte. Pues bien, dejando de lado todas las magnificencias de su palacio, su alma se concentró por completo en ese cuartucho: lo abrió y tuvo razón al abrirlo, pues fue un acto necesario de su libertad mientras que la prohibición de entrar en él era una flagrante violación de esa misma libertad. Es tam­bién la historia del pecado de Adán y Eva: la prohibición de probar la fruta del árbol de la ciencia sin otro motivo que “tal era la voluntad del Señor”, era por parte del Buen Dios un acto de horroroso despotismo; y si nuestros pri­meros padres hubieran obedecido, toda la raza humana estaría sumergida en la más humillante esclavitud. Por lo contrario, su desobediencia nos emancipó y salvó. Fue, míticamente hablando, el primer acto de la libertad hu­mana.

Pero el Estado, dirán, el Estado democrático basado en el libre sufragio de todos los ciudadanos, ¿podría ser la negación de su libertad? ¿Y por qué no? Ello depende­ría absolutamente de la misión y del poder que los ciuda­danos abandonaran al Estado. Un Estado republicano basado en el sufragio universal podría ser muy despótico, incluso más despótico que el Estado monárquico, cuando, bajo pretexto de que representa la voluntad de todos, pese sobre la voluntad y sobre el libre movimiento de cada uno de sus miembros con todo el peso de su poder co­lectivo.

… Es en nombre de esa ficción que tan pronto se llama el interés colectivo como el derecho colectivo o la voluntad y la libertad colectivas, que los absolutistas jaco­binos, los revolucionarios de la escuela de J. J. Rousseau y de Robespierre, proclaman la teoría amenazadora e inhumana del derecho absoluto del Estado.

… La doctrina sentimentalmente terrorista (o sea religiosa) de J. J. Rousseau, que resonó como una nota discordante en la bella armonía humanitaria del siglo XVIII, se encontró por otra parte sostenida por el deísmo incon­secuente, frívolo y burgués de Voltaire, quien pensó que la religión era absolutamente necesaria para “la canalla”. Esa doctrina legó a la revolución el culto de una divinidad abstracta con el culto abstracto del Estado. Esos dos cul­tos, personificados en la sombría figura de Robespierre -ese Calvino de la revolución- mataron la revolución.

… J. J. Rousseau representa el auténtico tipo de la estrechez y de la mezquindad sombría, de la exaltación sin más objeto que su propia persona, del entusiasmo en frío y de la hipocresía sentimental e implacable a la vez, del embuste forzoso del idealismo moderno. Se le puede considerar como el auténtico creador de la moderna reac­ción. Siendo el escritor en apariencia más democrático del siglo XVIII, subsiste en él el implacable despotismo del hombre de Estado. Fue el profeta del Estado doctrinario, así como Robespierre, su digno y fiel discípulo, trató de convertirse en su sumo sacerdote.

… Pero el Estado, dirán aún, sólo restringe la libertad de sus miembros en la medida únicamente en que es llevada hacia la injusticia, hacia el mal. Les impide matarse entre sí, saquear se y ofenderse mutuamente, y en general hacer el mal, dejándoles por lo contrario plena y entera libertad para el bien. Es siempre la misma historia de Barba Azulo del fruto prohibido: ¿qué es el mal, qué es el bien?

… Toda teoría consecuente y sincera del Estado se basa fundamentalmente en el principio de la “autoridad”, es decir en esa idea eminentemente teológica, metafísica, política, de que las masas incapaces siempre de gober­narse habrán de sufrir en todo tiempo el yugo bienhechor de una sabiduría y una justicia que les serán impuestas desde arriba de una u otra manera.

… El Estado es el gobierno de arriba a abajo por cualquier minoría de una inmensa cantidad de hombres muy diversos desde el punto de vista del grado de su cultura, de la naturaleza de los países o de las localidades que habitan, de su posición, de sus ocupaciones, de sus intereses Y de sus aspiraciones, aunque esa minoría fuera elegida mediante sufragio universal y controlada en sus actos a través de instituciones populares, a menos que estuviera dotada de la omnisciencia, de la omnipresencia y de la omnipotencia que los teólogos atribuyen a su Dios, es imposible que pueda conocer, prever las necesidades ni satisfacer con igual justicia los intereses más legítimos y apremiantes de todos.

… La vida colectiva no está en la multitud popular; esa multitud, según Mazzini, por ser sólo un agregado completamente mecánico de individuos, hace que la colec­tividad exista sólo en la autoridad y sólo pueda ser representada por ella. Nos encontramos de nuevo con esa mal­dita función del Estado que absorbe y concentra, al des­truirla, la colectividad natural del pueblo y que, proba­blemente debido precisamente a ello, se considera que la representa al modo como Saturno representaba a sus hijos a medida que los devoraba.

… El Estado es la autoridad, la dominación y el poder organizados de las clases poseedoras y que se autodeno­minan ilustradas, sobre las masas.

… Garantiza siempre lo que encuentra: a los unos, su riqueza, a los otros, su pobreza; a los unos, la libertad basada en la propiedad, a los otros, la esclavitud, fatal consecuencia de su miseria.

… El Estado siempre ha sido el patrimonio de cual­quier clase privilegiada: clase sacerdotal, clase nobiliaria, clase burguesa; y finalmente clase burocrática, cuando habiéndose agotado todas las demás clases el Estado cae, o se eleva según se mire, a la condición de máquina.

… Todos los Estados, desde que existen sobre la tie­rra, están condenados a una lucha perpetua: lucha contra sus propias poblaciones que oprimen y arruinan, lucha contra los Estados extranjeros, cada uno de los cuales es sólo poderoso a condición de que el otro sea débil; y como sólo pueden mantenerse en esta lucha aumentando cada día su poder, tanto en el interior contra sus propios sujetos, como en el exterior contra las potencias vecinas, de ello se deriva que la ley suprema del Estado es el au­mento de su poder en detrimento de la libertad interior y de la justicia exterior.

… En fin, por perfecta que sea desde el punto de vista del mantenimiento del Estado la organización de la educación y de la instrucción populares, de la censura y de la policía, el Estado no puede estar seguro de su existencia mientras no tenga una fuerza armada para defen­derse contra los “enemigos del interior”, contra el descontento de las poblaciones.

… La educación de esos hombres, desde la del soldado raso hasta los más altos grados de la jerarquía militar, es tal que han de convertirse necesariamente en los enemigos de la sociedad civil y del pueblo. Incluso el uniforme que llevan, y que recuerda tanto la librea, todos esos adornos distintivos y ridículas fruslerías que distinguen los regimientos y los grados, todas esas necedades infantiles que ocupan una parte considerable de su existencia y que les harían parecer bufones tan a menudo si no estuvieran siempre amenazantes, todo ello les separa más profundamente de lo que se cree de la sociedad. Ese atavío ridícu­lo y chistoso, y las mil ceremonias pueriles entre las que transcurre su vida, añadidas a sus ejercicios cotidianos, sin otro objeto que el arte de la matanza y la destrucción, serían profundamente humillantes para hombres que no hubieran perdido el sentimiento de la dignidad humana. Se morirían de vergüenza si mediante una sistemática per­versión de las ideas no hubieran llegado finalmente ellos mismos a hacerlo fuente de vanidad. Para no despreciarse a sí mismos han de despreciar absolutamente a todo el que no vaya con sable y no lleve su librea militar. Añadid aún a ello la muerte de todo pensamiento original en me­dio de esa existencia artificial y rutinaria, y de esas ocupa­ciones monótonas, uniformes, maquinales, el ahora de toda voluntad individual por una implacable disciplina. Dejan de ser hombres para convertirse en soldados; son autómatas alistados, numerados y empujados por una voluntad que le es ajena. La obediencia pasiva es su mayor virtud y una entrega ciega al dueño, cuyos autómatas, cuyos esclavos son, constituye todo su honor. Es el colmo de la ignominia.

… Sometidos ellos mismos a un reglamento despóti­co, acaban por tener horror hacia quien siente, quien quie­re, quien se mueve libremente. Todo pensador es un anar­quista a sus ojos, las reclamaciones de libertad son una rebelión y con toda naturalidad llegan a querer imponer a toda la sociedad la regla férrea, la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas.

… No permite Dios que deje de haber entre los milita­res profesionales algunos hombres inteligentes, instruidos, e incluso a veces, aunque muy raramente, hombres since­ramente liberales. Pero ya lo he dicho, sólo pueden ser excepciones, anomalías como se hallan en todos los am­bientes posibles y que, como dice el proverbio, no hacen más que confirmar la regla. Un militar inteligente y que, no contentándose con las ideas que le dan la ciencia y la moral de guerra, se complace en pensar libremente sobre todas las cosas, ha de ahogarse en el estrecho vínculo de la rutina y de las ocupaciones militares. Si realmente de­sea la libertad, detestará la disciplina que hace de él un esclavo; si está celoso de su dignidad humana despreciará lo que se llama el honor y lo que yo llamaría el “puntillo” militar. En fin, si es sinceramente amigo de su pueblo y es inteligente, ilustrado y honesto consigo mismo al mismo tiempo, comprenderá que debido a su posición es el más peligroso, el más opresivo y el más ruinoso enemigo del pueblo; sentimientos, pensamientos y tendencias que ne­cesariamente harán de él un pésimo militar. Pues para ejercer bien su oficio, es preciso respetarlo y amarlo, y no se puede amar el servicio militar sin detestar al pueblo.

… Hay que reconocer que tras las sangrientas luchas de la Edad Media, el yugo del Estado prevaleció contra todas las revueltas populares y que, excepto Holanda y Suiza, se asentó triunfante en todos los países de Europa.

Pero, ¿y las masas? Por desgracia hay que reconocer que se dejaron desmoralizar profundamente, enervar por no decir castrar, por la acción deletérea del Estado. Aplastadas, envilecidas, adquirieron el fatal hábito de una obe­diencia y una resignación borreguil, transformándose en consecuencia en inmensos rebaños artificialmente dividi­dos y acorralados para mayor comodidad de sus explotadores de toda especie.

… Llegamos hoy a la absoluta necesidad de la des­trucción de los Estados o, si se prefiere, a su radical y completa transformación en el sentido de que al dejar de ser potencias centralizadas y organizadas de arriba a abajo se reorganicen, ya sea mediante la violencia, ya mediante la autoridad de cualquier principio, con una absoluta li­bertad para todas las partes.

… Sé muy bien que los sociólogos de la escuela del Sr. Marx, tales como el Sr. Engels aún vivo o el difunto Lasalle, por ejemplo, me objetarán que el Estado no fue en absoluto la causa de esa miseria, de esa degradación y de esa servidumbre de las masas; que la situación mi­serable de las masas, así como el poder despótico del Estado, fueron por lo contrario, una y otro, los efectos de una causa más general, los productos de una fase que desde el punto de vista de la historia constituye un auténti­co progreso, un paso inmenso hacia lo que ellos llaman la revolución social. Hasta el punto que Lasalle no ha vacilado en proclamar muy alto que la derrota de la for­midable revolución de los campesinos de Alemania en el siglo XVI (derrota deplorable si las hay y de la que data la esclavitud secular de los alemanes), así como el triunfo del Estado despótico que fue necesaria consecuencia, cons­tituyeron un auténtico triunfo para esa revolución; ya que, dicen los marxistas, los campesinos son los representantes naturales de la reacción mientras que el Estado militar y burocrático moderno (producto y compañía obligada de la revolución social que a partir de la segunda mitad del siglo XVI comenzó la transformación, lenta pero siempre pro­gresiva, de la antigua economía feudal y de la tierra en producción de riquezas o, lo que significa lo mismo, en ex­plotación del trabajo popular por el capital) fue una condición esencial de esa revolución.

Se concibe que impulsado por esa misma lógica el Sr. Engels, en una carta dirigida a uno de nuestros amigos, haya podido decir sin la menor ironía (muy seriamente por el contrario) que el Sr. Bismarck, así como el rey Víctor Manuel, han rendido inmensos servicios a la revo­lución al haber creado ambos la gran centralización política de sus países respectivos.

Materialistas y deterministas como el propio Marx, reconocemos también el fatal encadenamiento de los he­chos económicos y políticos en la historia. Reconocemos la necesidad, el carácter inevitable de todos los aconteci­mientos que suceden, pero no nos inclinamos con indife­rencia ante ellos, y sobre todo nos guardaremos sobrada­mente de alabarlos y admirarlos cuando por su naturaleza se muestran en flagrante oposición con la finalidad su­prema de la historia, con el ideal profundamente humano que se encuentra de nuevo, bajo formas más o menos ma­nifiestas, en los instintos, en las aspiraciones populares, bajo los símbolos religiosos de todas las épocas, puesto que es inherente a la raza humana, la más sociable de todas las razas animales de la tierra.

Todo lo que en la historia se muestra de acuerdo con esa finalidad es bueno desde el punto de vista humano (y no podemos tener otro); todo lo que le es contrario es malo. Por otra parte, sabemos de sobra que lo que llama­mos bueno y lo que llamamos malo son ambos siempre resultados naturales de causas naturales y que en conse­cuencia el uno es tan inevitable como el otro. Pero, así como en lo que se llama propiamente la naturaleza reco­nocemos muchas necesidades que estamos poco dispuestos a bendecir, por ejemplo, la necesidad de morir rabioso cuando se ha sido mordido por un perro rabioso, asimismo en esa continuación inmediata de la vida natural llamada historia hallamos muchas necesidades que encontramos mucho más dignas de maldición que de bendición y que pensamos que hay que estigmatizar con toda la energía de que somos capaces en interés de nuestra moralidad tanto individual como social.

Considero como un hecho perfectamente natural, ló­gico y en consecuencial inevitable que los cristianos, que eran unos cretinos por la gracia de Dios, aniquilaran con aquel santo furor todas las bibliotecas de los paganos, to­dos los tesoros del arte, la filosofía y la ciencia antiguos. Pero me es decididamente imposible el apreciar qué ven­tajas resultaron de ello para nuestro desarrollo político y social. Incluso estoy muy dispuesto a creer que fuera de esa progresión fatal de hechos económicos en la que según el Sr. Marx hay que buscar la causa única de todos los hechos intelectuales y morales con exclusión de todas las demás consideraciones …, estoy, decía, firmemente dispuesto a creer que ese acto de santa barbarie, o mejor esa larga serie de actos bárbaros y de crímenes que los primeros cristianos, divinamente inspirados, cometieron contra el espíritu humano, fue una de las principales cau­sas del envilecimiento intelectual y moral, y también en consecuencia de la sujeción política y social que llenan esa larga serie de nefastos siglos llamada Edad Media. Estad seguros que si los primeros cristianos no hubieran destruido las bibliotecas, museos y templos de la Antigüedad hoy no estaríamos condenados a combatir tal cantidad de absurdos horribles y vergonzosos que obstruyen aún los cerebros hasta el punto de hacernos dudar en ocasiones de la posibilidad de un futuro más humano.

Siguiendo, pues, la misma orden de protesta contra unos hechos que se han realizado en la historia y cuyo carácter inevitable también reconozco en consecuencia, me detengo ante el esplendor de las repúblicas italianas y ante el magnífico despertar del genio humano en la época del Renacimiento. Veo luego aproximarse a los dos genios malignos, tan antiguos como la historia, las dos serpientes boa que constriñeron y devoraron hasta ahora todo cuanto la historia produjo de humano y de bello. Se llaman la Iglesia y el Estado, el Papado y el Imperio. Eternos riva­les y aliados inseparables, les veo reconciliarse, abrazarse y devorar, aplastar y ahogar al mismo tiempo a la desgraciada y demasiado bella Italia, condenarla a tres siglos de muerte. Pues bien, sigo encontrando todo eso como muy natural, lógico e inevitable pero abominable, sin em­bargo, y maldigo al mismo tiempo al papa y al emperador.

Pasemos a Francia. Tras una lucha que duró un siglo el catolicismo, sostenido por el Estado, triunfó finalmente del protestantismo. Pues bien, ¿no se hallan aún hoy en Francia políticos o historiadores de escuela fatalista que autodenominándose revolucionarios consideran esa victoria del catolicismo -una sangrienta e inhumana victoria si la hay- como un auténtico triunfo para la revolución? Entonces, pretenden, el catolicismo era el Estado, la de­mocracia, mientras que el protestantismo representaba la rebelión de la aristocracia contra el Estado y en consecuencia contra la democracia. Es con sofismas semejantes, completamente idénticos a los sofismas marxistas (que también consideran los triunfos del Estado como los de la democracia social), es con esos absurdos tan asquerosos como indignantes que se pervierte el espíritu y el sentido moral de las masas habituándolas a considerar a sus san­guinarios explotadores, a sus seculares enemigos, a sus tiranos, a los dueños y los servidores del Estado, como órganos, representantes, héroes, servidores entregados de su emancipación.

Sin dejar de reconocer la inevitabilidad del hecho con­sumado, no por ello vacilo en decir que el triunfo del catolicismo en el siglo XVI y XVII fue un gran desastre para toda la humanidad, y que la matanza de la noche de San Bartolomé (la “Saint-Barthélemy”), así como la revocación del edicto de Nantes fueron hechos tan lamen­tables para la propia Francia como lo ha sido últimamente la derrota y masacre del pueblo de París. He llegado a oír a franceses muy inteligentes y estimables explicando esa derrota del protestantismo en Francia por la na­turaleza esencialmente revolucionaria del pueblo francés. “El protestantismo, dicen, sólo fue una revolución a me­dias; precisábamos la revolución entera y por ello la na­ción francesa no quiso, no pudo detenerse en la Reforma. Prefirió seguir siendo católica hasta el momento de poder proclamar el ateísmo; y es debido a ello que soportó con una resignación tan perfecta y cristiana tanto los horrores de la «Saint-Barthélemy» como la tiranía no menos abominable de los ejecutantes de la revocación del edicto de Nantes”.

Esos estimables patriotas parece que no quieren con­siderar en absoluto una cosa. Que un pueblo que bajo cualquier pretexto sufre la tiranía a la larga pierde necesariamente el saludable hábito de rebelarse y hasta el ins­tinto mismo de la rebelión. Pierde el sentimiento de la libertad, la voluntad y el hábito, de ser libre, pasa ne­cesariamente a ser un pueblo esclavo, no sólo por sus condiciones exteriores sino interiormente, en la esencia misma de su ser.

CAPÍTULO IV

DE PROUDHON Y MARX A LA COMUNA

… En general, la reglamentación fue la pasión común de todos los socialistas anteriores a 1848 excepto uno: Cabet, Louis Blanc; fourieristas y saint-simonianos tenían todos la pasión de adoctrinar y organizar el futuro, todos eran más o menos autoritarios.

Pero apareció Proudhon: hijo de un campesino y de hecho y de instinto cien veces más revolucionario que todos esos socialistas doctrinarios y burgueses, se armó con una crítica tan profunda y penetrante como implacable para destruir todos sus sistemas. Oponiendo la libertad a la autoridad contra todos esos socialistas de Estado se proclamó anarquista descaradamente y en las barbas de su deísmo o de su panteísmo tuvo la valentía de llamarse simplemente ateo o mejor, con Augusto Comte, “posi­tivista”.

Su socialismo, basado en la libertad tanto individual como colectiva y en la acción espontánea de las asociacio­nes libres, que no obedecía a otras leyes que a las leyes generales de la economía social, descubiertas o aún sin descubrir por la ciencia, fuera de toda reglamentación del gobierno y de toda protección del Estado, y que por otra parte subordinaba la política a los intereses económicos, intelectuales y morales de la sociedad, acabaría más tarde, por una consecuencia necesaria, en el federalismo.

… No hay duda alguna que en la crítica implacable que Marx ha hecho de Proudhon hay mucho de cierto. Su punto de partida es la idea abstracta del derecho; del derecho pasa al hecho económico mientras que el Sr. Marx, a diferencia de Proudhon, ha expresado y demostrado la indudable verdad, confirmada por la historia pasada y contemporánea de la sociedad humana (de los pueblos y Estados), de que el factor económico ha precedido siem­pre y sigue precediendo al derecho jurídico y político.

… Marx es un pensador economista muy serio, muy profundo. Tiene sobre Proudhon la inmensa ventaja de ser en realidad un materialista. Pese a todos los esfuerzos que hizo por sacudirse las tradiciones del idealismo clásico, Proudhon siguió siendo toda su vida un idealista incorre­gible que se inspiraba, como le dije dos meses antes de su muerte, tan pronto en la Biblia como en el Derecho Ro­mano; era metafísico siempre de los pies a la cabeza. Su gran desgracia fue no haber estudiado nunca las ciencias naturales ni haberse apropiado su método. Tuvo instintos geniales que le hicieron entrever la vía justa, pero arras­trado por los hábitos malos o idealistas de su espíritu vol­vió a caer siempre en Sus viejos errores; lo que hizo que Proudhon fuese una contradicción perpetua, un genio vigoroso, un pensador revolucionario que se debatía siem­pre contra los fantasmas del idealismo sin lograr vencer­los nunca.

Marx como pensador está en el buen camino. Ha es­tablecido como principio que todas las evoluciones polí­ticas, religiosas y jurídicas en la historia no son las causas sino los efectos de las evoluciones económicas: un pen­samiento grande y fecundo que no ha inventado en absoluto, que fue entrevisto, expresado en parte por muchos otros antes que él. Pero, en fin, le corresponde el honor de haberlo establecido con solidez y de haberlo planteado como base de todo su sistema económico. Proudhon en cambio comprendió y sintió la libertad mucho mejor que él; Proudhon, cuando no hacía doctrina ni metafísica, tenía el auténtico instinto de revolucionario: adoraba a Satanás y proclamaba la ANARQUÍA. Es muy posible que Marx pueda elevarse “teóricamente” hasta un sistema aún más racional de la libertad que Proudhon; pero le falta el instinto de Proudhon, es un comunista autoritario de los pies a la cabeza.

Marx ha estado siempre entregado sinceramente y por completo a la causa de la emancipación del proletariado, causa a la que ha rendido servicios indiscutibles, que ja­más traicionó conscientemente, pero que compromete hoy inmensamente debido a su formidable vanidad, a su carác­ter rencoroso y malévolo y, a su tendencia a la dictadura en el seno mismo del partido de los revolucionarios socia­listas. Su vanidad, en efecto, no tiene límites y es una lástima, es un lujo inútil, pues la vanidad se comprende muy bien en un ser nulo que no siendo nada quiere parecerlo todo. ¡Marx tiene cualidades y un poder de pensa­miento y de acción muy positivas, muy grandes y que habrían debido ahorrarle, a mi parecer, la pena de recurrir a los miserables medios de la vanidad!

… En el “Estado popular” del Sr. Marx, nos dicen, no habrá clase privilegiada en absoluto. Todos serán igua­les, no solamente desde el punto de vista jurídico y político sino desde el punto de vista económico. Eso se promete por lo menos, aunque yo dudo que se pueda mantener nunca esa promesa, debido a la manera como se hace y al camino que quiere seguirse. Ya no habrá, pues, clase privilegiada sino un gobierno y, fijáos bien, un gobierno complicado en exceso que no va a contentarse con gobernar y administrar políticamente las masas como lo hacen to­dos los gobiernos de hoy, sino que además les administrará económicamente concentrando en sus manos la producción y la “justa” distribución de las riquezas.

… Soy un partidario convencido de la “igualdad eco­nómica y social”, puesto que sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como la prosperidad de las naciones no serán más que una serie de embustes. Pero, sin embargo, como partidario de la libertad (esa condición primera de la humanidad) creo que la igualdad ha de establecerse en el mundo mediante la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas, y no a través de la acción suprema y tutelar del Estado.

Este es el punto que divide principalmente a los socia­listas o colectivistas revolucionarios de los comunistas autoritarios partidarios de la iniciativa absoluta del Estado.

… Nuestro gran y auténtico maestro común, Proudhon, dijo en su bello libro La justicia en la revolución y en la Iglesia que la más desastrosa combinación que for­marse pueda sería la que reuniera el socialismo con el absolutismo, las tendencias del pueblo hacia la emancipación económica y el bienestar material con la dictadura y la concentración de todos los poderes políticos y sociales en el Estado.

Que el futuro nos preserve, pues, de los favores del despotismo; pero que nos salve de las consecuencias de­sastrosas y embrutecedoras del “socialismo autoritario, doctrinario o de Estado”.

… Los comunistas alemanes no quieren ver en toda la historia humana más que reflejos y repercusiones nece­sarios del desarrollo de los hechos económicos.

Es un principio profundamente cierto cuando se le considera según su auténtico aspecto, es decir, desde un punto de vista relativo pero que, examinado y planteado de una manera absoluta como el fundamento único y la fuente primera de todos los demás principios, como lo hace dicha escuela, resulta completamente falso.

… El Estado político de cada país es siempre el pro­ducto y la expresión fiel de su situación económica; para cambiar al primero no hay más que transformar esta últi­ma. Todo el secreto de las evoluciones históricas está ahí, según el Sr. Marx. No tiene en cuenta a otros elementos de la historia tales como la reacción (evidente, sin embar­go) de las instituciones políticas, jurídicas y religiosas sobre la situación económica. Dice: “La miseria produce la esclavitud política, el Estado”; pero no permite que se dé la vuelta a esa frase diciendo: “La esclavitud polí­tica, el Estado, reproduce a su vez y mantiene la miseria como una condición de su existencia… “.

El Sr. Marx desconoce asimismo por completo un ele­mento muy importante en el desarrollo histórico de la humanidad: se trata del temperamento y carácter particula­res de cada raza y de cada pueblo, temperamento y carácter que son naturalmente a su vez los productos de una mul­titud de causas etnológicas, climatológicas y económicas, así como históricas, pero que una vez dados ejercen, in­cluso al margen e independientemente de las condiciones económicas de cada país, una considerable influencia sobre sus destinos, e incluso sobre el desarrollo de sus fuerzas económicas.

… A través de nuestra polémica contra los marxistas les hemos llevado al reconocimiento de que la libertad o ANARQUÍA, es decir, la organización libre de las masas tra­bajadoras de abajo a arriba, es el objetivo final del desarrollo social que todo Estado, sin exceptuar su “Estado popular”, es un yugo que engendra el despotismo por una parte y la esclavitud por otra.

Dicen que esa dictadura-yugo estatal es un medio tran­sitorio inevitable para llegar a la emancipación integral del pueblo: anarquía o libertad, ése es el objetivo; Estado o dictadura, ése es el medio. Así, a fin de emancipar a las masas trabajadoras es necesario ante todo encadenarlas.

Por el momento nuestra polémica no ha ido más allá de esa contradicción. Afirman que sólo la dictadura -la suya, evidentemente- puede crear la voluntad del pueblo; nosotros les respondemos: ninguna dictadura puede tener otro objeto que el de perpetuarse, ninguna dictadura sa­bría engendrar y desarrollar en el pueblo que la soporta algo más que esclavitud; la libertad sólo puede ser creada por la libertad.

… No sólo no tenemos la intención ni el menor deseo de imponer a nuestro pueblo o a cualquier otro pueblo tal o cual ideal de organización social leído en los libros o inventado por nosotros mismos, sino que además, convencidos de que las masas populares llevan en ellas mis­mas (en sus instintos más o menos desarrollados por la historia, en sus necesidades cotidianas y en sus aspiracio­nes conscientes o inconscientes) todos los elementos de su organización normal del futuro, buscamos ese ideal en el seno mismo del pueblo.

… Quien toma como punto de partida el pensamiento abstracto nunca podrá llegar a la vida puesto que no hay camino que pueda conducir desde la metafísica a la vida. Un abismo las separa. Franquear este abismo, realizar un salto mortal o lo que el propio Hegel llamó un “salto cualitativo” del mundo de la lógica al mundo de la natu­raleza y de la vida real, eso nadie lo ha logrado aún ni nadie lo logrará jamás. Quien se apoye en la abstracción morirá en ella.

La ruta viviente, concretamente razonada, es la cien­cia, el camino que va del hecho real al pensamiento que lo abarque, que lo exprese y que en consecuencia lo ex­plique; y en el mundo práctico, es el movimiento de la vida social hacia una organización impregnada al máximo posible de esa vida, de acuerdo con las indicaciones, con­diciones, necesidades y exigencias más o menos apasiona­das de esa vida misma.

… Los socialistas revolucionarios creen que hay mu­cha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones ins­tintivas y en las necesidades reales de las masas populares que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad, tras tantas tentativas fallidas de hacerla feliz, pretenden aún añadir sus esfuerzos.

… Es imposible determinar una forma concreta, uni­versal y obligatoria para el desarrollo y para la organiza­ción política de las naciones; al estar subordinada la exis­tencia de cada una a multitud de condiciones históricas, geográficas, económicas distintas y que nunca me permitirán establecer un modelo de organización igualmente bue­no y aceptable para todas. Tal empresa, absolutamente desprovista de utilidad práctica, atentaría además contra la riqueza y espontaneidad de la vida que se complace en la diversidad infinita y, lo que es peor, sería contraria al principio mismo de la libertad.

… No seamos doctrinarios, no compongamos por ade­lantado constituciones como si fuéramos legisladores del pueblo. Recordemos que nuestra misión es muy distinta: no somos los preceptores, sino sólo los precursores del pueblo, nos corresponde abrirle camino.

… Derribar el Estado y el monopolio financiero ac­tuales, tal es, pues, el objeto negativo de la revolución so­cial. ¿Cuál será el límite de esa revolución? En teoría, según su lógica, va muy lejos. Pero la práctica queda siem­pre a la zaga de la teoría ya que está sometida a multitud de condiciones sociales cuyo conjunto constituye la situa­ción real de un país y que pesan necesariamente sobre cada revolución popular. El deber de los jefes no será el de imponer sus propias fantasías a las masas, sino el de ir tan lejos como lo permitan o lo ordenen el instinto y las aspiraciones populares.

… La abolición del Estado no puede ser alcanzada de un solo golpe; pues en la historia como en la natura­leza física nada se hace de un solo golpe. Incluso las revoluciones más súbitas, inesperadas y radicales han sido siempre preparadas por un largo trabajo de descom­posición y de nueva formación, trabajo subterráneo o vi­sible, pero nunca interrumpido y siempre creciente. Así pues, también para la Internacional, no se trata de destruir de hoy a mañana todos los Estados. Emprenderlo o sola­mente soñarlo sería una locura.

… Nadie puede querer destruir sin tener como mínimo una imaginación lejana (verdadera o falsa) del orden de cosas que según él debería suceder al que hoy existe; y cuanto más viva en él esa imaginación, más su fuerza destructora se hace potente; y cuanto más se aproxima a la verdad, es decir cuanto más conforme está con el desarrollo necesario del mundo social actual, más saludables y útiles se hacen los efectos de su acción destructora. Pues la acción destructora está siempre determinada por el ideal positivo que constituye su inspiración primera, su alma, no solamente en su esencia y en el grado de su intensidad, sino también en sus modos, en sus vías y en los medios que emplea.

… Si París se alza y triunfa, tendrá el derecho y el deber de proclamar la completa liquidación del Estado político, jurídico, financiero y administrativo, la bancarro­ta pública y privada, la demolición de todas las funciones, de todos los servicios, de todas las fuerzas del Estado, el incendio o fuego gozoso de todos los papeles y actas pú­blicas o privadas, para que los trabajadores, reunidos en asociaciones y que se habrán apropiado de todos los instrumentos de trabajo, de toda clase de capitales y edificios, queden armados y organizados por calles y por barrios. Formarán la federación revolucionaria de todos los ba­rrios, la comuna directora. Y esa comuna tendrá la obli­gación de declarar que no se arroga el derecho de gobernar y organizar a Francia, sino que llama al pueblo de todas las comunas, tanto de Francia como de lo que hasta el mo­mento llaman extranjero, a seguir su ejemplo, a hacer cada una en su propia casa una revolución tan radical, tan destructora para el Estado, para el derecho jurídico y pa­ra la propiedad privilegiada. Invitará a esas comunas, francesas o extranjeras, tras haber hecho esa revolución, a venir a federarse con ella, bien sea en París bien en el sitio que se prefiera, o enviarán sus delegados para hacer una organización común de los servicios y de las relaciones de producción y de intercambio, organización necesaria para establecer la carta de igualdad, base de toda libertad, carta absolutamente negadora por su carácter, que precisa mucho más lo que debe ser abolido inmediatamente que no las formas positivas de la vida local que sólo pueden ser creadas por la práctica viva de cada localidad. Se orga­nizará al mismo tiempo una defensa común contra los enemigos de la revolución, así como la propaganda activa de la revolución y la solidaridad práctica revolucionaria con los amigos de todos los países contra los enemigos de todos los países.

En una palabra, la revolución ha de ser y ha de per­manecer en todas partes independiente del punto central, que ha de ser la expresión, el producto, nunca la fuente, la dirección y la causa.

Es preciso que la anarquía, el despertar de la vida espontánea, de todas las pasiones locales en todas partes sean lo más grandes posibles para que la revolución sea y permanezca viva, real, poderosa. Los revolucionarios políticos, los partidarios de la dictadura ostensible, cuando la revolución ha obtenido un primer triunfo recomiendan el apaciguamiento de las pasiones, el orden, la confianza y la sumisión a los nuevos poderes establecidos. De esta manera, reconstituyen el Estado. Nosotros, por lo contra­rio, hemos de fomentar, despertar, desencadenar todas las pasiones, hemos de producir la anarquía y, pilotos visi­bles en medio de la tempestad popular, hemos de dirigirla no mediante un poder ostensible sino a través de la dic­tadura colectiva de todos los miembros de la Alianza. Dictadura sin fajines ni títulos ni derechos oficiales, y tanto más poderosa por no tener ninguna de las apariencias del poder. He aquí la única dictadura que admito. Pero para que pueda actuar es preciso que exista, y para ello hay que prepararla y organizarla previamente; pues no surgirá fruto del azar, ni con discusiones, ni con exposiciones y debates de principios, ni con asambleas populares.

… Soy un partidario de la Comuna de París que, no por haber sido llevada a la masacre y ahogada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, ha pasado a ser menos vivaz, menos potente en la imagina­ción y el corazón del proletariado de Europa; soy su par­tidario sobre todo porque ha sido una audaz y bien pro­nunciada negación del Estado.

… Su efecto ha sido tan formidable en todas partes que los propios marxistas, cuyas ideas todas habían sido derribadas por esta insurrección, se han visto obligados a dar el sombrerazo ante ella. Han hecho más; en contra de la más simple lógica y de sus auténticos sentimientos, han proclamado que su programa y la finalidad de la Comuna eran los suyos. Ha sido un disfraz realmente cómico pero forzoso. Han tenido que hacerlo bajo pena de verse desbordados y abandonados, tan potente es la pasión que esa revolución ha provocado en todo el mundo.

… La Comuna de París ha durado demasiado poco y ha sido demasiado obstaculizada en su desarrollo interior por la lucha mortal que ha tenido que sostener contra la reacción de Versalles, para poder, no ya aplicar, sino ela­borar teóricamente su programa socialista. Por otra parte (es preciso ciertamente reconocerlo), la mayoría de los miembros de la Comuna no eran propiamente socialistas y, si se han mostrado como tales, es que han sido invenciblemente arrastrados por la fuerza irresistible de las co­sas, por la naturaleza de su medio ambiente, por las nece­sidades de su posición, y no por su convicción íntima. Los socialistas, en cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, sólo formaban en la Comuna una minoría ínfima; eran a lo sumo catorce o quince miembros. El resto se componía de jacobinos francamente revolucio­narios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar tanto su unidad como su autoridad tan queridas a las necesidades de la revolución antes que doblegar su conciencia ante la insolencia de la reacción. Esos magnánimos, jacobinos, en cabeza de los cuales se coloca naturalmente Delescluze, un gran ánimo y un gran carácter, firmaron programas y proclamaciones cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como, pese a toda su buena fe y a toda su buena voluntad, eran sólo socialistas exteriormente arrastrados más bien que interiormente con­vencidos, como no tuvieron el tiempo, ni la capacidad incluso, de vencer y suprimir en ellos mismos una masa de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con su reciente socialismo, se comprende que, paralizados por esa lucha interior, jamás pudieran salir de las generalida­des ni tomar una de esas medidas decisivas que hubieran roto definitivamente su solidaridad y todas sus relaciones con el mundo burgués.

Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; eso les paralizó y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se trans­forman en un día ni cambian de naturaleza o hábitos por simple gusto. Han probado su sinceridad al hacerse matar por la Comuna. ¿Quién puede pedirles más? Son tanto más excusables dado que el pueblo mismo de París, bajo cuya influencia han pensado y actuado, era socialista mucho más por instinto que por idea o por convicción refle­xionada. Hay aún muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el pro­letariado de las grandes ciudades de Francia e incluso en el de París.

… Por otra parte, la situación del pequeño número de socialistas convencidos que participaron en la Comuna era excesivamente difícil. Al no sentirse suficientemente sos­tenidos por la gran masa de la población parisiense, la organización de la Asociación Internacional (muy imperfec­ta ella misma por otra parte y abarcando apenas unos miles de individuos) ha tenido que sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. Y además, ¡en medio de qué circunstancias! Tuvieron que dar trabajo y pan a algunos cientos de miles de obreros, organizarles, armarles y vigilar al mismo tiempo los manejos reaccionarios en una ciudad inmensa como París, sitiada, amenazada por hambre y librada a todos los sucios embates de la reac­ción, que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles con el permiso y favor de los prusianos. Tu­vieron que oponer un gobierno y un ejército revolucio­narios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical tuvieron que organizarse en “reacción” jacobina olvidando y sa­crificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario.

¿No es natural que en medio de semejantes circunstan­cias los jacobinos, que eran los más fuertes ya que cons­tituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en grado infinitamente superior el instinto político, la tradi­ción y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido ventajas inmensas sobre los socialistas? Lo que hay que extrañar es que no se hayan aprovechado mucho más de ello de lo que lo han hecho, que no hayan dado al levantamiento de París un carácter exclusivamente jacobi­no y que por el contrario se hayan dejado arrastrar a una revolución social.

Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en la teo­ría, reprochan a nuestros compañeros de París el no ha­berse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria; he de hacer observar a los severos teóri­cos de la emancipación del proletariado que son injustos hacia nuestros hermanos de París; pues entre las más exactas teorías y su puesta en práctica hay una distancia inmensa que no se salva en unos días.

CAPÍTULO V

LA EMANCIPACIÓN DE LOS TRABAJADORES HA DE SER OBRA DE LOS TRABAJADORES MISMOS

… “La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, dice el preámbulo de nuestros estatutos generales. Y tiene mil veces razón en decirlo. Es la base principal de nuestra gran Asociación. Pero el mundo obrero es generalmente ignorante, la teoría le falta aún por completo.

… Al obrero le gusta sufrir, el hábito le deforma, se deja caer por la pendiente, el esfuerzo le pesa, lo desco­nocido le amedrenta como a un vulgar burgués, y resuelve dejar ya de decir todas sus cóleras; todos sus rencores; el campesino, más astuto, las oculta aún más y se resigna aún mejor. Pero todo ello es sólo una superficie enga­ñosa. Sabed apelar a todas sus pasiones, únicamente con­tenidas por los gendarmes, la ley, el ejército, la bajeza; dad los primeros golpes, dad el ejemplo; tened no sólo la audacia sino la rabia tenaz que nunca desarma, y veréis surgir la revolución tanto en el campo como en las ciu­dades.

… Me gustan mucho esos buenos socialistas burgueses que nos gritan siempre: “Instruyamos primero al pueblo, y luego emancipémosle”. Nosotros decimos por lo contra­rio: Que se emancipe primero, y se instruirá por sí mismo. Le dejáis molido en su trabajo cotidiano y en su miseria, y le decís: “¡Instruíos!”.

No señor, pese a todo nuestro respeto por la gran cues­tión de la instrucción integral, declaramos que no radica aquí hoy la cuestión mayor para el pueblo. La primera cuestión es la de su emancipación económica, que engen­dra necesariamente de inmediato y al mismo tiempo su emancipación política, y poco después su emancipación intelectual y moral.

… Pero, ¿cómo llegar desde el abismo de ignorancia, de miseria y de esclavitud en el que los proletarios del campo y de las ciudades se han hundido a esa realización de la justicia y de la humanidad sobre la tierra? Para ello los trabajadores sólo tienen un único medio: la asociación.

… Un principio que he oído enunciar muy a menu­do y que siempre he considerado como plenamente falso: “Que no hay que ocuparse de las personas sino sólo de los principios”. Por lo que a mí respecta, que nunca pude concebir que los principios pudieran funcionar sin la intervención de personas entregadas a ellos y solidaria­mente unidas en su nombre, siempre he dado una gran importancia a las personas.

… La necesidad de una revolución económica y social se hace sentir hoy vivamente en las masas populares de Europa, incluso en las menos civilizadas, y es precisamente eso lo que nos da fe en el próximo triunfo de la revolución social; pues, si el instinto colectivo de las masas no se hubiera pronunciado en ese sentido tan clara, profunda y resueltamente, no hay socialistas en el mundo, aunque fueran hombres extremadamente geniales, que hubieran sido capaces de levantarlas. Los pueblos están prestos, sufren mucho y, lo que es más, comienzan a comprender que no están en absoluto obligados a sufrir.

… Pero la miseria y la desesperación aún no bastan para suscitar la revolución social. Pueden dar origen a levantamientos locales pero son insuficientes para levantar a grandes masas. Para ello es necesario que todo un pueblo posea un ideal común, una idea general de su derecho y una fe profunda, apasionada, religiosa si queréis, en ese derecho.

… Es preciso además que la masa de obreros tenga fe en la posibilidad de su próxima liberación. Esa fe es un asunto de temperamento y disposición de corazón y de espíritu colectivo. El temperamento viene dado a los diferentes pueblos por la naturaleza pero se desarrolla a tra­vés de su historia. La disposición colectiva del proletariado es siempre ante todo el doble producto de todos los acontecimientos anteriores y luego sobre todo de su situación económica y social presente.

… Lo que es notable en exceso, y que por otra parte ha sido muchas veces observado y señalado por un gran número de escritores de tendencias muy diversas, es que hoy únicamente el proletariado posee un ideal positivo hacia el que tiende con toda la pasión, casi virgen aún, de su ser; ve ante sí una estrella, un sol que le ilumina, que le calienta ya, por lo menos en su imaginación, en su fe, que le muestra con claridad segura el camino que ha de seguir, mientras que todas las clases privilegiadas y que se autodenominan ilustradas se hallan sumergidas al mismo tiempo en una obscuridad desoladora, espanto­sa. Ya no ven nada ante sí, ya no creen ni aspiran a nada, y no quieren más que la conservación eterna del status quo, a pesar de reconocer que el status quo no vale nada. Nada prueba mejor que esas clases están condenadas a morir y que el futuro pertenece al proletariado. Son los “bárbaros” (los proletarios) quienes representan hoy la fe en los destinos humanos y en el futuro de la civiliza­ción, mientras que los “civilizados” sólo hallan ya su salvación en la barbarie.

… Los trabajadores son la actual juventud de la hu­manidad: llevan en ellos mismos todo el futuro.

… Ya que el proletario, el trabajador manual, el hom­bre penado es el representante histórico de la última es­clavitud sobre la tierra, su emancipación es la eman­cipación de todos, su triunfo es el triunfo final de la humanidad.

… Regla general: sólo se puede convertir a quienes sienten la necesidad de ser convertidos, a quienes llevan ya en sus instintos o en las miserias de su posición, tanto exterior como interior, todo lo que queráis darles; nunca convertiréis a quienes no experimenten la necesidad de ningún cambio, ni incluso a quienes, aún deseando salir de una posición de la que están descontentos, son impul­sados por la naturaleza de sus hábitos morales, intelec­tuales y sociales, a buscar una posición mejor en un mun­do que no es el de vuestras ideas.

¡Tratad de convertir al socialismo a un noble con afán de riquezas, a un burgués que querría llegar a noble, o incluso a un obrero que sólo tienda con todas las fuerzas de su alma a convertirse en un burgués! Convertid tam­bién a un aristócrata real o imaginario de la inteligencia, a un sabio a medias, a una cuarta, décima, centésima parte de sabio, gente repleta de ostentación científica que a menudo, solamente porque han tenido la suerte de haber comprendido bien o mal algunos libros, están repletos de un arrogante desprecio hacia las masas iletradas y se imaginan que están llamados a formar entre ellos una nueva casta dominante, o sea explotadora.

Ningún razonamiento ni ninguna propaganda estarán jamás en situación de convertir a esos desgraciados. Para convencerles hay un único medio: es la acción; es la des­trucción de la posibilidad misma de situaciones privilegiadas, de toda dominación y de toda explotación; es la revolución social que, al barrer todo cuanto constituye desigualdad en el mundo, les moralizará al forzarles a bus­car su felicidad en la igualdad y en la solidaridad.

Otra cosa sucede con la gran masa obrera que, abru­mada por su trabajo cotidiano, es ignorante y miserable. Esta, cualesquiera que sean los prejuicios políticos y reli­giosos que se haya tratado e incluso logrado en parte imponer en su conciencia, es “socialista sin saberlo”; en el fondo de su instinto y por la fuerza misma de su posi­ción, es más realmente socialista que todos los socialistas científicos y burgueses juntos. Lo es por todas las con­diciones de su existencia material, por todas las necesi­dades de su ser, mientras los otros lo son sólo por las necesidades de su pensamiento; y, en la vida real, las ne­cesidades del ser ejercen siempre un poder mucho más fuerte que las del pensamiento; pues el pensamiento es aquí, como en todas partes y siempre, la expresión del ser, el reflejo de sus desarrollos sucesivos, pero nunca su principio.

… La diferencia esencial entre el socialista de pen­samiento, que pertenece, aunque sólo sea por su cultura, a las clases dirigentes, y el socialista inconsciente del mun­do obrero radica en el hecho de que el primero, incluso cuando desea ser socialista, nunca podrá llegar a serlo del todo, mientras que el segundo, aunque sea socialista, no es consciente de ello, ignora que hay una ciencia social en este mundo y ni tan sólo ha entendido la palabra “socialismo”.

El uno lo sabe todo del socialismo pero no es socia­lista; el otro es socialista pero no sabe nada al respecto. ¿Qué es preferible? Creo que es preferible “ser” un socialista.

Los principios sociales no constituyen la propiedad de nadie; están más naturalmente representados por los obre­ros que por la intelligentzia que se ha desarrollado en el seno de la clase burguesa. Pero, desde el momento que hemos aceptado esos principios tanto por nuestra inteli­gencia como por sentimiento de justicia, hasta el punto de que han pasado a ser una condición vital para nosotros, nadie ni desde arriba ni desde abajo tiene el derecho a prohibirnos el hablar, el asociarnos y el actuar en nombre de esos principios (que son nuestros tanto como de los obreros por más que lo sean de otro modo).

… Pero existe en la clase obrera un reducido número de obreros literarios a medias, presuntuosos, vanidosos, am­biciosos y que con toda justicia podrían llamarse obreros burgueses. Les gusta hacer de jefes, de hombres de Estado de las asociaciones obreras, y se concibe que teman la com­petencia de los hombres salidos de la clase burguesa, con frecuencia más entregados, más modestos y menos ambi­ciosos que ellos mismos, pero que sin quererlo podrían eclipsarles y aniquilarles por la superioridad de su ins­trucción. Siempre he visto que esta protesta contra la admisión de burgueses francamente entregados venía, no de la masa obrera que en el sentimiento de su fuerza no conoce los temores mezquinos, sino precisamente de esos jefes presuntuosos y ambiciosos que esconden bajo la blusa obrera intenciones muy poco socialistas.

… Las revoluciones no son un juego de niños, ni un debate académico en que sólo las vanidades se matan entre sí, ni una justa literaria en que sólo se vierte tinta. La revolución es la guerra y quien dice guerra dice destruc­ción de los hombres y de las cosas. Sin duda es enojoso para la humanidad que no se haya inventado aún un medio más pacífico de progreso pero hasta el momento todo paso nuevo en la historia ha sido realmente realizado sólo des­pués de haber recibido el bautismo de sangre. Por otra parte, la reacción no tiene nada que reprochar en ese terreno a la revolución. Siempre ha vertido más sangre que esta última.

… ¿Quién no sabe que cada simple huelga representa para los trabajadores sufrimientos y sacrificios? Pero las huelgas son necesarias; son necesarias hasta el punto de que sin ellas sería imposible levantar las masas para un combate social, sería incluso imposible organizarlas. La huelga es la guerra y las masas populares sólo se or­ganizan durante esta guerra y gracias a ella, pues lanza al obrero ordinario fuera de su aislamiento, fuera de la mayoría de su existencia sin objetivo, sin alegría, sin esperanza. La guerra lo reúne con los demás obreros en la misma pasión y hacia el mismo objetivo; convence a todos los obreros, de la manera más penetrante y directa, de la necesidad de una organización rigurosa para al­canzar la victoria. Cuando las masas populares se levantan son como una masa de metal en fusión, a punto para to­mar forma si hay buenos obreros que sepan cómo mode­larla de acuerdo con las propiedades del metal y las leyes que le son inherentes, de acuerdo con las necesidades e instintos populares.

Las huelgas despiertan en las masas todos los instintos socialistas revolucionarios; que cada trabajador posee en el fondo de su corazón, que constituyen su existencia socio­-psicológica por así decirlo, pero que de ordinario sólo son claramente percibidos por muy pocos obreros, pues la mayoría de ellos están agobiados por hábitos de esclavo y por un espíritu general de resignación. Pero cuando esos instintos, estimulados por la lucha económica, se des­piertan en la multitud en efervescencia de los trabajadores la propaganda de las ideas socialistas-revolucionarias se vuelve muy fácil. Pues esas ideas son sólo la más pura y fiel expresión de los instintos populares. Si no corres­ponden a esos instintos son falsas, y en la medida en que son falsas serán rechazadas por el pueblo. Pero si tales ideas son una honrada expresión de los instintos, si repre­sentan el pensamiento real del pueblo, penetrarán con rapidez en el espíritu de las multitudes en rebeldía; y desde el momento que esas ideas se hayan abierto camino en el espíritu popular, avanzarán rápidamente hacia su plena realización.

… Las huelgas electrizan a las masas, dan nuevo tem­ple a su energía moral y despiertan en su seno el senti­miento del antagonismo profundo que existe entre sus intereses y los de la burguesía; las huelgas contribuyen inmensamente a provocar y a constituir entre los trabajadores de todos los oficios, de todas las localidades y de todos los países la conciencia y el hecho mismo de la solidaridad.

… Es cierto que hay en el pueblo una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y las clases dirigentes juntas; pero sin organiza­ción una fuerza elemental no es un poder real. Es sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada sobre la fuerza elemental del pueblo que se basa el poder del Estado.

Por consiguiente, la cuestión no es saber si el pueblo puede levantarse, sino si es capaz de construir una orga­nización que le dé los medios para llegar a un final victorioso; no a una victoria fortuita sino a un triunfo pro­longado y definitivo.

… Dígase lo que se quiera, el sistema actualmente dominante es fuerte no por su idea y su fuerza moral intrínseca, que son nulas, sino por toda la organización mecánica, burocrática, militar y policíaca del” Estado, por la ciencia y la riqueza de las clases que tienen interés en sostenerlo.

… Que no se crea que quiero abogar por la causa de la anarquía absoluta en los movimientos populares. Tal anarquía no sería más que una ausencia completa de pen­samiento, de objetivo y de conducta común y tendría que desembocar necesariamente en una común impotencia. Todo cuanto existe y todo cuanto es viable se produce en un cierto orden que le es inherente y que manifiesta cuanto hay en él. Cada revolución popular que no haya nacido muerta se adecuará, pues, ella misma a un orden que le será particular y que, siempre adivinado por el instinto popular, estará determinado por la combinación natural de todas las circunstancias locales con el objetivo común que apasiona a las masas. Para que este orden pueda apa­recer y para que se establezca por sí mismo en medio de la anarquía aparente de un levantamiento popular, es preciso que una única y gran pasión abarque a los pueblos y que su objeto sea claramente determinado.

El ideal de una insurrección tal se realizó, a mi pare­cer, en el levantamiento en masa de los chouans; por su­puesto que no en su programa, que por desgracia fue ex­cesivamente reaccionario. Pero las aguerridas tropas de la República al mando de sus mejores generales fueron man­tenidas en el fracaso durante muchos años por el “desorden” de los campesinos.

El levantamiento popular de España contra Napoleón nos ofrece otro ejemplo. Se podría citar también el del pueblo ruso contra la invasión del mismo Napoleón en 1812.

… El levantamiento del proletariado de ciudad ya no basta; con él tendríamos sólo una revolución política que tendría necesariamente contra ella a la reacción natural y legítima de la población del campo, y esa reacción, o solamente la indiferencia de los campesinos, ahogaría la revolución de la ciudad, como ha sucedido recientemente en Francia. Sólo la revolución universal es lo bastante fuerte para derrocar y romper el poder organizado del Estado, sostenido por todos los recursos de las clases ricas. Pero la revolución universal es la revolución social, es la revolución simultánea de la población del campo y de la de la ciudad. Es esto lo que hay que organizar, puesto que sin una organización preparatoria los elementos más pode­rosos son impotentes y nulos.

… La ciencia social en tanto que doctrina moral no hace más que desarrollar y formular los instintos popu­lares. Pero entre esos instintos y esa ciencia hay, sin em­bargo, un abismo que es cuestión de llenar. Pues si los ins­tintos justos hubieran bastado para la liberación de los pueblos hace mucho tiempo que hubieran sido liberados. Esos instintos no han impedido a las masas el aceptar, en el curso tan melancólico y trágico de su historia, todos los absurdos religiosos, políticos, económicos, sociales de que han sido eternamente víctimas.

… Pensamos que el pueblo puede equivocarse con fre­cuencia y mucho, pero no hay nadie en el mundo que pueda corregir sus errores y reparar el mal que de ello se deriva si no es él mismo; todos los demás reparadores y enderezadores no hacen ni pueden hacer nunca otra cosa que aumentar los errores y el mal.

CAPÍTULO VI

CAMPESINADO Y REVOLUCIÓN

… El obrero de ciudad, más ilustrado que el campesi­no, desprecia a éste con excesiva frecuencia y habla de él con un desdén muy Burgués. Y nada encoleriza tanto como el desdén y el desprecio: ello hace que el campesino responda al desprecio del trabajador de ciudad con su aversión. Y es una gran desgracia porque este desprecio y esta aversión dividen al pueblo en dos grandes partes cada una de las cuales paraliza y anula a la otra. Entre estas dos partes no hay en realidad ningún interés con­trario, sólo hay un inmenso y funesto malentendido que hay que hacer desaparecer a toda costa.

… Los obreros de ciudad han de darse cuenta cla­ramente ante todo de la naturaleza de las quejas que tienen contra los campesinos. ¿Cuáles son sus quejas prin­cipales?

Hay tres. La primera es que los campesinos son ig­norantes, supersticiosos y beatos, y que se dejan dirigir por los curas. La segunda es que son adictos del empe­rador. La tercera es que son partidarios encarnizados de la propiedad individual.

Es cierto que los campesinos franceses son, comple­tamente ignorantes. Pero, ¿es culpa suya? ¿Es que se ha pensado nunca en darles escuelas? ¿Es una razón para despreciarles y maltratarles? Según eso, los burgueses que son indiscutiblemente más sabios que los obreros ten­drían el derecho de despreciarles o maltratarles; y cono­cemos muchos burgueses que lo dicen y que basan su derecho a la dominación en su superioridad de instruc­ción deduciendo de él el deber de la subordinación para los obreros. Lo que da grandeza a los obreros frente a los bur­gueses no es su instrucción, que es muy reducida, es el instinto y la representación real de la justicia, que son indiscutiblemente grandes. Pero, ¿carecen los campesinos de este instinto de la justicia? Mirad con calma y lo en­contraréis completo, bajo formas sin duda distintas. Hallaréis en ellos, junto a su ignorancia, un profundo sentido común, una sagacidad admirable y esa energía de trabajo que constituye el honor y la salvación del proletariado.

Los campesinos, decís, son supersticiosos y beatos, y se dejan dirigir por curas. Su superstición es producto de su ignorancia. Y, por otra parte, no son tan supersti­ciosos y beatos como queréis expresar, son sus mujeres quienes lo son pero, ¿todas las mujeres de los obreros están libres por completo de las supersticiones y de las doc­trinas de la religión católica y romana? En cuanto a la influencia y a la dirección de los curas la soportan sola­mente en apariencia, en tanto que su paz interior se lo reclame y en tanto que no contradiga en absoluto a sus intereses. La superstición no les impidió comprar los bienes de la Iglesia confiscados por el Estado a partir de 1789, a pesar de la maldición que fue lanzada por la Iglesia tanto contra los compradores como contra los ven­dedores. De donde se deduce que, para acabar definitiva­mente con la influencia de los curas en el campo, la revolución sólo tiene que hacer una única cosa: poner en contradicción los intereses de los campesinos con los de la Iglesia.

… El último y principal argumento de los obreros de ciudad contra los campesinos es la codicia de estos últimos, su tosco egoísmo y su apego a la propiedad individual de la tierra. Los obreros que les reprochan todo esto deberían antes preguntarse: ¿Y quién no es egoísta? ¿Quién en la sociedad actual no es codicioso, en el sentido de que conserva con furor los pocos bienes que ha podido amontonar y que le garantizan su existencia y la existencia de los suyos en la ANARQUÍA económica actual y en esa sociedad, despiadada hacia quienes se mueren de hambre? Los campesinos no son comunistas, ciertamente, temen y odian a “la repartidora” porque tienen algo que conservar, por lo menos en su imaginación; y la imaginación es una gran potencia que generalmente no se tiene suficientemente en cuenta en la sociedad.

Los obreros, la inmensa mayoría de los cuales nada posee, tienen infinitamente más propensión hacia el comu­nismo que los campesinos; nada más natural: el comunis­mo de los unos es tan natural como el individualismo de los otros, y no hay aquí de qué gloriarse ni por qué des­preciar a los demás puesto que los unos como los otros, con todas sus ideas y todas sus pasiones, son productos de ambientes distintos que les han engendrado. Y además, los propios obreros ¿son todos comunistas?

… ¿Cuáles son las principales quejas de los campe­sinos, las principales causas de su aversión solapada y profunda contra la ciudad?

1. Los campesinos se sienten despreciados por la ciudad y el desprecio del que uno es objeto se adivina pronto, incluso de niño, y no se perdona nunca.

2. Los campesinos se imaginan (no sin muchas ra­zones, pruebas y experiencias históricas en apoyo de esta imaginación) que la ciudad quiere dominarles, gobernar­les, explotarles con frecuencia e imponerles siempre un orden político que poco les importa.

3. Además, los campesinos consideran a los obreros de ciudad como “la repartidora” y temen que todos los socialistas no vengan a confiscarles su tierra que quieren por encima de todo.

¿Qué han de hacer, pues, los obreros para vencer esa desconfianza y esa animosidad de los campesinos contra ellos? Ante todo dejar de atestiguarles su desprecio, dejar de despreciarles. Ello es necesario para la salvación de la revolución y de ellos mismos, pues la aversión de los campesinos constituye un peligro inmenso. Si no hubiera esta desconfianza y esta aversión la revolución habría sido hecha ya hace tiempo, pues la animosidad que des­graciadamente existe en el campo contra la ciudad cons­tituye la base y la fuerza principal de la reacción en todos los países. Así pues, en interés de la revolución que ha de emanciparles han de dejar rápidamente de atestiguar este desprecio a los campesinos. También han de hacerlo por justicia, pues ciertamente no tienen razón alguna para despreciarles ni para detestarles.

… Los campesinos sólo pecan por ignorancia, no por falta de temperamento.

… Sabedlo bien, el campesino odia a todos los go­biernos. Los soporta por prudencia; les paga regularmente los impuestos y permite que le quiten los hijos para con­vertirlos en soldados, ya que no ve cómo podría hacerlo de otro modo, y no participa en ningún cambio porque piensa que todos los gobiernos se valen y que el nuevo gobierno, tenga el nombre que tenga, no será mejor que el antiguo, y porque quiere evitar los riesgos y los gastos de un cambio inútil.

… En fin, que como trabajadores sólo están sepa­rados de los trabajadores de ciudad por prejuicios, no por intereses. Un gran movimiento realmente socialista y revolucionario podrá extrañarles al principio, pero su instinto y su natural sentido común les harán comprender pronto que no es cuestión en absoluto de expoliarles sino de hacer triunfar y establecer en todas partes y por todos el derecho sagrado del trabajo sobre las ruinas de todas las holgazanerías privilegiadas del mundo. Y cuando los obre­ros, abandonando el lenguaje presuntuoso y escolástico de un socialismo doctrinario, inspirados a su vez por la pasión revolucionaria, vengan a decirles lo que quieren simplemente, sin rodeos ni frases; cuando lleguen al cam­po no como preceptores y maestros sino como hermanos, iguales, que provocan la revolución pero que no la impo­nen a los trabajadores de la tierra; cuando quemen todo el papel sellado, procesos, títulos de propiedad y de rentas, deudas privadas, hipotecas, leyes criminales y civiles; cuando enciendan gozosos fuegos con todo este papelorio inmenso, signo y consagración oficial de la esclavitud y de la miseria del proletariado: entonces estad seguros, el campesino comprenderá y se levantará con ellos. Pero para que los campesinos se levanten, es de todo punto preciso que la iniciativa del movimiento revolucionario sea tomada por los obreros de la ciudad, puesto que única­mente estos obreros llevan hoy junto al instinto, la conciencia ilustrada, la idea y la voluntad reflexionada de la revolución social.

… Vendrán con ellos tan pronto como queden conven­cidos de que los obreros de ciudad no pretenden impo­nerles su voluntad, ni cualquier orden político y social inventado en la ciudad para la mayor felicidad del campo, tan pronto como se habrán asegurado de que los obreros no tienen intención alguna de quitarles sus tierras.

Pues bien, es absolutamente necesario hoy que los obre­ros renuncien realmente a esta pretensión y a esta inten­ción, y que lo hagan de modo que los campesinos se ente­ren y queden completamente convencidos.

… Jamás creí que, incluso en las más favorables cir­cunstancias, los obreros pudieran tener nunca el poder de imponerles la comunidad o la colectividad; ni jamás lo deseé, porque detesto todo sistema impuesto, porque amo sincera y apasionadamente la libertad. Esta falsa idea y esta esperanza liberticida constituyen la aberración fundamental del comunismo autoritario que, al necesitar la violencia regularmente organizada necesita el Estado y al necesitar el Estado aboca necesariamente a la recons­titución del principio de autoridad y de una clase privile­giada del Estado. Sólo puede imponerse la colectividad a los esclavos; y entonces la colectividad pasa a ser la nega­ción misma de la humanidad. En un pueblo libre la colec­tividad sólo podrá producirse por la fuerza de las cosas, no por la imposición desde arriba sino por el movimiento espontáneo desde abajo, a la vez libre y necesariamente, cuando hayan desaparecido, barridos por la revolución, las condiciones del individualismo privilegiado: la política de Estado, los Códigos criminal y civil, la familia jurídica y el derecho de herencia. Hay que estar loco, he dicho, para tratar de imponer a los campesinos cualquier cosa en las actuales circunstancias; sería hacer de ellos unos enemigos de la revolución con toda seguridad; sería llevar la revolución a la ruina.

… ¿Con qué derecho los obreros van a imponer a los campesinos cualquier forma de gobierno o de organización económica? Con el derecho de la revolución, se dice. Pero la revolución ya no es tal desde el momento que actúa despóticamente y cuando, en vez de provocar la libertad en las masas, provoca la reacción en su seno.

… ¿Cuál es la base, la explicación, la teoría de esta pretensión? La pretendida o real superioridad de la inte­ligencia, de la instrucción, de la civilización obrera en una palabra, sobre la civilización del campo. Pero ¿sabéis que con tal principio se pueden legitimar todas las conquistas y consagrar todas las opresiones? Id con cuidado: los alemanes empiezan ya a darse cuenta de que la civili­zación germánica, protestante, es muy superior a la civilización católica de los pueblos de raza latina en su con­junto, y a la civilización francesa en particular. Id con cuidado: pronto pueden imaginarse que tienen la misión de civilizaros y de haceros felices, del mismo modo que vosotros os imagináis que tenéis la misión de civilizar y de emancipar a la fuerza a vuestros compatriotas, a vues­tros hermanos los campesinos de Francia. A mi parecer, ambas pretensiones son igualmente odiosas y os declaro que tanto en las relaciones internacionales como en las relaciones entre clases, siempre estaré a favor de quienes se querrá civilizar por este procedimiento. Me rebelaré con ellos contra todos esos arrogantes civilizadores, llá­mense obreros o alemanes, y al rebelarme contra ellos serviré a la revolución contra la reacción.

Pero, con esta actitud, se dirá, ¿hay que abandonar a los campesinos ignorantes y supersticiosos a todas las influencias e intrigas de la reacción? En absoluto. Hay que matar a la reacción en el campo como hay que matarla en las ciudades. Pero para alcanzar este fin no basta con decir: Queremos matar la reacción, hay que matarla, hay que extirparla, sin extirpar nada con decretos. Por lo contrario, y estoy dispuesto a probarlo historia en mano: los decretos y en general todos los actos de la autoridad no extirpan nada; eternizan por lo contrario lo que quie­ren matar.

… No temáis que los campesinos se entredevoren, al dejar de ser contenidos por la autoridad pública y por el respeto hacia el derecho criminal y civil. Acaso tratarán de hacerlo al principio pero no tardarán en convencerse de la imposibilidad material de persistir en esta dirección y entonces intentarán entenderse, transigir y organizarse en­tre ellos. La necesidad de comer y de alimentar a sus hijos, y en consecuencia la necesidad de labrar la tierra y de continuar todos los trabajos del campo, la necesidad de preservar sus casas, sus familias y su propia vida con­tra ataques imprevistos, todo ello les forzará indudable­mente muy pronto a entrar en la vía de los arreglos mutuos.

… En fin, no digo que el campo que así se reorganice, de abajo a arriba, libremente, cree desde al primer intento una organización ideal, conforme en todos sus puntos con la que imaginamos y soñamos. De lo que estoy convencido es de que será una organización viva, mil veces su­perior y más justa que la que existe actualmente y que además, abierta a la propaganda activa de la ciudad por una parte, y por otra no pudiendo ser jamás fijada ni por así decirlo petrificada por la protección del Estado ni por la de la ley -ya que no habrá ley ni Estado-, podrá progresar libremente, desarrollarse y perfeccionarse de modo indefinido pero siempre vivo y libre, nunca de­cretado ni legalizado, hasta llegar por fin a un punto tan razonable como puede esperarse en nuestros días.

… La municipalidad legal ha de ser reemplazada por un comité revolucionario formado por un número reducido de campesinos más enérgicos y más sinceramente conver­tidos a la revolución. Pero antes de constituir ese comité, ha de haberse producido una conversión real en los comportamientos si no de todos los campesinos por lo me­nos de la gran mayoría. Es preciso que esa mayoría se apasione por la revolución. ¿Cómo producir ese milagro? Mediante el interés. El campesino francés es codicioso, dicen; pues bien, es preciso que su propia codicia se inte­rese por la revolución. Hay que ofrecerle y darle inmediatamente grandes ventajas materiales. Que no se proteste contra la inmoralidad de semejante sistema. Sería pura hipocresía. Hoy los intereses lo gobiernan todo y lo ex­plican todo. Y ya que los intereses materiales y la codicia de los campesinos pierden hoy a Francia, ¿por qué los intereses y la codicia de los campesinos no habrían de salvarla? Tanto más cuanto que ya la salvaron una vez, en 1792.

… Sólo hay un medio: hablarles e impulsarles viva­mente en la dirección de sus propios instintos. Aman la tierra, que se la queden toda y que expulsen de ella a todos los propietarios que la explotan con el trabajo ajeno. No les gusta en absoluto pagar hipotecas e impuestos. Que no los paguen más. Que quienes no se preocupan de pagar sus deudas privadas no sean forzados a pagar­las. Detestan las quintas: que no estén ya obligados a dar soldados. ¿Y quién combatirá a los prusianos? No ten­gáis miedo, cuando los campesinos hayan sentido viva­mente, hayan palpado por así decirlo las ventajas de la revolución, darán para defenderla más dinero y más hom­bres que podría conseguir la acción regular del Estado, incluso exagerando. Los campesinos van a hacer contra los prusianos de hoy lo mismo que hicieron en 1792 contra ellos.

… Pero al dejarles repartirse entre ellos las tierras que habrán arrancado a los propietarios, ¿no se establece la propiedad individual sobre una base más sólida y nueva? En absoluto, pues va a faltarle la consagración jurídica y política del Estado, puesto que el Estado y toda la constitución jurídica, la defensa de la propiedad por el Estado, incluidos el derecho de familia y el derecho de herencia, habrán de desaparecer necesariamente en el inmenso torbellino de la ANARQUÍA revolucionaria. Ya no habrá dere­chos ni políticos ni jurídicos, sólo habrá hechos revolucionarios. ¿Pero será la guerra civil, diréis? Sí, será la guerra civil. Pero, ¿por qué condenáis, por qué teméis tanto la guerra civil?

… No veis, pues, que los campesinos están tan atra­sados precisamente porque la guerra civil aún no ha divi­dido el campo. Las masas compactas son rebaños huma­nos, poco propios al desarrollo y a la propaganda de las ideas. Por el contrario, la guerra civil al dividir esta masa en partidos distintos crea las ideas, creando intereses y aspiraciones distintas. El ánimo, los instintos humanos no faltan en vuestro campo, lo que les falta es el espíritu. Pues bien, la guerra civil les dará este espíritu.

La guerra civil abrirá ampliamente el campo a vuestra propaganda socialista y revolucionaria. En el campo ten­dréis, os lo repito aún, tendréis lo que aún no tenéis, un partido, y podréis organizar ampliamente allí el auténtico socialismo, la colectividad inspirada y animada por la más completa libertad.

No temáis que la guerra civil o la anarquía lleven a la destrucción del campo. Hay en toda sociedad humana un gran fondo de instinto conservador, una fuerza de iner­cia colectiva que la salvaguarda y que hace precisamente tan lentos y difíciles la acción revolucionaria, el progreso.

CAPÍTULO VII

¿PUEDE SER SOCIALISTA LA BURGUESÍA?

… Hay conservadores que son socialistas, hay curas socialistas, y liberales y radicales socialistas. Todos han notado que el socialismo era una formidable fuerza en auge y cada uno de ellos quiere conseguir para sí esa fuerza con la esperanza de volver a dar vitalidad a su hundido y decrépito partido gracias a ello.

… Ese pobre radicalismo, tras haber prestado al mun­do innegables servicios, se ve hoy abandonado por todos los hombres vivos. El Sr. Coullery, vivo si no mediante el pensamiento por lo menos mediante la imaginación, lo ha abandonado como los demás; lo esencial es saber qué camino ha tomado después de largarse. Podía elegir entre dos vías.

Por una parte estaba la gran vía del futuro: la de la libertad universal y única, de la emancipación completa del proletariado mediante la igualación económica y social de todos los hombres de la tierra. Era el nuevo mundo, un océano sin límites. Era la revolución social.

Por la otra parte estaban los románticos y pintorescos senderos de un pasado a la vez místico y brutal. Estaban la Iglesia, la monarquía y la aristocracia bendecidas y consagradas por la Iglesia, los privilegios burgueses, la separación de las masas obreras en cuerpos de oficio, multitud de pequeñas libertades muy restringidas, ausen­cia de libertad. El reino de la violencia, una realidad muy cínica pero disimulada en una nube de divino misticismo que evadía parcialmente sus monstruosidades cotidianas prestándole una falsa apariencia de grandeza. Estaba en fin el mundo de la brutalidad triunfante alegrándose y tratando de consolarse mediante cuentos de hadas sobre la religión y otras ficciones que hablan de amor. Es aún hoy la patria ideal de todas las almas románticas y senti­mentales, de todos los espíritus falseados y corrompidos por el espiritualismo.

… El Sr. Coullery ha tenido una única equivocación. ¡No se imaginó que retrocediendo hacia el campo de la reacción hubiera progresado! Su falta de juicio no le per­mitió sin duda comprender que si los socialistas combaten el radicalismo burgués no es ciertamente desde el punto de vista del pasado sino del futuro y que si había que escoger entre el presente y el pasado ningún hombre de corazón y de sentimientos tendría que dudar: pues por lo menos el radicalismo presente, con todas sus imper­fecciones y contradicciones, vale siempre mil veces más que ese infame pasado que la revolución rompió y que querrían hacer revivir algunos espíritus equívocos, vanido­sos y confusos. Si el socialismo protesta contra el radi­calismo no es en absoluto para retroceder sino al con­trario para avanzar.

… Morirá sin haber vivido. Tal será también la suer­te de todo el partido de la burguesía radical en Europa. Su existencia jamás fue más que un bello sueño. Soñó durante la Restauración y la monarquía de julio. En 1848, habiéndose mostrado incapaz de constituir algo real, tuvo un bajón deplorable, y el sentimiento de su incapacidad y de su impotencia le han llevado hasta la reacción. Des­pués de 1848 tuvo la mala fortuna de sobrevivir. ¡Aún sueña! Pero ya no es un sueño de futuro, es el sueño retrospectivo de un anciano que nunca vivió realmente; y mientras se obstina en soñar pesadamente, siente en torno suyo el nuevo mundo que se agita, el poder del futuro que nace. Es el poder y el mundo de los traba­jadores.

… Hubo un tiempo en que la prensa radical estaba orgullosa de representar las aspiraciones del pueblo. Este tiempo ha pasado. La prensa radical, así como el partido cuyo nombre ostenta, hoy ya sólo representan la ambición individual de sus jefes que quisieran ocupar funciones y sitios ya concedidos según la frase popular: “Quita de ahí que vengo”. Por lo demás, tras muchos años, el radi­calismo ha renunciado a sus extravagancias revoluciona­rias, como el partido conservador o aristócrata por su parte renunciaba a todas sus aspiraciones superadas. Casi ya no hay propiamente diferencia entre ambos partidos y pronto les veremos fundirse en un único partido de la conservación y de la dominación burguesa que oponga una resistencia desesperada a las aspiraciones revolucionarias y socialistas del pueblo.

… La inmensa mayoría de burgueses capitalistas y propietarios, los que tienen el valor de confesarse fran­camente lo que quieren, tienen también el de manifestar con idéntica franqueza el horror que les inspira el movi­miento actual de la clase obrera. Esos son enemigos tan resueltos como sinceros, les conocemos y ello basta.

Pero hay otra categoría de burgueses que no tienen ni la misma franqueza ni el mismo valor. Enemigos de la liquidación social (que llamamos con toda la fuerza de nuestros ánimos como un gran acto de justicia, como el punto de partida necesario y la base indispensable de una reorganización igualitaria y racional de la sociedad) quieren, como los demás burgueses, mantener la desigualdad económica, esa fuente de todas las demás desigualdades; y al mismo tiempo pretenden querer como nosotros la eman­cipación integral del trabajador y del trabajo.

¿Se engañan o engañan? Algunos se engañan de buena fe, muchos engañan; la mayoría hace ambas cosas a la vez. Pertenecen todos a esa categoría de burgueses radi­cales y de socialistas burgueses que han fundado la Liga de la Paz y de la Libertad.

… Entre el gran número de esos maliciosos explota­dores del socialismo se encuentran, aquí y allá, personas sinceras y bien intencionadas que quieren realmente una mejora de la suerte del proletariado, pero a quienes falta la energía, el valor intelectual y la voluntad necesarios para considerar el problema social en toda su formidable realidad, reconociendo la oposición absoluta del pasado y del futuro e incluso del día de hoy con el de mañana.

… Y, sin embargo, ¿cómo conciliar dos cosas apa­rentemente tan incompatibles: engañadores y engañados, mentirosos y crédulos? Lógicamente parece difícil; pero de hecho, o sea en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo. En su enorme mayoría la gente vive en contradicción con ellos mismos y en continuos malentendidos; generalmente no lo notan hasta que algún acontecimiento extraordinario les retira de su habitual somnolencia y les obliga a lanzar un vistazo sobre ellos y alrededor de ellos.

… Lo que distingue a la Asociación Internacional de Trabajadores de la Liga de la Paz y de la Libertad es que esta última, compuesta exclusivamente de filántropos bur­gueses, ama idealmente (platónicamente) los principios de humanidad, fraternidad, igualdad, libertad, justicia, mien­tras que la primera, compuesta principalmente, y puedo incluso decir que casi exclusivamente de trabajadores ma­nuales, con algunas escasas inscripciones de trabajadores del espíritu que por su situación económica pertenecen asi­mismo al proletariado, quiere su realización tan inmediata como sea posible con toda la energía de una voluntad apa­sionada y poderosa. Es, y que se me perdone tan trivial comparación, la eterna diferencia que existe entre el vien­tre lleno y el vientre vacío, y como dice el proverbio: un vientre lleno nunca comprenderá a un vientre vacío. Mien­tras el primero hace su digestión puede soñar benigna y dulcemente en la felicidad de todo el mundo; ese virtuoso sueño le aporta en cierto modo una nueva satisfacción viniendo a atestiguarle su propia bondad; ese sueño, in­cluso cuando le recuerda que en el mundo hay mucha, excesiva miseria, no le hace sufrir hasta el punto de per­turbar su digestión ya que en la mayoría de veces esas miserias y sufrimientos anónimos que comporta sacuden su fantasía pero no su corazón, y aunque su imaginación llore su corazón no sangra.

De esta diferencia de situaciones resulta naturalmente una diferencia enorme de temperamento, pensamiento y acción. El buen burgués filántropo, en sus platónicas asam­bleas, sueña muy alto, discute, hace muestra de bellos sentimientos y se contenta con promesas. Pero el obrero, cuando se asocia y agita, dejando para los burgueses las bellas frases, piensa, dice lo que piensa, lo quiere y lo hace.

… Con lo desagradable que es, ni nos ocuparíamos siquiera de este hijo ilegítimo de la burguesía si sólo se diera por misión el convertir a los burgueses al socia­lismo y, sin tener la menor confianza en el éxito de sus esfuerzos, podríamos incluso admirar su generosa inten­ción si no persiguiera al mismo tiempo un objetivo dia­metralmente opuesto y que nos parece inmoral en exceso: el de hacer penetrar en las clases obreras las teorías bur­guesas.

El socialismo burgués, como una especie de ser híbrido, se ha situado entre dos mundos que son irreconciliables: el mundo burgués y el mundo obrero; y su acción equí­voca y deletérea acelera ciertamente por una parte la muerte de la burguesía pero al mismo tiempo por la otra corrompe al proletariado en su nacimiento. Le corrompe doblemente: ante todo, al disminuir y desnaturalizar su principio, su programa; luego, al hacerle concebir espe­ranzas imposibles acompañadas de una fe ridícula en la próxima conversión de los burgueses.

… Si la fuerza no hace obtener justicia al proletaria­do, ¿quién se la hará obtener? ¿Hubo nunca, en cualquier época, en cualquier país, un solo ejemplo de clase privi­legiada y dominante que hiciera concesiones libre y espontáneamente, sin ser obligada a ello por la fuerza o el miedo?

… ¿Puede inventarse una constitución política que impida al capital el oprimir y explotar al trabajo? Es im­posible. Todas las transacciones que se harían llevarían sólo a una nueva explotación del trabajo por el capital y todas girarían necesariamente en detrimento de los trabajadores y en provecho de los burgueses; pues las ins­tituciones políticas sólo ejercen un poder en tanto que no están en contradicción con la fuerza económica de las co­sas; de donde se deriva que mientras el capital quede en manos de los burgueses nada podrá impedir a estos últimos que exploten y esclavicen al proletariado.

… La fuerza, la necesidad de la justicia violentamente impuesta: he aquí el único argumento capaz de tocar el corazón de los burgueses. Cuando os vean muy seriamente organizados, muy fuertes y resueltos a ir hacia adelante, entonces, haciendo de necesidad virtud, entrarán con vos­otros en la vía de las “concesiones” no ilusorias sino “serias”; y una vez llegados a este resultado mediante la fuerza y solamente gracias a la demostración tan real de vuestro poder organizado, podréis contemporizar, para evitar colisiones sangrientas siempre perjudiciales para ambos bandos, transigir con ellos concediéndoles, según las circunstancias, diez, quince o incluso veinte años para lograr la igualdad de las condiciones económicas del traba­jo y de la vida social para todos por medio de reformas económicas reales y sabiamente combinadas.

… Hay hombres, muchos hombres en la burguesía que se autodenomina revolucionaria que creen hacer la revolución pronunciando algunas palabras revolucionarias y que, tras haberlas pronunciado, precisamente por haberlas pronunciado, creen que les está permitido cometer actos de debilidad, fatales inconsecuencias, actos de pura re­acción. Nosotros, que somos revolucionarios de los pies a la cabeza, hagamos todo lo contrario. Hablemos poco de revolución pero hagámosla en abundancia. Dejemos ahora a otros el cuidado de desarrollar teóricamente los princi­pios de la revolución social y contentémonos con aplicarlos ampliamente, de encarnarlos en los hechos.

… Ha de ser despiadadamente excluida la política de los burgueses demócratas o socialistas burgueses quienes, al declarar que “la libertad política es la condición previa de la emancipación económica”, no pueden entender con esas palabras más que eso: “Las reformas políticas o re­volución política han de preceder a las reformas económi­cas o revolución económica; en consecuencia, los obreros han de aliarse a los burgueses más o menos radicales ante todo para hacer con ellos las primeras sin perjuicio de hacer luego contra ellos las últimas”.

… El carácter absurdo del sistema marxista consiste precisamente en esa esperanza de que al reducir el pro­grama socialista más de la cuenta para hacérselo aceptar a los burgueses radicales, transformará a estos últimos en servidores inconscientes e involuntarios de la revolución social. Eso es un gran error; todas las experiencias de la historia nos demuestran que una alianza concertada entre dos partidos distintos ya siempre en provecho del partido más retrógrado; esta alianza debilita necesariamente al partido más avanzado, al disminuir y falsear su programa, al destruir su fuerza moral, su confianza en sí mismo; mientras que cuando un partido retrógrado miente se en­cuentra siempre y más que nunca en su verdad. El ejem­plo de Mazzini que, pese a su rigidez republicana, ha pasado toda su vida en transacciones con la monarquía y que, con toda su genialidad, ha acabado siendo el enga­ñado, ese ejemplo no podemos perdérnoslo. En cuanto a mí, no vacilo en decir que todas las coqueterías marxistas con el radicalismo tanto reformista como revolucionario de los burgueses no pueden traer más resultados que la desmoralización y desorganización del naciente poder del proletariado, y en consecuencia una nueva consolidación del poder establecido de los burgueses.

… A quien pueda dudar de ello, no hay más que mostrarle lo que hoy sucede en Alemania, donde los órga­nos de la democracia socialista cantan himnos de gozo al ver un congreso de profesores de economía política burguesa recomendar al proletariado de Alemania a la alta y paternal protección de los Estados, y en los sitios de Suiza en que predomina el programa marxista, en Ginebra, Zurich y Basilea, donde la Internacional ha bajado hasta el punto de no ser más que una urna electoral a beneficio de los burgueses radicales. Esos hechos indiscutibles me parecen más elocuentes que todas las palabras.

Son reales y lógicas en el sentido de que son un efecto natural del triunfo de la propaganda marxista. Y es por ello que combatimos las teorías marxistas a ultranza con­vencidos de que si pudieran triunfar en toda la Inter­nacional no dejarían de matar su espíritu en todas partes como mínimo.

… Partiendo de eso, afirmamos que quienes se auto­denominan demócratas socialistas, que en los países en que no hay aún sufragio universal se esfuerzan en persuadir al pueblo de que ha de conquistarlo ante todo, tal como lo hacen hoy los jefes del partido de la democracia socialis­ta en Alemania diciéndole que la libertad política es la condición previa de su emancipación económica, o bien son ellos mismos víctimas de un funesto error, o engañan al pueblo. ¿Realmente ignoran o fingen ignorar que esa libertad política previa -es decir, que exista necesaria­mente al margen de la igualdad económica y social, ya que la va a preceder- será esencialmente una libertad burgue­sa, o sea basada en la esclavitud económica del pueblo y en consecuencia incapaz de producir su contrario y de crear la igualdad económica y social que implica la des­trucción de la libertad exclusiva de los burgueses?

Lo que para mí es seguro es que no hay hoy en día peores enemigos del pueblo que quienes tratan de desviar­le de la revolución social, la única que puede darle la libertad real, la justicia y el bienestar para llevarle de nue­vo a las decepcionantes experiencias de esas reformas o de esas revoluciones exclusivamente políticas de las que siempre ha sido el instrumento, la víctima, el objeto de engaño.

La revolución social no excluye en absoluto la revolu­ción política. Por lo contrario, la implica necesariamente, pero imprimiéndole un carácter completamente nuevo, el de la emancipación real del pueblo del yugo del Estado. Ya que todas las instituciones y todas las autoridades políticas, en definitiva, sólo han sido creadas para proteger y garantizar los privilegios económicos de las clases posee­doras y explotadoras contra las rebeliones del proletariado, queda claro que la revolución social tendrá que destruir esas instituciones y esas autoridades, no antes ni después sino al mismo tiempo: que su audaz mano llegará hasta los cimientos económicos de la servidumbre del pueblo.

La revolución política, contemporánea y realmente in­separable de la revolución social de la que será por así decirlo la expresión o la manifestación negadora, no será ya una transformación sino una liquidación grandiosa del Estado.

… ¿Queréis que os exprese todo mi pensamiento? Pues, creo que [en Italia] tenéis un elemento revolucio­nario mucho más potente y real en el campo que en la ciu­dad. Indudablemente hay más instrucción entre vuestros obreros de ciudad. Por desgracia, la ignorancia es general en vuestro país. Pero es mucho mayor en el campo que en la ciudad. En el proletariado de la ciudad hay más pen­samiento, más conciencia revolucionaria, pero hay más potencia natural en el campo.

… Pero hay otras dos capas que debéis tener en cuen­ta; ante todo porque, por su situación cada vez más lamentable, forzosamente se vuelven de día en día cada vez más revolucionarias, y porque siendo ambas muy numerosas ejercen una influencia muy real en el pueblo: en la ciudad es la pequeña burguesía; en el campo es la clase de los pequeños propietarios. Ambas clases no tie­nen propiamente programa alguno, estando ambas desorientadas por completo. Por sus tradiciones y su vanidad social derivan algo hacia las clases privilegiadas. Por sus instintos cada vez más amenazados y sacrificados, y por las condiciones reales de su existencia son llevadas cada vez más, por lo contrario, hacia el proletariado. Sin em­bargo, conservan aún algunos intereses que sufrirían con una aplicación excesivamente consecuente y lógica del prin­cipio socialista tal como ya se desprende de las aspiraciones de las masas: conciliar esos intereses con esas as­piraciones sin sacrificar no obstante esas últimas, tal es la obra que hoy os incumbe.

… Por profundo que sea nuestro desprecio por la moderna burguesía, la antipatía y la desconfianza que nos inspira, hay no obstante dos categorías en esta clase, de las que no desesperamos de ver una pequeña parte por lo menos que se deje convertir tarde o temprano por la pro­paganda socialista y que, impulsada la una por la fuerza misma de las cosas y por las necesidades de su posición actual y la otra por un temperamento generoso, tendrán que participar sin duda alguna con nosotros en la des­trucción de las presentes iniquidades y en la construcción de un mundo nuevo. Nos referimos a la pequeña burgue­sía más pequeña y a la juventud de las escuelas y uni­versidades.

Los hijos de los burgueses heredan ciertamente con gran frecuencia los hábitos exclusivos, prejuicios estrechos e instintos egoístas de sus padres. Pero mientras aún son jóvenes, no hay que desesperar de ellos. Hay en la juven­tud una energía, una amplitud de aspiraciones generosas y un instinto natural de justicia capaces de contrarrestar muchas influencias perniciosas. Corrompidos por el ejem­plo y los preceptos de sus padres, los jóvenes de la burguesía aún no lo están por la práctica real de la vida; sus propios actos no han cavado aún un abismo entre la justicia y ellos, y en cuanto a las malas tradiciones de sus pa­dres, están algo inmunizados contra ellas por ese espíritu de contradicción y de protesta naturales de que están siempre animadas las jóvenes generaciones con respecto a las generaciones precedentes. La juventud es irrespetuo­sa, desprecia instintivamente la tradición y el principio de autoridad. Ahí está su fuerza y su salvación.

… Pero tan pronto como los adolescentes dejan de ir a la escuela, tan pronto como pasan a ocupar un puesto definido en la sociedad y se impregnan con los hábitos, los intereses y, por así decirlo, la lógica de una situación más o menos privilegiada, tan pronto como eso llega, dios -o la mayoría de entre ellos- ocupan su puesto de acuer­do con la vieja generación contra la que se habían rebelado.

CAPÍTULO VIII

BURGUESÍA NO, SOCIALISMO SÍ

… La burguesía es una clase condenada por su propia historia y fisiológicamente agotada. Antes iba en vanguar­dia y en eso consistía todo su poder; hoy retrocede, tiene miedo, se condena a la nada.

… Entumecida y desmoralizada por el disfrute de los bienes adquiridos, separada por un abismo ya infran­queable del proletariado que explota, al haber perdido esa audacia del pensamiento y de la acción que le hizo con­quistar el poder político del que ahora abusa, al no com­prender ya nada del presente, al atreverse menos aún a mirar cara al futuro, y al tener ya sólo miradas para un pasado que ninguna fuerza en el mundo sabría restituir­le, la burguesía ha perdido toda capacidad de crear, tanto en la política como en el socialismo.

… Hoy como ayer y más incluso que ayer, traicionada por la luz denunciadora que lanzan los acontecimientos sobre los hombres y sobre las cosas, se muestra dura, egoísta, codiciosa, estrecha, estúpida, brutal y servil al mismo tiempo, feroz cuando cree poder serlo sin mucho riesgo, como en las nefastas jornadas de junio, siempre prosternada ante la autoridad y la fuerza pública de la que espera su salvación, y enemiga del pueblo como siempre.

… La revolución de 1793, dígase lo que se diga, no era ni socialista ni materialista ni, por servirme de la presuntuosa expresión del Sr. Gambetta, era “positivista” en absoluto. Fue esencialmente burguesa, jacobina, metafísica, política e idealista. Generosa e infinitamente amplia en sus aspiraciones, había querido una cosa imposible: el establecimiento de una igualdad ideal en el seno mismo de la desigualdad material. Creyó poder reunir y envolver a todos los hombres en un inmenso sentimiento de igual­dad fraternal, humana, intelectual, moral, política y social, conservando como “bases sagradas” todas las condiciones de la desigualdad económica. Fue su sueño, su religión, manifestados por el entusiasmo y por los actos grandiosamente heroicos de sus mejores, de sus mayores representantes. Pero la realización de este sueño era imposible porque era contraria a todas las leyes naturales y sociales.

… Proclamó la libertad de cada uno y de todos, o mejor proclamó el derecho de ser libre para cada uno y para todos. Pero sólo proporcionó realmente los medios para realizar esta libertad y gozar de ella a los propieta­rios, a los capitalistas, a los ricos.

… “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Pero, ¿qué igualdad? La igualdad ante la ley, la igualdad de derechos políticos, la igualdad de los ciudadanos, no la de los hom­bres; ya que el Estado no reconocía a los hombres sino sólo a los ciudadanos. Según él, el hombre sólo existe en tanto que ejerce -o que, por pura ficción, consta que ejerce- los derechos políticos. El hombre agobiado por el trabajo forzoso, la miseria y el hambre, el hombre socialmente oprimido, económicamente explotado, aplastado y doliente no existe en absoluto para el Estado, que igno­ra sus sufrimientos y su esclavitud económica y social, su servidumbre real que se oculta bajo las apariencias de una libertad política de embuste. Es, pues, la desigualdad política, no la igualdad social.

… Mientras que no haya igualdad económica y social, la igualdad política será un embuste. He aquí lo que los mayores héroes de la revolución de 1793, Danton, Robes­pierre, Saint-Just no comprendieron. Querían la libertad y la igualdad tan sólo políticas, no económicas y sociales. Y es por ello que la libertad y la igualdad por ellos fundadas han constituirlo y asentarlo sobre nuevas bases la dominación de los burgueses sobre el pueblo. Pensaron disimu­lar esta contradicción poniendo como tercer término de su fórmula revolucionaria la “Fraternidad”. ¡Fue tam­bién un embuste! Os pregunto si es posible la fraterni­dad entre explotadores y explotados, entre opresores y oprimidos. ¿Cómo? Os haré sudar y sufrir durante todo un día y cuando anochezca, cuando haya recogido el fruto de vuestros sufrimientos y de vuestro sudor dejándoos únicamente una pequeñísima parte para que podáis vi­vir, o sea sudar y sufrir de nuevo mañana en mi pro­vecho, cuando anochezca os diré: ¡Abracémonos, somos hermanos!

Tal es la fraternidad de la revolución burguesa.

… Los jacobinos de 1793 eran grandes hombres, te­nían el fuego sagrado, el culto de la justicia, de la libertad y de la igualdad. No fue culpa suya si no comprendieron mejor ciertas palabras que resumen aún hoy todas nues­tras aspiraciones. Consideraron sólo la cara política, no el sentido económico y social. Pero, lo repito, no fue cul­pa suya como no es mérito nuestro el comprenderlas hoy. La culpa y el mérito corresponden al tiempo. Es sólo mediante una sucesión de errores y faltas, y sobre todo de crueles experiencias, que son siempre su necesaria con­secuencia, como los hombres conquistan la verdad.

… El Estado es la consagración histórica de todos los despotismos, de todos los privilegios, la razón política de todas las servidumbres económicas y sociales, la esencia misma y el centro de toda reacción.

… Si en dos ocasiones distintas, Francia ha perdido su libertad y ha visto transformarse en dictadura y en democracia militares su república democrática, la culpa no es del carácter de su pueblo sino de su “centralización política” que, largamente preparada por sus reyes y hom­bres de Estado, personificada luego en aquel a quien la complaciente retórica cortesana llamó el Gran Rey, luego volcada al abismo por los vergonzosos desórdenes de una monarquía decrépita, hubiera perecido en el fango si la revolución no la hubiera levantado con sus poderosas manos. Sí, cosa extraña, esa gran revolución que por vez pri­mera en la historia proclamó no ya la libertad del ciudadano solamente sino del hombre, al hacerse heredera de la monarquía que mataba resucitó al mismo tiempo esa nega­ción de toda libertad: la centralización y la omnipotencia del Estado.

Reconstruida de nuevo por la Constituyente, combatida ciertamente por los de la Gironda pero con escaso éxito, esa centralización fue concluida por la Convención Nacio­nal. Robespierre y Saint-Just fueron sus auténticos restauradores: nada faltó a la nueva máquina gubernamental, ni tan sólo el Ser Supremo mediante el culto del Estado. No esperaba ya más que un hábil maquinista para de­mostrar al mundo sorprendido todos los poderes de opre­sión de que fue provista por sus imprudentes construc­tores. Y se encontró un Napoleón I.

… La revolución jacobina, burguesa, exclusivamente política desde 1792 a 1794, debía abocar necesariamente en la hipocresía legal y en la solución de todas las dificul­tades y de todas las cuestiones por el victorioso argumento de la guillotina.

Cuando para extirpar a la reacción nos contentamos con atacar sus manifestaciones sin alcanzar su raíz y las causas que siempre la reproducen, forzosamente llegamos a la necesidad de matar a mucha gente, de exterminar a muchos reaccionarios con o sin formas legales. Fatalmente sucede entonces que, tras haber matado mucho, los revolucionarios se ven llevados a la melancólica convicción de no haber ganado nada, ni siquiera haber hecho avanzar un solo paso a su causa; que por lo contrario la han perjudicado preparando con Sus propias manos el triunfo de la reacción. Y ello por un doble motivo: el primero es que al haber dejado a salvo las causas de la reacción ésta se reproduce y se multiplica bajo nuevas formas; el se­gundo es que la matanza, la masacre, acaban siempre por sublevar lo que de humano hay en los hombres y por ha­cer ir muy pronto el sentimiento popular del lado de las víctimas.

… Verter sangre fríamente, con todo el obligado acompañamiento de la hipocresía jurídica es algo odioso y horrible. Cuando se hace la revolución para la emanci­pación de la humanidad es preciso respetar la vida y la libertad de los hombres; pero no veo por qué tendría que respetar las bolsas cuando estas bolsas se han llenado mediante el pillaje, el robo, el crimen.

… Sin embargo, no puedo admití r que el interés sea el único móvil de los pensamientos y actos de la burguesía. Sin duda hay en cada clase y en cada partido un grupo más o menos numeroso de explotadores inteligentes, au­daces y concienzudamente deshonestos, lo que se conoce como “hombres fuertes”, libres de todos los prejuicios intelectuales y morales, indiferentes por igual a todas las convicciones y utilizándolas todas si conviene para alcanzar su fin. Pero esos hombres distinguidos nunca forman más que una minoría muy ínfima en las clases más co­rrompidas; la multitud es tan aborregada como en el pro­pio pueblo. Recibe naturalmente la influencia de sus intereses que hacen que la reacción les sea una condición de existencia. Pero es imposible admitir que al hacer de re­acción obedezca únicamente tan sólo a un sentimiento de egoísmo. Una gran masa de hombres, incluso medianamente corrompidos, no sabría ser tan depravada cuando actúa colectivamente. En toda asociación numerosa, y con mayor motivo en las asociaciones tradicionales, históricas, como son las clases, aunque hayan llegado a este punto de haberse vuelto absolutamente dañinas o contrarias al in­terés y a los derechos de tocios los demás, hay un prin­cipio de moralidad, una religión, una creencia u otra, indudablemente muy poco racionales, con gran frecuencia ridículas y por consiguiente muy estrechas, pero sinceras, y que constituyen la condición moral indispensable de su existencia.

… Aunque el burgués se ha vuelto muy servil por interés, sin embargo, ha seguido siendo, por temperamento y por mal hábito, muy criticón. Reconoce la necesidad de un poder fuerte y capaz de proteger sus privilegios económicos contra las rebeliones de la vil multitud. Se inclina ante la dictadura militar reconociendo que por desgracia sólo ella es lo bastante poderosa para defenderle hoy. Pero al mismo tiempo la detesta desde el fondo de su corazón porque la ofusca en su liberalismo, en su vanidad, y por­que acaba siempre por comprometer sus propios intereses, en nombre y para la defensa de los cuales existe.

El ideal de los burgueses sigue siendo invariablemente el mismo siempre y en todas partes. Es, llamando a las cosas por su nombre, la libertad política, real para las clases poseedoras, ficticia para las masas populares, y ba­sadas en la servidumbre económica de estas últimas. Es un sistema excelente y completamente en provecho de la clase burguesa como puede verse, pero que sólo puede mantenerse en los países en que la masa de trabajadores es lo suficientemente sensata y resignada, o lo suficiente­mente generosa, para sentirse orgullosa de sostener la libertad ajena sobre sus espaldas de esclavo.

Tan pronto como empiezan a penetrar en las masas as­piraciones e ideas contrarias, desde el momento en que esos millones de trabajadores empiezan a reclamar todos los derechos humanos para ellos mismos y que se muestran dispuestos a conquistarlos por la fuerza si es necesario, todo ese sistema del liberalismo burgués se hunde como un castillo de naipes. Su humanidad se transforma en furor; lo hemos visto en junio de 1848 y lo presentimos hoy por doquier; y su respeto de los derechos del pró­jimo, su culto de la libertad, son sustituidos por la repre­sión feroz. El liberalismo político de los burgueses des­aparece y, al no encontrar en sí mismo ni los medios ni la fuerza necesarias para reprimir a las masas, abre paso a la dictadura militar, inmolándose en beneficio de la conservación de los intereses económicos.

… Todo gobierno tiene una doble tendencia, una do­ble finalidad. Su primera y principal finalidad, su finali­dad confesada, consiste en preservar y reforzar al Estado, la civilización y el orden civil, o sea la dominación siste­mática y legalizada de la clase dirigente sobre el pueblo explotado. La otra finalidad, tan importante a los ojos del gobierno, aunque sea conferida menos abiertamente y de menos buen grado, es la conservación de sus propias y exclusivas ventajas gubernamentales y el mantenimiento de su personal. La primera finalidad concuerda con los intereses generales de las clases dirigentes, la segunda sa­tisface la vanidad y asegura privilegios excepcionales a los individuos miembros del gobierno.

Por su primera finalidad el gobierno se coloca en una actitud hostil hacia el pueblo; por su segunda finalidad pasa a ser hostil al pueblo y a las clases privilegiadas; incluso hay momentos en la historia en que el gobierno parece haberse vuelto más hostil hacia las clases poseedo­ras que hacia el pueblo. Eso sucede cuando las clases poseedoras, descontentas de ese gobierno, tratan de derri­barle o de disminuir su poder. Entonces el sentido de su conservación empuja al gobierno a olvidar su finalidad principal, su razón de ser: la preservación del Estado, de la dominación y del bienestar de una clase a costa del pueblo. Pero esos momentos no pueden durar mucho, pues el gobierno, cualquiera que sea su naturaleza, no puede existir sin una clase privilegiada tanto como esta última no puede existir sin un gobierno.

… ¿Queréis vivir? ¿Estáis cansados de girar inútil­mente en un círculo vicioso? ¿De pensar sin descubrir nada? ¿De gritar a los cuatro vientos repitiendo siempre lo mismo a un público que ya no os escucha? ¿De agitaros incesantemente sin hacer nada? ¿Queréis escapar a la con­dena que se cierne sobre el mundo en que habéis nacido? ¿Queréis en fin vivir, pensar, descubrir, actuar, crear, ser hombres? Renunciad definitivamente al mundo bur­gués, a sus prejuicios, a sus sentimientos, a sus vanidades, y colocaos en cabeza del proletariado. Abrazad su causa, entregaos a esa causa, dadle vuestro pensamiento, y él os dará la fuerza y la vida.

… El socialismo no es cruel, es mil veces más huma­no que el jacobinismo, quiero decir que la revolución política. No ataca en absoluto a las personas, ni siquiera a las más desalmadas, porque sabe muy bien que todos los individuos, buenos o malos, son sólo el producto fatal de la posición social que la historia y la sociedad les han creado. Es verdad que los socialistas no podrán impedir con certeza que en su primer arranque de furor el pueblo haga desaparecer a algunos centenares de individuos entre los más odiosos, encarnizados y peligrosos; pero una vez pasado ese huracán, se opondrán con toda su energía a la matanza hipócrita, política y jurídica, organizada a san­gre fría.

El socialismo hará una guerra inexorable a las “posi­ciones sociales”, no a los hombres; y una vez destruidas y rotas esas posiciones, los hombres que las habían ocu­pado, desarmados y privados de todos los medios de acción, pasarán a ser inofensivos y mucho menos podero­sos, os lo aseguro, que el obrero más ignorante; pues su actual poder no reside en ellos mismos, en su valor intrín­seco, sino en su riqueza y en el apoyo del Estado.

Así pues, la revolución social no sólo les dejará con vida sino que, tras haberles vencido y privado de sus armas, los levantará diciéndoles: “Y ahora que os habéis convertido en nuestros iguales, queridos compañeros, po­neos honradamente a trabajar con nosotros. En el tra­bajo, como en todo, el primer paso es difícil y os ayuda­remos fraternalmente a darlo”. Entonces, aquellos que, robustos y válidos, no quieran ganarse su vida con el trabajo, tendrán el derecho de morirse de hambre, a menos que se resignen a subsistir humilde y miserablemente de la caridad pública que no les va a rehusar por cierto lo estricto necesario.

En cuanto a sus hijos, no puede dudarse en absoluto de que van a convertirse en valientes trabajadores y en hombres iguales y libres. En la sociedad habrá cierta­mente mucho menos lujo pero indiscutiblemente mucha mayor riqueza; y además habrá un lujo hoy ignorado por todos, el lujo de la humanidad, la felicidad del pleno desarrollo y de la plena libertad de cada cual en la igual­dad de todos.

… Un día pregunté a Mazzini qué medidas se to­marían para la emancipación del pueblo, cuando su repú­blica unitaria triunfante hubiera sido definitivamente es­tablecida. “La primera medida, me dijo, va a ser la fundación de escuelas para el pueblo. -¿Y qué se va a en­señar al pueblo en esas escuelas?- Los deberes del hom­bre, el sacrificio y la entrega”. Pero, ¿dónde vais a en­contrar un número suficiente de profesores para enseñar cosas que nadie tiene el derecho ni el poder de enseñar si no predica con el ejemplo? El número de hombres que encuentran un goce supremo en el sacrificio y en la en­trega, ¿no será excesivamente restringido? Quienes se sacrifican al servicio de una gran idea obedeciendo a una alta pasión y satisfaciendo esa pasión personal fuera de la cual la vida misma pierde todo valor a sus ojos, esos piensan de ordinario en algo muy distinto que en erigir su acción en doctrina; mientras que quienes hacen de ella una doctrina olvidan con gran frecuencia el traducirla en acción por la simple razón de que la doctrina mata la vida, mata la espontaneidad viva de la acción. Los hombres como Mazzini, en los que la doctrina y la acción forman una admirable unidad, sólo son excepciones muy escasas.

… El republicano exclusivamente político es un es­toico; no se reconoce derecho alguno, únicamente deberes o, como en la república de Mazzini, sólo admite un único derecho: el de entregarse y sacrificarse siempre por la patria, viviendo sólo para servirla y muriendo por ella con alegría, como dice la canción con que al Sr. Alejandro Dumas ha dotado gratuitamente a los de la Gironda: “Mo­rir por la patria es la suerte más bella, la más digna de envidia”. El socialista, por lo contrario, se apoya en sus derechos positivos a la vida y a todos los placeres tanto intelectuales y morales como físicos de la vida. Ama la vida y quiere gozarla plenamente. Como sus convicciones forman parte de él y sus deberes hacia la sociedad están indisolublemente ligados a sus derechos, para mantenerse fiel a las unas y a los otros, sabrá vivir según la justicia como Proudhon y si es preciso morir como Babeuf; pero jamás dirá que la vida de la humanidad tenga que ser un sacrificio ni que la muerte sea la más dulce suerte.

… Noto con alegría que las clases privilegiadas en todos los países han perdido mucha de su pasada fuerza. Han perdido absolutamente su fuerza moral; no tienen ya fe en sus derechos, saben que son inocuos, odiosos, se desprecian a sí mismas.

Es mucho. Al haber perdido su fuerza moral pierden también ostensible y necesariamente su fuerza inteligente. Son mucho más sabias que el proletariado pero ello no les impide el volverse cada vez más estúpidas. Han perdido toda valentía intelectual y moral. El proletariado, que ha heredado aún en vida de ella su mencionada potencia intelectual y moral, se prepara a forzarlas hoy en sus últi­mas trincheras políticas y económicas. Todo ello es cierto. Pero, sobre todo, no hay que hacerse ilusiones. Esas trin­cheras son aún muy fuertes: se llaman Estado, Iglesia, Bolsa, Policía, Ejército, y esa gran conspiración inter­nacional y pública, legal y armada que llaman Diplomacia.

Todo ello está sabiamente organizado y es potente por su organización. En presencia de esta formidable organización, el proletariado, incluso unido, agrupado y solida­rizado en y por la Internacional, sigue desorganizado. ¡Qué importa el número! Aunque el pueblo fuera un millón, varios millones, sería derrotado por algunas dece­nas de miles de soldados mantenidos y disciplinados a sus costas contra él por los escudos burgueses producidos por su propio trabajo.

Tomad la sección de la Internacional más numerosa, más avanzada y mejor organizada. ¿Lo está para el com­bate? Bien sabéis que no. De cada mil trabajadores es mucho si reunís un centenar o dos el día del combate. Es que para organizar una fuerza no basta con unir los intereses, los sentimientos, el pensamiento. Nuestros ene­migos organizan sus fuerzas mediante el poder del dinero y mediante la autoridad del Estado. Nosotros sólo podemos organizar las nuestras mediante la convicción, la pasión.

No podemos ni queremos unir otro ejército que el pueblo. Pero para que esa masa se levante simultánea­mente toda entera -y es sólo con esta condición que puede vencer-, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo hacerlo sobre todo para que las masas aunque electrizadas y sublevadas no se contradigan ni se paralicen en absoluto con sus movimien­tos opuestos?

Sólo hay un único medio: asegurarse la concurrencia de todos los jefes populares. Llamo jefes populares a individuos salidos del pueblo en la mayoría de veces, que viven con él, de su vida, y que gracias a su superioridad intelectual y moral ejercen una gran influencia sobre él. Hay muchos entre ellos que abusan de esta superioridad y la hacen servir para sus intereses personales. Son hom­bres muy peligrosos y que hay que evitar como la pes­te, que hay que combatir y aniquilar cuando se pueda. Hay que buscar los buenos jefes, aquellos que sólo buscan su propio interés en el interés de los demás.

… El pueblo, que forzosamente es ignorante e indife­rente gracias a la situación económica en la que se en­cuentra aún hoy, sólo sabe bien las cosas que le afectan muy de cerca. Comprende bien sus intereses cotidianos, sus asuntos de cada día. Más allá comienza para él lo desconocido, lo incierto, y el peligro de las mistificaciones políticas. Como posee una gran dosis de instinto práctico raramente se equivoca en las elecciones comunales, por ejemplo. Conoce más o menos los asuntos de su comuna, se interesa mucho en ellos, y sabe escoger en su seno a los hombres más capaces de llevarlos bien. En estos asun­tos hasta es posible el control ya que se realizan a la vista de los electores, y afectan a los intereses más íntimos de su existencia cotidiana. Es por ello que las elecciones co­munales son siempre y en todas partes las mejores, las más realmente conformes con los sentimientos, los intere­ses, la voluntad populares.

… Mazzini ha llevado su odio por la Comuna hasta la imbecilidad. Pretende que el sistema proclamado por la úl­tima revolución de París nos hace volver a la Edad Media, o sea a la división de todo el mundo civilizado en una cantidad de pequeños centros extraños los unos a los otros y que se ignoran los unos a los otros. El pobre hombre no comprende que entre la Comuna de la Edad Media y la Comuna moderna, hay toda la diferencia que ha producido una historia de cinco siglos no solamente en los libros, sino en las costumbres, aspiraciones, ideas, intereses y necesidades de la población. Las Comunas de Italia en su origen fueron realmente aisladas, centros de tantas exis­tencias políticas y sociales completamente independientes, no solidarias, y que debían bastarse a sí mismas forzo­samente.

¡Qué diferencia hoy! Los intereses materiales, inte­lectuales, morales, han creado entre todos los miembros de una misma nación, ¡qué digo, entre las distintas na­ciones mismas!, una unidad social tan poderosa y real que cuanto hacen los Estados para paralizarla y destruirla resulta impotente. La unidad lo resiste todo y va a sobre­vivir a los Estados.

Cuando los Estados hayan desaparecido, la unidad viva, fecunda y bienhechora tanto de las regiones como de las naciones y de la internacionalidad de todo el mundo civilizado al principio, luego de todos los países de la tierra, se desarrollará en toda su majestad por la vía de la libre federación y de la organización de abajo a arriba.

… Patriotas sin duda, pero en el sentido más huma­no de esta palabra, es decir patriotas e internacionales al mismo tiempo.

… Las disposiciones místicas en las masas no deno­tan tanto una aberración del espíritu como un profundo descontento del corazón. Es la protesta instintiva y apa­sionada del ser humano contra las estrecheces, vulgarida­des, dolores y bochornos de una existencia miserable.

… El socialismo, por su propio objeto que es la rea­lización del bienestar y de todos los humanos destinos aquí abajo y fuera de toda compensación celestial, ¿no es en absoluto la realización y en consecuencia la negación de toda religión que, desde el momento en que sus aspiraciones se encuentren realizadas no tendrá ya ninguna razón de ser?

… Sin preocuparnos de sus consecuencias prácticas, queremos la verdad ante todo y nada más que la verdad. Además tenemos esa fe: que, pese a todas las apariencias de lo contrario, pese a todas las temerosas sugestiones de una prudencia política y escéptica, únicamente la verdad puede crear el bien práctico de los hombres.

Tal es el primer artículo de nuestra fe; y os haremos confesar que también nosotros tenemos una. Sólo que nun­ca mira hacia atrás sino siempre hacia adelante.

… Es tan sólo en la verdad que pueden cobrarse fuer­zas para combatir el mal de que se sufre.

… La verdad a medias es tan ilógica en teoría como funesta en la práctica.

… Para mí, socialista revolucionario, enemigo jurado de todas las aristocracias, de todas las tutelas, de todos los tutores, pienso por lo contrario que hay que decírselo todo al pueblo, puesto que es el único medio de provocar su emancipación pronta y completa.

CAPÍTULO IX

DE LA INTERNACIONAL A LA “VIDA COTIDIANA”

… Siendo solidaria la explotación burguesa, la lucha contra ella debe también serlo; y la organización de esta solidaridad militante entre los trabajadores del mundo en­tero es la finalidad única de la Internacional.

… La tarea que la Asociación Internacional de Tra­bajadores se ha impuesto es, pues, nada menos que la li­quidación completa del mundo político, religioso, jurídico y social actualmente existente y su sustitución por un mundo económico, filosófico y social nuevo. Pero una empresa tan gigantesca nunca podría realizarse si no tu­viera a su servicio dos palancas igualmente poderosas y gigantescas, y que se completan mutuamente: la primera es la intensidad siempre creciente de las necesidades, pade­cimientos y reivindicaciones económicas de las masas; la segunda es la nueva filosofía social.

… En todos los países del continente europeo la existencia pública y declarada de la Internacional está te­rriblemente amenazada. Y en ninguna parte ha llegado aún a esta concentración de fuerzas que la vuelvan ame­nazadora a su vez, excepto quizás en España. Cartas que recibo de distintos puntos de este último país me anun­cian en efecto que los obreros socialistas de España, muy seriamente organizados, y no solamente los obreros sino los campesinos de Andalucía entre los que las ideas socia­listas han sido muy felizmente propagadas, se proponen tomar parte muy activa en la revolución que se prepara, dando esta vez la mano a los partidos políticos aunque sin confundirse con ellos, y con la intención bien resuelta de imprimir a esa revolución un carácter francamente socialista, Si la revolución triunfa en España, será naturalmen­te un formidable tanto para la revolución en Europa.

… En los momentos de grandes crisis políticas o eco­nómicas en que el instinto de las masas, caldeado hasta el rojo vivo, se abre a todas las felices inspiraciones, en que esos rebaños de hombres esclavos, encorvados, aplastados pero nunca resignados se rebelan por fin contra su yu­go, pero se sienten desorientados e impotentes puesto que están completamente desorganizados, diez, veinte o treinta hombres bien entendidos y organizados entre ellos, y que sepan a dónde van y lo que quieren, arrastrarán fácilmen­te a cien, doscientos, trescientos o incluso más. Lo hemos visto recientemente en la Comuna de París. La organiza­ción seria apenas iniciada durante el sitio no ha sido lo bastante perfecta ni lo bastante fuerte; y ha bastado, sin embargo, para crear un poder de resistencia formidable.

¿Qué sucederá, pues, cuando la Asociación Interna­cional esté mejor organizada; cuando cuente en su seno un número mucho mayor de secciones, sobre todo muchas secciones agrícolas, y en cada sección el doble o el triple del número de miembros que actualmente agrupan? ¿Qué sucederá especialmente cuando cada uno de sus miembros sepa, mejor de lo que lo sabe en la actualidad, el objetivo final y los auténticos principios de la Internacional, así como los medios para realizar su triunfo? La Internacio­nal se convertirá en un poder irresistible.

Pero para que la Internacional pueda adquirir real­mente ese poder, para que la décima parte del proletariado organizada por esa Asociación pueda arrastrar a las otras nueve décimas partes, es preciso que cada miembro en cada sección esté mucho más penetrado por los principios de la Internacional de lo que lo está hoy. Es sólo con esta condición que va a poder llevar a cabo eficazmente su misión de propagandista y apóstol en los tiempos de paz y calma, y la de jefe revolucionario en los de lucha.

… La sección central, hemos dicho, fue el primer germen, el primer cuerpo constituido de la Asociación Internacional en Ginebra; habría debido seguir siendo su alma, su inspiradora y su propagandista permanente. Es en este sentido sin duda que se h ha llamado a menudo la “Sección de la iniciativa”. Había creado la Internacio­nal en Ginebra, debía conservar y desarrollar su espíritu. Al ser corporativas todas las demás secciones, los obreros se hallan reunidos y organizados en ellas no por la idea sino por el hecho y por las necesidades mismas de su tra­bajo idéntico. Ese hecho económico, el de una industria especial y unas condiciones particulares de la explotación de esta industria por el capital, la solidaridad íntima y muy particular de intereses, necesidades, sufrimientos, si­tuación y aspiraciones que existe entre todos los obreros que forman parte de la misma sección corporativa, todo ello forma la base real de su asociación. La idea viene luego, como la explicación o como la expresión equiva­lente del desarrollo y de la conciencia colectiva y reflexio­nada de tal hecho.

… Las secciones centrales no representan ninguna in­dustria en especial ya que los obreros más avanzados de todas las industrias posibles se hallan allí reunidos. ¿Qué representan pues? La idea misma de la Internacional. ¿Cuál es su misión? El desarrollo y la propaganda de esta idea. ¿Y cuál es esta idea? Es la emancipación no sola­mente de los trabajadores de tal industria o de tal país sino de todas las industrias posibles de todos los países del mundo. Tal es la fuerza negadora, belicosa o revolucionaria de la idea. ¿Y su fuerza positiva? Es la fundación de un mundo social nuevo.

… Las secciones centrales son los centros activos y vivos en que se conserva, desarrolla y explica la nueva fe. Nadie entra en ellas como obrero especial de tal o cual oficio, para la organización particular de ese oficio; todos entran en ellas sólo como trabajadores en general, para la emancipación y la organización general del trabajo y del mundo social nuevo basado en el trabajo en todos los países. Los obreros que forman parte de ellas, dejando en el umbral su carácter de obreros especiales o “rea­les”, en el sentido de la especialidad, se presentan allí como trabajadores “en general”. ¿Trabajadores de qué? Trabajadores de la idea, de la propaganda y de la organización del poder tanto económico como militante de la Internacional: trabajadores de la revolución social.

Así pues, las secciones centrales presentan un carácter completamente distinto del de las secciones de oficio, e incluso completamente opuesto. Mientras que estas últi­mas, siguiendo la vía del desarrollo natural, comienzan por el hecho para llegar a la idea, las secciones centrales, siguiendo por lo contrario la del desarrollo ideal o abstracto, comienzan por la idea para llegar al hecho. Es evidente que en oposición al método tan completamente realista o positivo de las secciones de oficio, el método de las sec­ciones centrales se presenta como artificial y abstracto. Ese modo de proceder de la idea al hecho es precisamente aquel de que se han servido eternamente los idealistas de toda escuela, teólogos y metafísicos, y cuya impotencia final ha sido constatada por la historia.

Si sólo hubiera habido en la Asociación Internacional de Trabajadores secciones centrales no hay duda que no hubiera alcanzado ni la centésima parte del poder tan serio de que se glorifica ahora. Las secciones centrales hubieran sido otras tantas academias obreras en que se hubieran de­batido eternamente todas las cuestiones sociales, inclui­da naturalmente la de la organización del trabajo, pero sin la menor tentativa seria ni incluso sin posibilidad alguna de realización; y ello por esa razón muy simple de que el trabajo “en general” es sólo una idea abstracta que únicamente halla su “realidad” en una diversidad inmensa de industrias especiales cada una de las cuales tiene su propia naturaleza, sus propias condiciones, que no pueden ser adivinadas y menos aún determinadas por el pensamiento abstracto sino que, al manifestarse sólo por el he­cho de su desarrollo real, únicamente pueden determinar su equilibrio particular, sus relaciones y su sitio en la organización general del trabajo, organización que, como todas las cosas generales, ha de ser la resultante siempre nuevamente reproducida de la combinación viva y real de todas las industrias particulares, y no su principio abs­tracto violenta y doctrinariamente impuesto como lo que­rrían los comunistas alemanes partidarios del “Estado popular”.

Si sólo hubiera habido secciones centrales en la In­ternacional, probablemente hubieran logrado hasta formar conspiraciones populares para el derrocamiento del actual orden de cosas, conspiraciones de intención pero impotentes en exceso para alcanzar su objetivo, ya que jamás hubieran podido arrastrar y recibir en su seno más que un reducidísimo número de obreros, los más inteligentes, enérgicos, convencidos y entregados. La inmensa mayoría, los millones de proletarios habrían quedado al margen, y para derrocar y destruir el orden político y social que hoy nos aplasta es preciso la participación de esos millones.

Sólo los individuos y solamente un número muy redu­cido de individuos se dejan determinar por la “idea” abs­tracta y pura. Los millones, las masas, no sólo en el pro­letariado sino también en las clases ilustradas y privile­giadas, jamás se dejan arrastrar si no es por el poder y la lógica de los “hechos”, por comprender y considerar tan sólo la mayor parte del tiempo sus intereses inmediatos o sus pasiones del momento, siempre más o menos ciegas. Así pues, para interesar y arrastrar a todo el proletariado en la obra de la Internacional, era y sigue siendo preciso aproximarse a él no con ideas generales y abstractas sino con la comprensión real y viva de sus males reales; y sus males de cada día, aunque para el pensador presenten un carácter general, y aunque en realidad sean efectos particulares de causas generales y permanentes, son infinitamente di versos, toman una multitud de aspectos dis­tintos producidos por una multitud de causas pasajeras y parciales. Tal es la realidad cotidiana de esos males. Pero la masa del proletariado, que está forzada a vivir día a día y que apenas halla un momento de ocio para pensar en el día de mañana, capta los males que padece y de los que es eternamente la víctima, precisa y exclusivamente en esta realidad y nunca o casi nunca en su generalidad.

Así pues, para tocar al corazón y conquistar la con­fianza, asentimiento, adhesión, participación del proleta­rio, hay que empezar hablándole, no de los males genera­les del proletariado internacional entero ni de las causas generales que los originan, sino de sus males particulares, cotidianos, completamente privados. Hay que hablarle de su propio oficio y de las condiciones de su trabajo preci­samente en la localidad en que habita; de la dureza y la extensión excesiva de su trabajo cotidiano, de la insufi­ciencia de su salario, de la ruindad de su patrono, de la carestía de los víveres y de la imposibilidad que tiene de alimentar y criar convenientemente a su familia. Y al pro­ponerle medios para combatir esos males y para mejorar su posición, sobre todo no hay que hablarle de entrada de esos medios generales y revolucionarios que constituyen ahora el programa de acción de la Asociación Inter­nacional de Trabajadores, como son la abolición de la propiedad individual hereditaria y la institución de la pro­piedad colectiva; la abolición del derecho jurídico y del Estado y su sustitución por la organización y la federa­ción libre de las asociaciones productoras; probablemente no comprendería nada de todos esos medios, e incluso po­dría darse que, encontrándose bajo la influencia de ideas religiosas, políticas y sociales que los gobiernos y los curas han tratado de inculcarle, rechazara con desconfianza y cólera al propagandista imprudente que quisiera conver­tirle con tales argumentos. No, de entrada sólo hay que proponerle medios tales que su buen sentido natural y su experiencia cotidiana no puedan dejar de captar su utilidad ni rechazarlos.

… Una vez entrado en la sección, el obrero neófito va a aprender muchas cosas allí. Se le explica que la mis­ma solidaridad que existe entre todos los miembros de la misma sección está igualmente establecida entre todas las distintas secciones o entre todos los cuerpos de oficio de la misma localidad; que la organización de esta solidaridad más amplia y que abarca indistintamente a los obreros de todos los oficios se ha vuelto necesaria, puesto que los patronos de todos los oficios se entienden entre ellos.

Más que por las explicaciones verbales que recibe de sus camaradas, reconoce pronto todas estas cosas por su propia experiencia personal inseparable, sin embargo, y solidaria de la de todos los demás miembros de la sección.

… En una palabra, la única solidaridad que se le ofre­ce como un beneficio y que se le impone al mismo tiempo como un deber es, en la más amplia extensión de la pa­labra, la “solidaridad económica”. Pero una vez esta solidaridad ha sido seriamente aceptada y bien establecida produce todo el resto: pues todos los principios más sublimes y más subversivos de la Internacional no son otra cosa que los desarrollos naturales y necesarios de esta solidaridad económica. Y la inmensa ventaja práctica de las secciones de oficio sobre las secciones centrales consiste precisamente en esto, en que esos desarrollos, esos principios se demuestran a los obreros no mediante razo­namientos teóricos sino mediante la experiencia viva y trágica de una lucha que se hace cada día más amplia, más profunda, más terrible, de modo que el obrero menos instruido, el menos preparado, el más tierno, arrastrado siempre más adelante por las consecuencias mismas de esta lucha, acaba por reconocerse revolucionario, anarquista y ateo, sin saber a menudo él mismo cómo ha pasado a serlo.

Queda claro que las secciones de oficio únicamente pueden dar esta educación práctica a sus miembros, y que en consecuencia únicamente pueden arrastrar a la organi­zación de la Internacional a la masa del proletariado, esa masa, hemos dicho, sin cuya potente participación el triunfo de la revolución social jamás será posible.

Si sólo hubiera habido en la Internacional secciones centrales, sólo serían, pues, almas sin cuerpo, sueños magníficos pero sin realización posible.

Felizmente, las secciones centrales, emanaciones del foco principal que se formó en Londres, no fueron fun­dadas por burgueses, por sabios de profesión ni por hom­bres políticos, sino por obreros socialistas. Los obreros, v ésta es su inmensa ventaja sobre los burgueses, gracias a su situación económica, gracias también a haber quedado hasta ahora al margen de la educación doctrinaria, clásica, idealista y metafísica que envenena a la juventud, tienen el espíritu eminentemente práctico y positivo. No se conten­tan con ideas, necesitan hechos, y no creen en las ideas más que si se apoyan en hechos. Esta feliz disposición les ha permitido evitar los dos escollos contra los que naufragan todas las tentativas revolucionarias de los burgueses: la academia y la conspiración platónica. Por otra parte, el programa de la Asociación Internacional de Tra­bajadores les índica claramente la única vía que pueden y deben seguir.

Ante todo debían dirigirse a las masas en nombre de su emancipación económica, no de la revolución política; en nombre de sus intereses materiales ante todo, para llegar luego a sus intereses morales, siendo siempre los segundos, en tanto que intereses colectivos, sólo la expresión y la consecuencia lógica de los primeros. No podían aguardar a que las masas vinieran a encontrarles, debían, pues, ir a buscarlas donde se encuentran, en su realidad cotidiana, y esta realidad es el trabajo cotidiano, espe­cializado y dividido en cuerpos de oficio. Debían, pues, dirigirse a los distintos cuerpos de oficio ya organizados más o menos para hacerles adherir al objetivo económico, a la acción común de la gran Asociación de los trabajadores de todos los países, en una palabra, para afiliarles a la Internacional dejándoles toda su autonomía y organización particulares. Lo que equivale a decir que la primera cosa que debían hacer y que hicieron en efecto fue el organizar en torno a cada sección central tantas secciones de oficio como industrias distintas había.

Fue así como las secciones centrales que en cada país representan el alma o espíritu de la Internacional tomaron cuerpo, pasaron a ser organizaciones reales y poderosas. Muchos son de la opinión de que una vez cumplida esta misión las secciones centrales debían disolverse dejando existir tan sólo las secciones de oficio. Según nosotros es un gran error. Pues la inmensa tarea que se ha impuesto la Asociación Internacional de Trabajadores no es únicamente una obra económica o simplemente material, es al mismo tiempo y en el mismo grado una obra social, filosófica y moral; es también, por así decirlo, una obra eminentemente política.

… Los fundadores de la Asociación Internacional ac­tuaron con muy gran cordura eliminando ante todo del programa de esta asociación todas las cuestiones políticas y religiosas. Sin duda que no les faltaron en absoluto opiniones políticas, ni opiniones anti-religiosas muy marca­das; pero se abstuvieron de emitirlas en ese programa ya que su principal objetivo era unir ante todo a las masas obreras del mundo civilizado en una acción común. Tuvieron que buscar necesariamente una base común, una serie de principios simples sobre los que todos los obreros, cualesquiera que fueran sus aberraciones políticas y religiosas, por poco que fueran obreros serios, es decir, hombres duramente explotados y que padecen, están y han de estar de acuerdo.

Si hubieran enarbolado la bandera de un sistema po­lítico o anti-religioso, lejos de unir a los obreros de Euro­pa los habrían dividido más aún.

… ¿Puede creerse que si se hubiera inscrito esta sim­ple palabra, “el ateísmo”, en la bandera de la Internacional esta asociación habría podido reunir en su seno únicamente algunos cientos de millares de adherentes? Todo el mun­do sabe que no, no porque el pueblo sea realmente religioso sino porque cree serlo; y creerá serlo mientras que una revolución social no le haya dado los medios de realizar todas sus aspiraciones aquí abajo. Es verdad que si la Internacional hubiera puesto el ateísmo como principio obligatorio en su programa hubiera excluido de su seno a la flor del proletariado; y con esta expresión no me refiero, como hacen los marxistas, a la capa superior, la más civilizada y acomodada del mundo obrero, esa capa de obreros casi-burgueses de que quieren servirse preci­samente para constituir su “cuarta clase gubernamental”, y que es ciertamente capaz de formarla si no se pone orden en interés de la gran masa del proletariado, ya que con su bienestar relativo casi-burgués, se ha penetrado por desgracia demasiado profundamente de todos los prejuicios políticos y sociales, y de todas las estrechas aspiraciones y pretensiones de los burgueses. Puede decirse que esta capa es la menos socialista, la más individualista en todo el proletariado. Por flor del proletariado entiendo preci­samente esa eterna carne de gobierno, esa “gran canalla popular” que, estando casi virgen de toda civilización burguesa, lleva en su seno, en sus pasiones, en sus instin­tos, en sus aspiraciones, en todas las necesidades y las miserias de su posición colectiva todos los gérmenes del socialismo del futuro, y que es la única lo bastante pode­rosa hoy para inaugurar y para hacer triunfar la revo­lución social.

… Organicémonos, ampliemos nuestra Asociación, pe­ro al mismo tiempo no olvidemos su consolidación para que nuestra solidaridad, que es todo nuestro poder, se haga más real día a día. Volvámonos cada vez más so­lidarios en el trabajo, en la acción pública, en la vida.

… La Internacional no rechaza la política de modo general; va a verse forzada a meterse en ella mientras esté obligada a luchar contra la clase burguesa. Rechaza únicamente la política burguesa.

… Imitemos, pues, un poco la cordura de nuestros adversarios. Mirad cómo todos los gobiernos tienen en la boca la palabra “libertad” mientras que sus actos son reaccionarios. Que las autoridades revolucionarias no ha­gan más frases sino que con un lenguaje tan moderado y pacífico como sea posible hagan la revolución.

CAPÍTULO X

BALANCE CRÍTICO DE LA INTERNACIONAL

… Los mejores hombres son fácilmente corruptibles, especialmente cuando el ambiente mismo provoca la corrupción de los individuos por la ausencia de control serio v de oposición permanente. En la Internacional no puede darse la corrupción venal puesto que la asociación es aún demasiado pobre para dar ingresos o incluso justas retri­buciones a ninguno de sus jefes. Pero existe otro género de corrupción al que desgraciadamente no es ajena la Asociación Internacional: es la de la vanidad y de la am­bición.

Hay en todos los hombres un natural instinto de man­do que toma su origen primero en esa ley fundamental de la vida: que ningún individuo puede asegurar su existen­cia ni hacer valer sus derechos más que mediante la lucha.

… Cada uno lleva en sí el germen, y es sabido que todo germen, por una ley fundamental de la vida, ha de desarrollarse y crecer necesariamente por poco que halle en su ambiente condiciones favorables a su desarrollo. Esas condiciones en la sociedad humana son la estupidez, la ignorancia, la indiferencia apática y los hábitos serviles en las masas; de modo que se puede decir con justicia que son las mismas masas las que producen esos explotadores, esos opresores, esos déspotas, esos verdugos de la humanidad de los que son víctima. Cuando están ador­mecidos y cuando soportan pacientemente su abyección y su esclavitud, los mejores hombres que nacen en su seno, los más inteligentes, los más enérgicos, esos mismos que en un medio distinto podrían rendir inmensos servicios a la humanidad, pasan a ser forzosamente déspotas. A menudo pasan a serlo haciéndose ilusiones sobre ellos mismos y creyendo trabajar para el bien de aquellos a quienes oprimen. Por lo contrario, en una sociedad inteligente, avisada, celosa de su libertad y dispuesta a de­fender sus derechos, los individuos más egoístas y malévolos se vuelven necesariamente buenos. Tal es el poder de la sociedad mil veces mayor que el de los más fuertes individuos.

Así pues, queda claro que la ausencia de oposición y de control continuos se convierten inevitablemente en fuen­te de depravación para todos los individuos que se hallan investidos de cualquier poder social; y que quienes de en­tre ellos desean salvar su personal moralidad deben cuidar ante todo de no guardar durante un tiempo excesivo ese poder, y luego durante tanto tiempo como lo guarden deben provocar contra ellos mismos esa oposición y ese saludable control.

Es lo que los miembros de los comités de Ginebra, sin duda por ignorancia de los peligros que corrían desde el punto de vista de su moralidad, han descuidado general­mente de hacer. A fuerza de sacrificarse y entregarse, han hecho del mando un dulce hábito y, por una especie de alucinación natural y casi inevitable en toda la gente que guarda el poder en sus manos por un tiempo excesivo, han acabado por imaginarse que eran hombres indispensables. Es así como imperceptiblemente se ha formado en el seno mismo de las secciones tan francamente populares de los obreros de la construcción una especie de aristocracia gubernamental.

Con la autoridad creciente de los comités se han des­arrollado naturalmente la indiferencia y la ignorancia de las secciones en todas las cuestiones que no se refieren a huelgas y a pago de cotizaciones (pago que por otra parte se efectúa con dificultades cada vez mayores y de manera muy irregular). Es una consecuencia natural de la apatía intelectual y moral de las secciones, y esta apatía es a su vez resultado asimismo necesario de la subordi­nación automática a la que el autoritarismo de los comités ha reducido a las secciones.

Excepto las cuestiones de huelgas y de cotizaciones, sobre todos los demás puntos las secciones de los obreros de la construcción han renunciado propiamente a todo juicio, a toda deliberación, a toda intervención; se ciñen simplemente a las decisiones de sus comités: “Hemos ele­gido nuestro comité, a él corresponde el decidir”. Eso es lo que a menudo los obreros de la construcción responden a quienes se esfuerzan en conocer su opinión sobre cualquier cuestión. Han llegado a no tener ninguna, parecidos a hojas en blanco sobre las que sus comités pueden escri­bir cuanto quieran. Con tal de que sus comités no les pi­dan demasiado dinero ni les apuren para el pago de lo que deben, éstos pueden, sin consultarles, decidir y hacer impunemente en su nombre todo cuanto les parezca bien.

Es muy cómodo para los comités, pero no es favo­rable en absoluto para el desarrollo social, intelectual y moral de las secciones, ni para el desarrollo real del poder colectivo de la Asociación Internacional. Pues de este modo al final no queda nada real salvo los comités. Pero los comités, al no representarse más que a ellos mismos y al no tener tras ellos más que unas masas ignorantes e indiferentes, sólo son capaces ya de formar un poder fic­ticio, no un auténtico poder. Ese poder ficticio, conse­cuencia detestable e inevitable del autoritarismo, una vez introducido en la organización de las secciones de la In­ternacional, es excesivamente favorable al desarrollo de toda clase de intrigas, vanidades, ambiciones e intereses personales; incluso resulta excelente para inspirar una sa­tisfacción pueril de sí mismo y una seguridad tan ridícula como fatal al proletariado; excelente también para asustar la imaginación de los burgueses. Pero de nada va a servir en la lucha a muerte que el proletariado de todos los países de Europa ha de sostener ahora contra el poder aún de­masiado real del mundo burgués.

… Pero entonces, ¿estaría, pues, prohibido el ocuparse de cuestiones políticas y filosóficas en la Internacional? Haciendo abstracción de todo el desarrollo que se hace en el mundo del pensamiento, así como de los acontecimientos que acompañan o que siguen a la lucha política tanto exterior como interior de los Estados, ¿la Internacional no se ocuparía más que de la cuestión económica? ¿Haría estadística comparada, estudiaría las leyes de la produc­ción y distribución de las riquezas, se ocuparía exclusi­vamente de la regulación de los salarios, formaría cajas de resistencia, organizaría huelgas locales, nacionales e internacionales, constituiría local, nacional e internacio­nalmente los cuerpos de oficio, y formaría sociedades cooperativas de crédito mutuo, de consumo y de producción en los momentos y localidades en que semejantes creacio­nes fueran posibles?

Tal abstracción, apresurémonos a decirlo, es absolu­tamente imposible. Esa preocupación exclusiva de los in­tereses solamente económicos, sería la muerte para el pro­letariado. Sin duela que la defensa y la organización de esos intereses -cuestión de vida o muerte para él- han de constituir la base de toda su acción actual. Pero le es imposible el detenerse ahí sin renunciar a la humanidad y sin privarse incluso de la fuerza intelectual y moral necesaria para la conquista de sus derechos económicos.

Pero entonces, ¿cómo resolver esa aparente contradic­ción? Por un lado las cuestiones filosóficas y políticas han de ser excluidas del programa de la Internacional y por otro lado han de ser necesariamente discutidas en ella.

Ese problema se resuelve por sí mismo mediante la libertad. Ninguna teoría filosófica o política ha de entrar como fundamento esencial, oficial, y como condición obli­gatoria en el programa de la Internacional. Pero de ello no se deduce que todas las cuestiones políticas y filosó­ficas no puedan ni deban ser libremente discutidas en la Internacional. Por lo contrario, es la existencia de una teoría oficial lo que mataría la discusión viva, haciéndo­la absolutamente inútil.

… Pero, ¿qué hacer hoy? Hoy que la solución y la conciliación sobre el terreno político son imposibles, hay que tolerarse mutuamente y dejar a cada país el indiscu­tible derecho a seguir las tendencias políticas que le plazcan más o que le parezcan mejor adaptadas a su situación particular. Rechazando en consecuencia todas las cuestio­nes políticas del programa obligatorio de la Internacional, hay que buscar la unidad de esta gran asociación única­mente en el terreno de la solidaridad económica. Esta solidaridad nos une, mientras que las cuestiones políticas fatalmente nos separan.

… Pero entonces ¿va a transformarse la Internacional en una torre de Babel? Por lo contrario, es únicamente entonces cuando va a constituir su unidad real, ante todo económica y luego necesariamente política; es entonces cuando creará, indudablemente no de un solo golpe, la gran política de la Internacional, no emanada de una cabeza aislada, ambiciosa, muy sabia y, sin embargo, incapaz de abrazar las mil necesidades del proletariado por llena que esté de cerebro, sino de la acción absolutamente libre, espontánea y simultánea de los trabajadores de todos los países.

La base de esta gran unidad que en vano se buscaría en las ideas filosóficas y políticas del día, se encuentra completamente dada por la solidaridad de los padecimien­tos, intereses, necesidades y aspiraciones reales del proletariado del mundo entero. Esta solidaridad no está en ab­soluto por crear, existe en los hechos; constituye la vida propia, la experiencia cotidiana del mundo obrero.

… Nunca debe renunciarse al programa socialista re­volucionario netamente establecido, ni por la forma ni por la sustancia.

… Las reticencias, las verdades a medias, los pensa­mientos castrados, las complacientes atenuaciones y con­cesiones de una vil diplomacia, no son los elementos con que se forman las grandes cosas: éstas sólo se hacen con corazones muy elevados, un espíritu justo y firme, un objetivo claramente determinado y un gran valor. Hemos emprendido una cosa muy grande, señores, elevémonos a la altura de nuestra empresa: grande o ridícula, no hay término medio y para que sea grande es preciso por lo menos que mediante nuestra audacia y sinceridad nos volvamos también grandes. Sabemos que en política no hay ninguna práctica honesta y útil posible sin una teoría y sin un objetivo claramente determinados.

… No hay duda que si evitamos precisar bien nuestro carácter real, el número de nuestros adherentes podrá llegar a ser muy grande. Incluso en este caso podríamos, como lo ha propuesto el delegado de Basilea, Sr. Schmid­lin, acoger en nuestras filas muchos militarotes y curas, ¿y por qué no gendarmes? O, como ha hecho reciente­mente la Liga de la Paz, fundada en París bajo la alta protección imperial por los Sres. Miguel Chevalier y Federico Passy, suplicar a algunas ilustres princesas de Prusia, de Rusia o de Austria que quieran aceptar el título de miembros honorarios de nuestra asociación. Pero dice el proverbio que quien mucho abarca poco aprieta: com­praríamos todas esas preciosas adhesiones al precio de nuestra completa aniquilación y entre tantos equívocos y frases que envenenan hoy la opinión pública de Europa, seríamos sólo una broma pesada más.

Es evidente por otra parte que si proclamamos en voz alta nuestros principios el número de nuestros adherentes será más restringido; pero por lo menos serán adheren­tes serios, sobre quienes podremos contar. Y nuestra pro­paganda sincera, inteligente y seria no envenenará sino que moralizará al público.

… Ese programa aporta con él una nueva ciencia, una filosofía social nueva que ha de reemplazar a todas las antiguas religiones, y una política completamente nueva. Para que todos los miembros de la Internacional puedan cumplir de modo consciente con su deber de propagandis­tas y de jefes naturales de las masas en la revolución, es preciso que cada uno de ellos esté él mismo penetrado tanto como sea posible por esta ciencia, esta filosofía y esta política. No les basta con saber y decir que quieren la emancipación económica de los trabajadores, el goce íntegro de su producto para cada uno, la abolición de las clases y de la sujeción política, la realización de la pleni­tud de los derechos humanos, y la perfecta equivalencia de los deberes y derechos para cada cual: en una palabra, la realización de la fraternidad humana. Todo ello es sin duda muy bello y muy justo pero, si los obreros de la Internacional se detienen en esas grandes verdades sin pro­fundizar las condiciones, consecuencias y espíritu, y si se contentan repitiéndolas siempre, y siempre en esta forma general, corren ciertamente el riesgo de convertirlas muy pronto en palabras vacías y estériles, en tópicos incom­prendidos.

Pero dicen que todos los obreros, incluso cuando son miembros de la Internacional, no pueden volverse sabios; y no basta con que en el seno de esta asociación se halle un grupo de hombres que posea tan completamente como es posible en nuestros días la ciencia, la filosofía y polí­tica del socialismo para que el pueblo de la Internacional, obedeciendo con fe a su dirección y a su “mando frater­nal” (al modo del Sr. Gambetta, el jacobino-dictador por excelencia), pueda estar seguro de no desviarse de la vía que ha de conducir a la emancipación definitiva del proletariado.

He aquí un razonamiento que hemos oído con excesiva frecuencia, no emitirlo abiertamente -no se es lo bastante sincero ni lo bastante valiente para ello-, sino desarrollar bajo mano con toda clase de reticencias más o menos hábiles y de cumplidos demagógicos dirigidos a la suprema sabiduría y a la omnipotencia del pueblo soberano por el partido autoritario hoy triunfante en la Internacional de Ginebra. Siempre lo hemos combatido apasionadamente porque estamos convencidos -y vosotros sin duda que lo estáis con nosotros compañeros- de que, desde el momento que la Asociación Internacional se divida en dos grupos (uno comprendiendo a la inmensa mayoría y com­puesto por miembros que sólo tendrían por toda ciencia una fe ciega en la sabiduría teórica y práctica de sus jefes, y el otro compuesto únicamente por algunas decenas de individuos directivos), esta institución que ha de eman­cipar a la humanidad se transformaría ella misma en una especie de “Estado oligárquico”, el pero de todos los Es­tados; y lo que es más, que esa minoría clarividente sabia y hábil se haría, pronto y cada vez más, despótica: dañina y reaccionaria.

… Esa religión de todos los espíritus dogmáticos y ab­solutos, la pasión de la uniformidad que llaman unidad y que es la tumba de la libertad.

… Esa armonía es irrealizable y ni tan sólo es de­seable. Esa armonía es la ausencia de lucha, la ausencia de vida, es la muerte. En política, es el despotismo. Tomad toda la historia y convencéos de que en todas las épocas y en todos los países cuando hay desarrollo y exuberan­cia de la vida, del pensamiento, de la acción creadora y libre, ha habido disensión, lucha intelectual y social, lucha de partidos políticos y que es precisamente en medio de esas luchas y gracias a ellas que las naciones han sido más felices y poderosas en el sentido humano de la palabra. Esa lucha no ha existido en absoluto o casi nada en las grandes monarquías asiáticas: también ha habido ausen­cia completa de desarrollo humano. Ved por una parte a la monarquía persa con sus innumerables y disciplinadas tropas, y por el otro la Grecia libre, apenas federada, continuamente atormentada por la lucha de sus pueblos, de sus ideas, de sus partidos. ¿Quién venció? Grecia. ¿Cuál fue la época más fecunda de la historia romana? La de la lucha de la plebe contra el patriciado. ¿Y qué es lo que da grandeza y gloria a la Italia medieval? Seguro que no fueron ni el Papado ni el Imperio. Fueron las li­bertades municipales y la lucha intestina de las opiniones y de los partidos.

Jamás me cansaré de repetirlo: la uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida. La unidad disciplinaria, que sólo puede establecerse en cualquier medio social en detrimento de la espontaneidad creadora del pensamiento y de la vida, mata las naciones. La unidad viva, realmente poderosa, la que todos queremos, es la que la libertad crea en el seno mismo de las libres y diversas manifestaciones de la vida, expresándose por la lucha: es el equilibrio y la armonización de todas las fuerzas vivas.

… Fijaos que quienes predican la paz a toda costa, la inmolación de las convicciones opuestas a las necesidades de una unión “aparente”, y que lanzan sus maldiciones sobre quienes hacen un llamado a la guerra civil, son siem­pre moderados, reaccionarios o por lo menos hombres a quienes les falta convicción, energía y fe. Son los adormecedores, los tibios. Son precisamente los que pierden todas las causas.

Una buena guerra civil, franca y abierta, vale mil veces más que una paz podrida. Por otra parte, esta paz siem­pre es sólo aparente; bajo su engañosa égida, la guerra continúa pero, privada de desplegarse, toma el carácter de intriga, un carácter mezquino, miserable, a menudo infame.

Por otra parte, se trata aquí de una guerra mucho más teórica que práctica, de lucha de ideas, no de intere­ses. Y una lucha semejante sólo puede tener efectos bien­hechores para la Internacional; contribuye necesariamente al desarrollo de su pensamiento sin perjudicar lo más mínimo a su solidaridad real, ya que esta solidaridad no es teórica en absoluto sino práctica.

… Supongamos que se quiera imponer nuestras ideas a todas las secciones de la Internacional, ¿de qué serviría? Crearía una secta aún menos numerosa y más impotente que la de Mazzini.

… Si la Internacional fuera menos vivaz, los decretos de ese nefasto Congreso de La Haya, encarnación complaciente y fiel en exceso a las teorías y la práctica mar­xistas, hubieran bastado para matarla. Hubieran vuelto ridícula y odiosa a la vez a esta magnífica asociación en cuya fundación, me complace destacarlo, el Sr. Marx tomó una parte tan inteligente como enérgica.

¡Un Estado, un gobierno, una dictadura universal! ¡El sueño de los Gregario VII, de los Bonifacio VIII, de los Carlos Quinto y de los Napoleón, reproduciéndose bajo nuevas formas, pero siempre con las misma pretensiones, en el campo de la democracia socialista! ¿Puede imaginarse algo más burlesco, pero también más indignante?

Pretender que un grupo de individuos, aunque fueran los más inteligentes y mejor intencionados, serían capaces de convertirse en el pensamiento, el alma, la voluntad diri­gente y unificadora del movimiento revolucionario y de la organización económica del proletariado de todos los países, es tal herejía contra el sentido común y contra la experiencia histórica que uno se pregunta con sorpresa cómo un hombre tan inteligente como el Sr. Marx pudo concebirlo.

Por lo menos los papas tuvieron por excusa la verdad absoluta que decían tener entre sus manos por la gracia del Espíritu Santo y en la que se daba por supuesto que creían. El Sr. Marx no tiene en modo alguno tal excusa y no le injuriaré creyendo que se imagina haber inven­tado científicamente algo que se aproxime a la verdad absoluta.

… En rigor concibo que los déspotas coronados o no coronados hayan podido soñar con el cetro riel mundo; pero ¡qué decir de un amigo del proletariado, de un revo­lucionario que pretende querer seriamente la emancipa­ción de las masas y que, poniéndose como director y árbitro supremo de todos los movimientos revolucionarios que puedan estallar en países distintos, ose soñar en el sometimiento del proletariado de todos esos países a un pensamiento único manifestado en su propio cerebro!

Creo que el Sr. Marx es un revolucionario muy serio, aunque no siempre muy sincero, que realmente quiere el levantamiento de las masas; y me pregunto cómo se lo hace para no ver que el establecimiento de una dictadura universal, colectiva o individual, de una dictadura que en cierto modo haría el trabajo de un ingeniero jefe de la revolución mundial, regulando y dirigiendo el movimiento insurreccional de las masas en todos los países como se dirige una máquina, que el establecimiento de semejante dictadura bastaría por sí solo para matar la revolución, para paralizar y falsear todos los movimientos populares. ¿Cuál es el hombre, cuál es el grupo de individuos, por grande que sea su genialidad, que osaría alabarse de poder solamente abrazar y comprender la infinita multitud de intereses, tendencias y acciones tan diversas en cada país, en cada provincia, en cada localidad, en cada oficio, y cuyo inmenso conjunto, unido pero no uniformado por una gran aspiración común y por algunos principios fundamentales que, por otra parte, han pasado ya a la con­ciencia de las masas, va a constituir la futura revolución social?

¿Y qué pensar de un congreso internacional que, en el llamado interés de esta revolución, impone al proleta­riado de todo el mundo civilizado un gobierno investido de poderes dictatoriales, con el derecho inquisitorial y pontificial de suspender a federaciones regionales, de proscribir a naciones enteras en nombre de un llamado principio oficial y que no es más que el propio pensa­miento del Sr. Marx, transformado en una verdad abso­luta por el voto de una mayoría ficticia?

CAPÍTULO XI

NECESIDAD DEL PARTIDO Y REVOLUCIÓN INTERNACIONAL

… Quienes me conocen bien entre nuestros aliados y amigos se extrañarán acaso de que sostenga ahora tal lenguaje, yo, que he hecho tanta teoría y que siempre me he mostrado guardián celoso y feroz de los principios. ¡Ah, es que los tiempos han cambiado! Entonces, hace apenas un año, nos preparábamos para la revolución que esperábamos más pronto los unos, más tarde los otros; y ahora, digan lo que digan los cegatos, estamos en plena revolución. Entonces era absolutamente necesario man­tener en alto la bandera de los principios teóricos, exponer altamente esos principios en toda su pureza para formar un partido, por poco numeroso que fuera, pero compuesto únicamente de hombres que estuvieran sincera, plena, apa­sionadamente entregados a estos principios, de modo que cada uno en tiempos de crisis pudiera contar con todos los demás. Ahora ya no se trata de reclutar. Hemos logra­do formar, bien o mal, un pequeño partido: pequeño con respecto al número de los hombres que se adhieren a él con conocimiento de causa, inmenso con respecto a sus adhe­rentes instintivos, con respecto a esas masas populares cuyas necesidades representa mejor que cualquier otro partido. Ahora hemos de embarcarnos todos juntos en el océano revolucionario y hemos de propagar nuestros prin­cipios no ya mediante palabras sino mediante hechos, ya que es la más popular, poderosa e irresistible de las propagandas. Callemos a veces nuestros principios cuando la política, o sea nuestra impotencia momentánea con respec­to a una gran potencia contraria lo exija, pero seamos siempre implacablemente consecuentes en los hechos. Toda la salvación de la revolución reside en ello.

El motivo principal por el que todas las autoridades revolucionarias del mundo han hecho siempre tan poca revolución es que han querido siempre hacerla por sí mis­mas, por su propia autoridad y su propia potencia, lo que nunca ha dejado de restringir excesivamente la acción revolucionaria, pues es imposible incluso para la autori­dad revolucionaria más inteligente, enérgica, franca, el abarcar muchas cuestiones e intereses a la vez; ya que toda dictadura tanto individual como colectiva, en tanto que compuesta por varios personajes oficiales es necesariamente muy limitada, muy ciega, e incapaz ni de pe­netrar en las profundidades ni de abarcar toda la ampli­tud de la vida popular.

¿Qué han de hacer, pues, las autoridades revolucio­narias -y procuremos que haya las menos posibles-, qué han de hacer para extender y para organizar la revo­lución? No han de hacerla ellas mismas mediante decretos ni imponerla a las masas, sino provocarla en las masas. No han de imponerles cualquier organización sino, sus­citando su organización autónoma de abajo a arriba, tra­bajar bajo mano gracias a la influencia individual sobre los individuos más inteligentes e influyentes de cada localidad, para que esta organización esté de acuerdo con nuestros principios como sea posible. En ello reside todo el secreto de nuestro triunfo.

¿Quién puede poner en duda que ese trabajo encuen­tra inmensas dificultades? Pero, ¿alguien cree que la revolución es un juego de niños y que se puede hacer sin vencer dificultades innumerables? Los revolucionarios socialistas de nuestros días no tienen nada o casi nada que imitar de los procedimientos revolucionarios de los jacobinos de 1793. La rutina revolucionaria les echaría a perder. Han de trabajar en lo vivo, han de crearlo todo,

… La Alianza es el complemento necesario de la Internacional. Pero la Internacional y la Alianza, pese a dirigirse hacia el mismo objetivo final, tienen al mismo tiempo objetos distintos. La una tiene por misión reunir las masas obreras, los millones de trabajadores, a través de las diferencias de las naciones y países, a través de las fronteras de todos los Estados, en un único cuerpo inmenso y compacto; la otra, la Alianza, tiene por misión el dar a estas masas una dirección realmente revoluciona­ria. Los programas de la una y de la otra, sin ser opues­tos en absoluto, son distintos por el grado mismo de su desarrollo respectivo. El de la Internacional solamente si se torna en serio contiene en germen, pero solamente en germen, todo el programa de la Alianza. El programa de la Alianza es la explicación última del de la Internacional.

… Molestaos en releer los magníficos considerandos que se hallan en cabeza de nuestros estatutos generales; sólo hallaréis en ellos estas palabras en que se mencione la cuestión política:

«Considerando:

– Que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos; que los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios sino a establecer los mismos derechos y los mismos deberes para todos;

– Que la sujeción del trabajador al capital es la fuente de toda sujeción: política, moral y material;

– Que por este motivo la emancipación económica de los trabajadores es el gran objetivo al que ha de estar subordinado todo movimiento político“, etc.»

He ahí la frase decisiva de todo el programa de la Internacional. Ha “cortado el cable”, para servirme de la memorable expresión de Sieyés, ha roto los lazos que tenían encadenado el proletariado a la política burguesa.

La Alianza, sección de la Internacional en Ginebra, tra­dujo y comentó ese párrafo de los considerandos en estos términos:

“La Alianza rechaza toda acción política que no tenga en absoluto por objetivo inmediato y directo el triunfo de los trabajadores contra el capital“.

Por lo contrario, el Partido de la democracia socialista, de los obreros alemanes, fundado el mismo año (1869) bajo los auspicios del Sr. Marx por los Sres. Liebknecht y Bebel, anunciaba en su programa que “la conquista del poder político era la condición previa de la emancipación económica del proletariado”.

Entre esas dos tendencias, como se ve, hay la misma diferencia, el mismo abismo que entre el proletariado y la burguesía. ¿Hay que extrañarse después de eso que se hayan encontrado en la Internacional como adversarios irreconciliables y que continúen combatiéndose en ella bajo todas las formas y en todas las ocasiones posibles?

… Entre ambas tendencias antes indicadas ninguna conciliación es hoy posible. Sólo la práctica de la revolu­ción social, grandes experiencias históricas nuevas, la lógica de los acontecimientos podrán llevarlas tarde o tem­prano a una solución común.

Art. 3 (de la Alianza). No se puede pasar a ser miembro de ella sin haber aceptado sincera y completa­mente todos sus principios. Los antiguos miembros son mantenidos y los miembros entrantes han de prometer que harán a su alrededor, en la medida de sus fuerzas, la propaganda más activa tanto mediante su ejemplo como mediante su palabra.

Art. 4. Cada miembro ha de conocer los estatutos ge­nerales de la Asociación Internacional de Trabajadores y las resoluciones de los congresos, que han de ser con­sideradas como obligatorias para todos.

Art. 5. El ejercicio perseverante y real de la solida­ridad práctica entre los obreros de todos los oficios, in­cluidos naturalmente los que cultivan la tierra, es la principal garantía de su próxima liberación. La obser­vación de esta solidaridad en los hechos privados y pú­blicos de la vida obrera y de la lucha de los trabajadores contra el capital burgués ha de ser considerada como el supremo deber de cada miembro de la Sección de la Alian­za de la Democracia Socialista. Todo miembro que haya faltado a este deber será inmediatamente excluido de la misma.

… ¿Quién puede poner en duda que de esta organi­zación cada vez más amplia de la solidaridad militante del proletariado contra la explotación burguesa ha de salir y surja en efecto la lucha política del proletariado contra la burguesía? Los marxistas y nosotros somos unánimes en este punto. Pero inmediatamente se presenta la cues­tión que tan profundamente nos separa de los marxistas.

… A quienes nos pregunten a qué viene la existencia de la Alianza cuando existe la Internacional respondemos: Ciertamente la Internacional es una magnífica institución, es indiscutiblemente la más bella, útil y bienhechora creación del presente siglo. Ha creado la base de la solidari­dad de los trabajadores del mundo entero. Les ha dado un principio de organización a través de las fronteras de todos los Estados y al margen del mundo de los explotadores y de los privilegiados. Ha hecho más, contiene ya hoy los primeros gérmenes de la futura organización de la unidad y al mismo tiempo ha dado al proletariado del mundo entero el sentimiento de su propia potencia. He ahí ciertamente inmensos servicios que ha rendido a la gran causa de la revolución universal y social. Pero no es en absoluto una institución suficiente para organizar y dirigir esta revolución.

Todos los revolucionarios serios que han tomado una parte activa en los trabajos de la Internacional en cual­quier país desde 1864, año de su fundación, han tenido que convencerse de ello. La Internacional prepara los ele­mentos de la organización revolucionaria, pero no la realiza. Los prepara organizando la lucha pública y legal de los trabajadores solidarios de todos los países contra los explotadores del trabajo, capitalistas, propietarios y empresarios de industria, pero nunca va más allá. La única cosa que hace fuera de esta obra ya tan útil es la propaganda teórica de las ideas socialistas en las masas obreras, obra asimismo muy útil, muy necesaria para la preparación de la revolución de las masas.

En una palabra, la Internacional es un ambiente favo­rable y necesario para esta organización, pero aún no es esta organización. La Internacional acepta en su seno, haciendo absolutamente abstracción de todas las diferencias de creencias políticas y religiosas, a todos los trabajadores honestos con esta única condición de que acepten con to­das sus consecuencias la solidaridad de la lucha de los trabajadores contra el capital burgués explotador del tra­bajo. Eso es una condición positiva, suficiente para sepa­rar el mundo de los trabajadores del mundo de los privilegiados, pero insuficiente para dar al primero una direc­ción revolucionaria.

… Incluso en el caso que llegarais a salvaguardar la existencia de vuestras secciones públicas a fuerza de lucha enérgica y hábil, creo que llegaréis tarde o temprano a comprender la necesidad de formar en medio de ellas nuclei compuestos por los miembros más seguros, entregados, inteligentes y enérgicos, en una palabra por los más íntimos. Esos nuclei, íntimamente vinculados entre ellos y con nuclei semejantes que se organizan y se orga­nizarán en las demás regiones de Italia o del extranjero, tendrán una doble misión: ante todo formarán el alma inspiradora y vivificante de ese inmenso cuerpo que se llama la Asociación Internacional de Trabajadores, en Italia como en las demás partes; y luego se ocuparán de cuestiones que es imposible tratar en público. Forma­rán el puente necesario entre la propaganda de las teorías socialistas y la práctica revolucionaria.

Naturalmente esta alianza secreta sólo aceptaría en su seno a un número muy reducido de individuos; pues en esa clase de organizaciones no es la cantidad sino la ca­lidad lo que hay que buscar. Sólo queréis una revolución popular; en consecuencia no tenéis que reclutar un ejército, pues vuestro ejército es el pueblo. Lo que debéis formar son los “estados mayores”, la red bien organizada y bien inspirada de jefes del movimiento popular.

… El candidato ha de comprender que una asociación que tenga un objetivo revolucionario ha de formarse necesariamente como “sociedad secreta”, y toda sociedad secreta, en interés de la causa que sirve y de la eficacia de su acción, así como en el de la seguridad de cada uno de sus miembros, ha de estar sometida a una fuerte disci­plina que no es más que el resumen y el puro resultado del compromiso recíproco que todos sus miembros han tomado los unos respecto a los otros.

… Me escribes, querido amigo, que eres “enemigo de toda clase de estatutos” y afirmas que “sólo son juegos de niños”. No comparto en absoluto tu opinión sobre este punto. Una reglamentación excesiva es detestable y opino como tú que “las personas serias han de trazarse una línea de conducta y no desviarse de ella”. Tratemos, pues, de comprendernos mutuamente.

Para establecer una cierta coordinación en la acción, coordinación necesaria, para mí, entre personas que tien­den hacia el mismo objetivo, se imponen ciertas condi­ciones: un número determinado de reglas que vinculen a cada uno a todos, ciertos pactos y acuerdos frecuentemente renovados; si todo eso falta, si cada cual trabaja como le plazca, las personas más serias mismas se encontrarán en una situación en que los esfuerzos de los unos serán neutralizados por los de los otros. Es la inarmonía lo que resultará de ello y no la armonía y la confianza serena hacia la que tendemos.

Quiero que en nuestro trabajo haya orden y una con­fianza serena, y ambas cosas no sean los resultados de las órdenes de una única voluntad sino de la voluntad colec­tiva, de la voluntad bien organizada de numerosos compañeros diseminados en numerosos países. Pero para que tal descentralización sea posible es preciso tener una organización real, y tal organización no es posible sin un cierto grado de reglamentación que, después de todo no es más que el resultado de un acuerdo mutuo o de un contrato.

… Con la disciplina y la confianza pasa como con la unión. Son cosas excelentes cuando están bien colocadas funestas cuando se dirigen a quien no lo merece. Amante apasionado de la libertad, confieso que desconfío mucho de quienes tienen siempre la palabra disciplina en la boca.

… Por enemigo que sea de lo que en Francia llaman la disciplina, reconozco, sin embargo, que una cierta disciplina, no automática sino voluntaria y reflexionada, y que se adecue perfectamente con la libertad de los indivi­duos sigue siendo y será siempre necesaria todas las veces que muchos individuos unidos libremente empren­dan cualquier trabajo o acción colectiva. Esa disciplina no es entonces más que la concordancia voluntaria y refle­xionada de todos los esfuerzos individuales hacia un ob­jetivo común. En el momento de la acción, en medio de la lucha, se reparten naturalmente los papeles según las apti­tudes de cada uno apreciadas y juzgadas por toda la colectividad: unos dirigen y ordenan, otros ejecutan las órdenes. Pero ninguna función se petrifica, no se fija ni queda irrevocablemente vinculada a ninguna persona. No existen el orden y el progreso jerárquico, de manera que el que ayer mandaba puede pasar a ser hoy subalterno. Ninguno se alza por encima de los demás o si se alza es sólo para caer instantes después, como las olas del mar, volviendo siempre al saludable nivel de la igualdad.

En este sistema ya no hay propiamente poder. El poder se funde en la colectividad y pasa a ser la sincera expre­sión de la libertad de cada cual, la fiel y seria realización de la voluntad de todos; cada uno obedece sólo porque el jefe del día sólo le ordena lo que él mismo quiere. He aquí la disciplina auténticamente humana, la disciplina necesaria para la organización de la libertad.

… Que cada grupo, cada sección de grupo reciba en su seno un nuevo miembro sólo por unanimidad, jamás únicamente por mayoría de votos, es decir, por todos los miembros que forman parte de esta sección o de este grupo. Si sois solamente dos sólo debéis admitir a un tercero cuando estéis los dos perfectamente de acuerdo y convencidos asimismo de la utilidad, inteligencia, en­trega, energía y discreción que os aportará. Y en esta opción no os tenéis que dejar dirigir jamás por ninguna consideración que no sea el pleno programa de la Alianza, la concordancia perfecta de sus sentimientos y de sus ideas con este programa, y su capacidad real de seguirlas con energía, con discreción y con constancia y prudencia, y especialmente su capacidad de renunciar para siempre a toda iniciativa individual aislada y de subordinar siem­pre su propia acción a la voluntad colectiva; capacidad que los vanidosos y los ambiciosos nunca tienen, pues lo que buscan (a menudo sin ponerse en duda a sí mis­mas), lo que buscan en todas las colectividades tanto públicas como secretas que encuentran es un pedestal para sí mismos, un escabel para su pequeña vanagloria o ele­vación personal.

También nosotros nos hemos impuesto esta ley de no recibir jamás en nuestro sancta sanctorum, en nuestra intimidad y fraternidad colectiva a ningún ambicioso ni a ningún vanidoso, por conformes que estén sus ideas y sus tendencias apasionadas con las nuestras y por grande que pueda ser la utilidad que sus relaciones y su influencia sobre el mundo tengan que aportarnos. Preferimos pri­varnos de ellos que recibirles entre nosotros porque esta­mos seguros de que su ambición o su vanidad no dejarían de aportar tarde o temprano entre nosotros los gérme­nes de la división y de la desorganización.

Querrán convertirse en jefes, directores, maestros, cosas que nosotros no reconocemos en absoluto entre nos­otros y que como socialistas revolucionarios no hemos de reconocer. Sólo puede y debe ser nuestro quien es capaz de ahogarse individualmente por completo en la solidaridad fraternal y en la acción colectiva de los aliados, no para volverse esclavo sino por lo contrario para adquirir nuevo temple y para encontrarse más fuerte, libre, inteligente, mediante la fuerza, la libertad, la inteligencia y la asis­tencia siempre activa y presente por doquier de todos.

… Nuestro objetivo es crear una colectividad revo­lucionaria poderosa pero siempre invisible; una colectivi­dad que ha de preparar la revolución y dirigirla, dejando al movimiento revolucionario de masas su pleno des­arrollo y a su organización social la libertad más absoluta, pero siempre atentos a que este movimiento y esta orga­nización no puedan jamás reconstituir autoridades, gobier­nos, Estados, y combatiendo todas las ambiciones tanto colectivas (del género de la de Marx) como individuales mediante la influencia natural, nunca oficial, de todos los miembros de nuestra Alianza esparcidos por todos los paí­ses y únicamente poderosos por su acción y por la unidad de programa, y de los objetivos que han de existir siem­pre entre ellos.

… Centralizada hasta este punto por la idea y por la identidad de un programa común a todos los países; centralizada por una organización secreta que no solamente enlazará a todas las partes de un país sino más aún a todos los países en un único plan de acción; centralizada además por la simultaneidad de los movimientos revolucionarios en buena parte del campo y la ciudad, la revolución deberá, sin embargo, tomar y mantener un carácter local en el sentido de que no deberá comenzar por una gran concentración de todas las fuerzas revolucionarias de un país ni tomar nunca el carácter novelesco y burgués de una expedición casi revolucionaria, sino que encendiéndose a la vez en todos los puntos de un país deberá tomar el de una auténtica revolución popular.

CAPÍTULO XII

ACOTACIONES SOBRE LA SITUACIÓN INTERNACIONAL

… Después de la presente guerra, si se acaba con el triunfo de Prusia, o sea con el de la reacción internacio­nal, los obreros estarán infinitamente más descontentos y miserables que lo han estado hasta ahora. Ello se entiende por sí mismo. Pero, ¿se deduce: primero, que sus dispo­siciones, su espíritu, su voluntad y sus resoluciones pasa­rán a ser más revolucionarías; y segundo, que incluso cuando sus disposiciones pasaran a ser más revoluciona­rias, tendrían más facilidad o una facilidad igual a la de hoy para hacer la revolución social?

Sobre cada una de estas cuestiones no vacilo en pro­nunciarme de modo negativo y he aquí el por qué. Pri­mero, en cuanto a la disposición revolucionaria en las masas obreras -no hablo aquí, naturalmente, de algunos individuos excepcionales-, no depende únicamente de un mayor o menor grado de miseria y descontento sino tam­bién de la fe o de la confianza que las masas obreras tengan en la justicia y en la necesidad del triunfo de su causa. Desde que hay sociedades políticas, las masas han estado siempre descontentas y siempre miserables.

Pero ese descontento sólo ha producido revoluciones muy raramente. Vemos incluso pueblos que están redu­cidos a una miseria excesiva y que, sin embargo, no se mueven. ¿A qué corresponde eso? ¿Acaso estén contentos con su posición? Ni lo más mínimo. Eso corresponde a que no tienen el sentimiento de su derecho ni la fe en su propio poder; y al no tener ni ese sentimiento ni esa fe siguen siendo esclavos impotentes durante siglos. ¿Cómo nacen el uno y la otra en las masas populares? El senti­miento o la conciencia del derecho en el individuo es el efecto de la ciencia teórica, pero también de su experiencia práctica de la vida. La primera condición, o sea el des­arrollo teórico de la inteligencia, aún no ha sido realizado nunca ni en parte alguna por las masas. Y, sin embargo, no puede decirse que las masas obreras de este país sean ignorantes de sus derechos. ¿De dónde han sacado el co­nocimiento de ellos? Solamente en su gran experiencia histórica, en esta gran tradición que, desarrollándose a través de los siglos y transmitiéndose de época en época, siempre en aumento y siempre enriquecida con nuevas injusticias, nuevos padecimientos y nuevas miserias, acaba por ilustrar a toda la masa del proletariado. Mientras que un pueblo no ha caído nunca en decadencia hay siempre progreso en esa saludable tradición, única maestra de las masas populares. Pero no se puede decir que en todas las épocas de la historia de un pueblo ese progreso sea igual. Por lo contrario, sólo se manifiesta a través de so­bresaltos. A veces es muy rápido, muy sensible, muy am­plio, otras veces disminuye la marcha o se detiene; y otras veces parece retroceder por completo. ¿A qué co­rresponde eso?

Eso corresponde evidentemente al carácter de los acon­tecimientos que constituyen su historia. Hay unos que la electrizan y la impulsan hacia adelante; otros actúan sobre la disposición general de la conciencia popular de modo deplorable, desalentador, aplastante, hasta el punto de desviarla, a veces hasta el punto de falsearla por com­pleto. En general se puede observar en el desarrollo his­tórico de los pueblos dos movimientos que vaya permi­tirme comparar con el flujo y el reflujo del océano.

En ciertas épocas, que ordinariamente son las precur­soras de grandes acontecimientos históricos, de grandes triunfos de la humanidad, todo parece avanzar con un paso acelerado, todo respira la potencia: las inteligencias, los corazones, las voluntades, todo va al unísono, todo parece caminar hacia la conquista de nuevos horizontes. Entonces se establece en toda la sociedad como una corriente eléc­trica que une a los individuos más alejados de un mismo sentimiento y las inteligencias más dispares en un mis­mo pensamiento, y que imprime a todos la misma voluntad. Entonces cada uno está lleno de confianza y de valor porque se siente llevado por el sentimiento de todos. Tal fue, para no salirnos de la historia moderna, el final del siglo XVIII en vísperas de la gran revolución. Tal fue, aunque en un grado mucho menor, el carácter de los años que precedieron a la revolución de 1848. En suma tal es, creo, el carácter de nuestra época que parece anunciarnos acontecimientos que acaso superarán en grandeza a los de 1789 y de 1793.

Pero hay otras épocas sombrías, desesperantes, fatales, en que todo respira la decadencia, la postración y la muer­te, y que presentan un verdadero eclipse de la concien­cia pública y privada. Son los reflujos que siguen siempre a las grandes catástrofes históricas. Tal fue la época del primer Imperio y de la Restauración. Tales fueron los diecinueve o veinte años que siguieron a la catástrofe de junio de 1848. Tales serán, en grado aún más terrible, los veinte o treinta años que van a suceder a la conquista de la Francia popular por las armas del déspota prusiano.

. . . Algunos escasos obreros sí podrán conservar la inteligencia y la voluntad revolucionarias, pero no tendrán la fe revolucionaria ya que esa fe sólo es posible cuando los sentimientos del individuo hallan un eco, un apoyo en los instintos y en la voluntad unánime de las masas; pero ese eco y ese apoyo no van a encontrarlos ya en las masas: las masas estarán completamente desmoralizadas, aplastadas, desorganizadas y decapitadas.

. . . Ante todo, para desorganizar completamente a las masas obreras, se va a prohibir a los obreros de Francia toda clase de asociación, bajo cualquier pretexto. De este modo se va a matar su espíritu y toda esperanza de formar entre ellos, mediante la discusión y la enseñanza mutua, lo único que puede esclarecerlos ahora, alguna voluntad colectiva. Cada obrero volverá a encontrarse, como des­pués de diciembre, reducido a un aislamiento intelectual y moral completo y condenado por este aislamiento a la impotencia más completa.

Al mismo tiempo, para decapitar a las masas obreras, va a detenerse y a transportarse a Cayena a algunos centenares, acaso a algunos miles de los más enérgicos, inteligentes, convencidos y entregados como Se hizo en 1848 y en 1851.

¿Qué van a hacer entonces las masas obreras des­organizadas y decapitadas? Van a pacer la hierba y, fus­tigadas por el hambre, van a trabajar como locos para enriquecer a sus patronos. ¡Esperad, pues, una revolución de las masas populares reducidas a semejante posición!

Pero si, pese a esta miserable posición, impulsado por esta energía francesa que no va a poder resignarse fácil­mente a la muerte, impulsado más aún por su desespera­ción, el proletariado francés se rebela, ¡oh!, entonces va a haber para hacerle entrar nuevamente en razón las descargas dobladas esta vez con puntiagudos fusiles; y contra este terrible argumento, al que no va a tener para oponer ni inteligencia ni organización ni voluntad colectiva, sino sólo su desesperación, va a ser diez, cien veces más impo­tente que jamás lo ha sido.

¿Entonces qué? Entonces el socialismo francés habrá dejado de contar entre las potencias activas que impulsan hacia adelante el desarrollo y la emancipación solidarias del proletariado de Europa. Aún podrá ciertamente haber escritores socialistas, doctrinas y obras, y periódicos socia­listas en Francia si el nuevo gobierno y si el canciller de Alemania, conde de Bismarck, quieren con todo per­mitirlo. Pero ni los escritores ni los filósofos ni sus obras ni en fin los periódicos socialistas constituyen aún el socialismo vivo y poderoso. Este último sólo halla una existencia real en el instinto revolucionario ilustrado, en la voluntad colectiva y en la organización propia de las masas obreras mismas; y cuando ese instinto, esa voluntad y esa organización faltan, los mejores libros del mundo no son más que teorías en el vacío, sueños impotentes.

… Los mazzinianos, infatuados con sus ideas toma­das al margen de la vida y de las aspiraciones populares reales, se imaginan que les basta con formarse en peque­ños centros de conspiración en las principales ciudades de Italia, de un número de algunas decenas en cada una, arrastrando con ellos a lo sumo algunos centenares de obreros y con levantarse de improviso en una insurrección simultánea, para que las masas les sigan. Pero ante todo nunca han sabido ni organizar un levantamiento simul­táneo; y luego, y sobre todo, las masas han quedado siem­pre sordas e indiferentes a su llamado, de modo que todas las empresas mazzinianas han tenido por resultado inva­riable fiascos sangrientos e incluso a veces ridículos. Pero como los mazzinianos son doctrinarios incorregibles, siste­máticamente sordos a las crueles lecciones de la vida, esta sucesión terrible de dolorosos abortos, esta experiencia misma no les ha enseñado nada. Cada primavera comien­zan de nuevo, atribuyendo todas esas pasadas derrotas no al vicio inherente de su sistema sino a algunas circuns­tancias secundarias, a accidentes desfavorables, accidentes que se encuentran en todas las empresas conocidas de la historia pero que sólo han podido ser vencidos por las que emanaron auténticamente de las profundidades mis­mas de la vida real.

Esas empresas siempre abortadas tenían una razón de ser, pese a su constante y fatal fracaso, cuando se trataba de despertar y formar el patriotismo de la juventud ita­liana. Fue, como lo dije ya, la obra gloriosa de Mazzini. Pero una vez realizada esta obra, era absolutamente pre­ciso cambiar el sistema bajo pena de destruirla o incluso de corromperla. El viejo sistema de Mazzini, que era ex­celente para crear tina valerosa juventud, nada valía para producir una gran revolución triunfante. Mazzini creyó que para levantar a las masas bastaban sus abstracciones. Jamás comprendió que las masas sólo se ponen en movi­miento cuando son empujadas a ello por potencias -intereses y principios a la vez- que emanen de su propia vida.

El levantamiento que proyectó para esta primavera habrá tenido inevitablemente la suerte de todas las empre­sas precedentes. Sus consecuencias parecen haber sido más crueles aún; pues me parece que Italia se encuentra en una de esas situaciones críticas en que cada falta puede resultar fatal. Es preciso que la revolución no se vea deshonrada por un movimiento insensato y que la idea de un levantamiento revolucionario no caiga en el ridículo.

Lo que puede y debe salvar a Italia es una gran re­volución popular. Para ello no basta con hacer tomar las armas a unos centenares de jóvenes, ni basta tampoco con levantar el proletariado de las ciudades: es preciso que el campo, vuestros veinte millones de campesinos, Se levan­ten también.

… No dudo que pronto se van a tomar medidas muy enérgicas y muy arbitrarias para disolver, para aniquilar vuestro fascio operaio. ¿Qué haréis entonces? ¿Un le­vantamiento? Sería magnífico si pudierais tener la espe­ranza de triunfar. Pero ¿pensáis tenerla? ¿Estáis lo suficientemente bien preparados, lo suficientemente sólida­mente organizados para ello? ¿Tenéis la certeza de levantar con vosotros a toda la Romaña, campesinos incluidos? Si es que sí, recoged el guante que os lanzo. Pero si no tenéis esta confianza -no os hablo de ilusiones, sino de una confianza basada sobre hechos positivos- entonces, por favor, tened la fuerza de comprimir vuestra natural indignación, de evitar una batalla que tendría que acabar en derrota para vosotros. Recordad que una nueva derrota sería mortal no solamente para vosotros sino para toda Europa. Creo que hay que esperar el desenlace del movimiento español y entonces, cuando el movimiento de este país tome un carácter amplia y francamente revoluciona­rio, habrá que levantarse todos juntos, no solamente la Romaña sino todas las partes de Italia que son capaces de un movimiento revolucionario.

Y ¿qué hacer entre tanto si disuelven violentamente vuestra organización pública? Hay que transformarla en organización secreta, imprimiéndole entonces un carácter y dándole un programa mucho más revolucionario que el que habéis podido darle hasta ahora.

Sin duda es de desear que podáis conservar la orga­nización pública y legal de las secciones de la Romaña y otras que constituyen el fascio operaio. Pero si las perse­cuciones del gobierno os fuerzan a disolverlas en tanto que organizaciones políticas os veréis claramente forzados a transformarlas en organizaciones secretas, a menos de condenaros vosotros y vuestros amigos, y vuestra causa con vosotros, a una aniquilación completa.

… Lo que vuelve tan poderosos a los movimientos auténticamente populares es que, producidos por una gran pasión unánime, arrastran a todo el mundo, tanto a los débiles como a los fuertes, tanto a mujeres, niños y an­cianos como a jóvenes y hombres maduros, es que la au­sencia misma de todo orden formal y de toda regla artifi­cial impuesta por una autoridad superior hace posible esta participación de todas las edades y todos los sexos en el movimiento general; mientras que la represión definitiva de las fuerzas populares, siempre desapareciendo y siempre renaciendo, pasa a ser casi imposible precisamente por eso.

Hemos visto una prueba conmovedora en la última insurrección polaca. Fue un movimiento anárquico, pues el “gobierno nacional” de Varsovia fue demasiado débil para contenerle y dirigirle, lo cual fue más bien una ventaja que una desgracia, pues ese gobierno -que hay que evitar confundir con el “Comité Central” de Var­sovia, que había organizado la conspiración nacional pero que fue disuelto de hecho a los primeros días de la insu­rrección y fue reemplazado por el gobierno nacional-, ese gobierno, digo, era de un temperamento tan poco revolu­cionario que era mucho más capaz de matar que de hacer vivir a la insurrección polaca. Todos los miembros del Co­mité Central, menos uno o dos aproximadamente, eran sinceramente revolucionarios, sino totalmente por su pro­grama (sobre el que luego tendré ocasión de volver a hablar) por lo menos por la energía de su fe y de su vo­luntad. Eran jóvenes impacientes por comenzar la lucha y que contaban sólo con el levantamiento popular. Eran naturalmente enemigos del sistema de concesiones y de medias medidas, y no tenían ninguna confianza en la diplo­macia. Puede, pues, creerse que si se hubieran mantenido en cabeza del movimiento insurreccional, este último hu­biera tomado un sesgo más decisivo. Pero al dejarse arras­trar por un sentimiento mezcla de impaciencia, de vanidad juvenil y de heroísmo, e impulsados en parte por las nece­sidades mismas de su dificilísima posición, abandonaron Varsovia para ponerse en cabeza de las bandas insurgen­tes. Casi todos perecieron y su puesto vacante se vio ocu­pado por otros. Esos otros eran revolucionarios para el día siguiente no para la víspera, patriotas entregados pero moderados, indecisos y prudentes que nunca habrían comenzado una revolución que la víspera aún declaraban imposible, y que en consecuencia no tenían ninguna de las cualidades requeridas para conducirla a buen término.

Esos revolucionarios “moderados” reprocharon a la juventud revolucionaria, como una gran locura, su con­fianza en el pueblo; jamás compartieron esa confianza y ello por muchos motivos: temieron incluso más que desearon la insurrección polaca. Pero probando su indis­cutible cordura con esta “desconfianza legítima” que el pueblo siempre les inspiró, no supieron evitar otra locura: no puede calificarse de otro modo su confianza infantil en los auxilios de la diplomacia. Hoy son víctimas de ella. Un amigo muy peligroso y muy equívoco de la causa polaca, jefe de un Estado que desde que esta causa existe no ha dejado escapar ocasión alguna para rendirle malos servicios, en una palabra el emperador Napoleón III, les sugirió que debían apoderarse del movimiento nacional: ante todo para paralizar todo lo que en él había de au­ténticamente revolucionario y que, añadía, sería necesariamente antipático a todos los gobiernos regulares de Europa; pero al mismo tiempo para hacerlo prolongar continuándolo como una protesta exclusivamente nacional, para dar a la diplomacia el pretexto de intervenir en favor de Polonia. Esos hombres prudentes, que en efecto se habían apoderado del gobierno nacional, siguieron con fi­delidad excesiva los consejos de París. Pusieron toda su esperanza en la intervención diplomática de Francia y para complacerla, para complacer también a Austria, que du­rante algunos meses hizo cara de querer asociarse a la polí­tica de Francia, hicieron todos sus esfuerzos para calmar, para despopularizar y para ahogar la insurrección nacio­nal. Sólo lo lograron imperfectamente gracias a su im­potencia.

… Esa revolución consistiría en la expropiación suce­siva o violenta de los propietarios y capitalistas actuales, y en la apropiación de todas las tierras y de todo el capital por el Estado quien, para poder llenar su gran misión tanto económica como política, tendría que ser necesaria­mente muy poderoso y muy fuertemente concentrado. El Estado administraría y dirigiría el cultivo de la tierra por medio de sus ingenieros a sueldo y al mando de ejércitos de trabajadores rurales, organizados y disciplinados para este cultivo. Al mismo tiempo, sobre la ruina de todos los bancos existentes, establecería un banco único, comandi­tario de todo el trabajo y de todo el comercio nacional.

Se concibe que a primera vista, un plan de organización tan simple, por lo menos en apariencia, pueda seducir la imaginación de obreros más ávidos de justicia y de igual­dad que de libertad, y que se imaginen locamente que ambas pueden existir sin libertad como si, para conquistar y para consolidar la justicia y la igualdad, se pudiera confiar en otro y sobre todo en gobernantes, por elegidos y controlados por el pueblo que se digan. En realidad, sería para el proletariado un régimen cuartelario en que la masa uniformizada de trabajadores y trabajadoras se despertaría, iría a dormir, trabajaría y viviría a toque de tambor.

… Veinte años de experiencias en Inglaterra, en Fran­cia, en Alemania, han probado en suma que el sistema cooperativo no puede liberar a los obreros, ni incluso me­jorar sensiblemente su situación, en las actuales condiciones sociales. La famosa asociación de los obreros de Rochdale en Inglaterra, que tanto ruido hizo y que suscitó tanta emulación e intentos en otros países, ha acabado por crear una nueva burguesía colectiva que no se siente molesta explotando a la masa de obreros no pertenecientes a la cooperativa.

… Los obreros de Francia están perdiendo su propio latín. Hasta este instante habían padecido muchos sus propios padecimientos; pero todo el resto: su ideal, sus esperanzas, sus ideas, sus imaginaciones políticas y socia­les, sus planes y proyectos prácticos soñados más que meditados para un futuro próximo, todo ello lo tomaron mucho más en los libros, en las teorías corrientes e ince­santemente discutidas que en una reflexión espontánea basada sobre la experiencia de la vida. Han hecho conti­nuamente abstracción de su existencia y de su experiencia diaria, y no están habituados en absoluto a sacar de ahí sus inspiraciones, su pensamiento. Su pensamiento se ha alimentado de una cierta teoría aceptada por tradición, sin crítica pero con plena confianza, y esa teoría no es más que el sistema político de los jacobinos modificado más o menos para uso de socialistas revolucionarios.

… El pueblo ruso, pese a la terrible esclavitud que le deprime y pese a los garrotazos que llueven sobre él por todos lados, tiene instinto y porte perfectamente demo­cráticos. No está corrompido en absoluto él, sólo es des­graciado. Hay en su naturaleza semibárbara algo tan enér­gico y tan amplio, tal abundancia de poesía, de pasión y de espíritu, que es imposible no estar convencido, cono­ciéndole, de que tiene aún una gran misión que cumplir en este mundo.

… ¿Dónde tomais vuestra fuerza y vuestra fe? ¡Una fe sin Dios, una fuerza sin esperanza y sin objetivo per­sonal! ¿Dónde encontrais esta potencia para condenar a sabiendas a la nada toda vuestra existencia y para afron­tar la tortura y la muerte sin vanidad ni frases? ¿Dónde radica la fuente de este implacable pensamiento de des­trucción y de esta resolución fríamente apasionada ante la que se aterra el espíritu y se enfría la sangre en las venas de nuestros adversarios? Nuestra literatura oficial y oficiosa que pretende expresar el pensamiento del pueblo ruso se ha detenido completamente desconcertada ante vosotros. No comprende ya nada de todo esto.

… Si fuerais una juventud ideal, doctrinaria o sen­timental; si os hubierais entretenido soñando con la cien­cia y con el arte, con la libertad y con la humanidad en teoría, en vuestras conversaciones o en los libros, aún os amnistiarían; pues los dignos veteranos de esta envilecida literatura tuvieron asimismo su juventud. También soñaron cuando aún sólo eran estudiantes. Entusiastas de las bellas teorías, juraron también volcar su vida en el culto del ideal, en las nobles hazañas, en el servicio de la libertad y de la humanidad. Luego llegó la experiencia, una experiencia adquirida en el más abyecto mundo que ima­ginarse pueda, y bajo la influencia de este mundo se volvieron lo que son: unos canallas. Pero recuerdan con ternura sus sueños de juventud y os hubieran perdonado los vuestros de tanto o más buen grado cuanto que esta­rían convencidos de que con la misma experiencia y bajo la influencia de la misma realidad no tardaríais sin duda en volveros más desalmados aún que ellos mismos.

Lo que jamás os perdonarán es que no querais ser ni ladrones ni soñadores. Despreciáis tanto a este odioso mundo cuya realidad os oprime como al mundo ideal que hasta ahora sirvió de refugio a las “almas puras” contra las infamias de la realidad.

… Estoy de acuerdo contigo en decir que la hora de la revolución pasó. No debido a los horribles desastres de que hemos sido testigos ni a las terribles derrotas cuyas víctimas más o menos culpables hemos sido; sino por­que, con gran desesperación mía he comprobado y com­pruebo nuevamente cada día que el pensamiento, la espe­ranza y la pasión revolucionarios no se hallan en abso­luto en las masas; de nada servirá el fatigarse sin resul­tado, nada se va a hacer. Admiro la paciencia y la perse­verancia heroica de los del Jura y de los belgas -esos últimos mohicanos de la fenecida Internacional-, que pese a todas las dificultades y adversidades, y pese a todos los obstáculos, en medio de la indiferencia general oponen su obstinada frente al curso absolutamente contrario de co­sas, y siguen haciendo tranquilamente lo que hicieron antes de las catástrofes, cuando el movimiento era ascen­dente y el menor esfuerzo creaba una fuerza.

En cuanto a mí, querido, me he vuelto demasiado viejo, enfermo, cansado y, ¿hay que decirlo?, demasiado desengañado en muchos puntos de vista para sentir el deseo y la fuerza de participar en esta obra. Me he reti­rado decididamente de la lucha y pasaré el resto de mis días en una contemplación no ociosa sino por el contrario intelectualmente muy activa y que espero que no va a dejar de producir algo útil. Una de las pasiones que me dominan en este momento es una inmensa curiosidad.

¡Qué actores y qué escena! En el fondo y dominando toda la situación en Europa, el emperador Guillermo y Bismarck en cabeza de un gran pueblo lacayo. Contra ellos, el papa con sus jesuitas, con toda la Iglesia católica y romana, ricos en miles de millones, dominando una gran parte del mundo mediante las mujeres, la ignorancia de las masas y la habilidad incomparable de sus confidencias inconfesables, teniendo por doquier sus ojos y sus manos.

Tercer actor: la civilización francesa encarnada en Mac-Mahon, Dupanloup y Broglie remachando las ca­denas de un gran pueblo destronado. Luego, alrededor de todo esto, España, Italia, Austria, Rusia haciendo cada cual sus guiños de ocasión. Y a lo lejos Inglaterra no pudiendo decidirse a volver a ser algo, y más lejos aún la república modelo de los Estados Unidos de América coqueteando ya con la dictadura militar.

¡Pobre humanidad!

Es evidente que sólo podrá salir de esa cloaca a tra­vés de una inmensa revolución social. Pero, ¿cómo la va a hacer, esa revolución? Nunca la reacción internacional de Europa estuvo tan formidablemente armada contra todo movimiento popular. Ha convertido la represión en tina nueva ciencia que se enseña sistemáticamente en las escuelas militares a los lugartenientes de todos los países. ¿Y qué tenemos nosotros para atacar esta fortaleza inexpugnable? Las masas desorganizadas. Pero cómo or­ganizarlas cuando ni siquiera están lo bastante apasionadas por su propia salvación, cuando no saben lo que han de querer y cuando no quieren lo único que puede salvarlas.

… La Edad Media proclamó el dogma de la Unidad y nunca el mundo estuvo más dividido y más desgarrado, nunca se ignoraron tanto no solamente las naciones sino las partes integrantes de un mismo país y de una misma provincia, como en esta época de egoísmo o, si lo preferís, de autonomías individuales y locales. Hoy que la unidad católica y simbólica no existe ya, hoy que la libertad de pensamiento y la anarquía de las conciencias prevalecen, a despecho de Mazzini, la unidad del mundo humano por lo contrario se hace cada día más real: ningún aconteci­miento por poco importante que sea puede darse en un país de Europa sin que repercuta inmediatamente y haga sentir su influencia no sólo en todos los demás países del mundo civilizado, sino hasta en China y en el Japón.

Me encontraba en la capital de la Siberia oriental, en Irkutsk, cuando la memorable campaña de Garibaldi en Sicilia y Nápoles. Pues bien, puedo afirmar que todo el público de Irkutsk casi sin excepción, mercaderes, arte­sanos, obreros, hasta los propios funcionarios, tomaban partido apasionadamente por el liberador contra el rey de las Dos Sicilias, el fiel aliado del zar. El correo lle­gaba sólo a Irkutsk dos veces por semana, el telégrafo aún no existía; ¡y había que ver con qué encarnizamiento se arrancaban los periódicos unos a otros y con qué en­tusiasmo se celebraba una nueva hazaña del general li­berador! En los años 1860, 61, 62 Y 63, cuando el mundo rural estaba tan profundamente agitado, unos campesinos de la Gran y de la Pequeña Rusia esperaban la llegada de Garibaldof, y cuando les preguntaba quién era respon­dían: “¡Es un gran jefe, el amigo de los pobres, y va a venir a liberarnos!”.

_____________

Nota.

La libertad es un libro que se compone a partir de la recopilación de fragmentos de Textos de Mijaíl Bakunin. Este libro fue publicado por vez primera en 1972 por Editorial Grijalbo. Los extractos provienen de las Obras com­pletas y de la Correspondencia de Bakunin. Se señala el comienzo de algunos párrafos con puntos suspensivos para indicar que es el comienzo de un párrafo nuevo.

La Libertad ha sido digitalizado y aportado a este blog por el Kolectivo Conciencia Libertaria:

http://mx.geocities.com/kclibertaria/

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7 comentarios to “La Libertad.”

  1. salvajismo said

    Un saludo!

  2. […] y la Revolución Social. >Mijaíl Bakunin. La Liberad. En Archivo Miguel Bakunin. Link: https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/02/12/la-libertad/ Consultado 15/02/2012. >Mijaíl Bakunin. La Comuna de París y la noción del Estado. En […]

  3. […] Mijail Bakunin. La Libertad. https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/02/12/la-libertad/ […]

  4. […] Mijail Bakunin. La Libertad. https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/02/12/la-libertad/ […]

  5. […] praxis, ética y política) >Mijaíl Bakunin. La Libertad. En Archivo Miguel Bakunin. Link: https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/02/12/la-libertad/ Consultado 15/02/2012 >Piotr Kropotkin. El Apoyo mutuo. Un factor de evolución. En Sala de […]

  6. […] y la Revolución Social. >Mijaíl Bakunin. La Liberad. En Archivo Miguel Bakunin. Link: https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/02/12/la-libertad/ Consultado 15/02/2012. >Mijaíl Bakunin. La Comuna de París y la noción del Estado. En […]

  7. […] La Libertad. […]

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