ARCHIVO MIGUEL BAKUNIN

Recopilación de documentos de Bakunin en español.

Respuesta del ciudadano Bakunin

Posted by archivero en marzo 5, 2008

A los compañeros redactores del Boletín de la federación jurasiana.

¡Queridos compañeros de infortunio!

La espada de Damocles, que tanto tiempo llevaba amenazándonos, ha caído finalmente sobre nuestras cabezas. En realidad, no se trata de una espada, sino del arma que el señor Marx tiene la costumbre de utilizar: un montón de basura.

Efectivamente, en la nueva circular privada del Consejo general de Londres, fechada el 5 de marzo de 1872, pero dada a la publicidad recientemente, no falta nada: invenciones ridículas, falsificaciones de principios y de hechos, insinuaciones odiosas, mentiras cínicas, calumnias infames, en fin, todo el arsenal de campaña del Señor Marx. Es una especie de recopilación mas o menos sistematizada de todos los sucios y absurdos embustes que la malicia, mas perversa que ingeniosa, de los judíos alemanes y rusos, sus amigos, sus agentes, sus discípulos y al mismo tiempo, los ejecutores de sus designios, han propagado y divulgado contra todos nosotros, sobre todo contra mi, durante aproximadamente tres años, principalmente desde aquel desafortunado Congreso de Basilea, en el que tuvimos la osadía de votar, al lado de la mayoría, contra la política marxiana.

Todavía recuerdo la exclamación que lanzó en aquella ocasión uno de los firmantes de esta circular: “Marx wird sehr unzufrieden sien” -Marx se va a enfadar mucho -. Y efectivamente se enfadó. Y yo, chivo expiatorio condenado por la furiosa sinagoga a pagar nuestros pecados colectivos, fui el primero en advertirlo. Seguramente recordareis el artículo del judío alemán Maurice Hess publicado en Le Réveil (otoño de 1869) y reproducido a continuación por Borkheim y los demás judíos alemanes del Volksstaat. Para no hablar del pequeño judío ruso de L´Egalité de Ginebra. Fue como una inundación de lodo contra mí, contra todos nosotros.

Durante dos años y medio hemos soportado en silencio esta inmunda agresión. Nuestros calumniadores habían empezado lanzando acusaciones vagas, acompañadas de reticencias cobardes y de insinuaciones venenosas, pero tan estúpidas que, a falta de otras razones, el disgusto y el desprecio que me provocaron bastarían para explicar y legitimar mi silencio. Más tarde, envalentonados por este silencio cuyas verdaderas razones no supieron adivinar, llevaron su mezquindad hasta el extremo de presentarme como un agente asalariado paneslavista, ruso, napoleónico, bismarckiano, e incluso papista…

Eran argumentos tan estúpidos que no valía la pena discutirlos. Pero, además, razones más importantes que el natural desprecio que provoca luchar contra el lodo, me impulsaban a guardar silencio. No quería darles a esos dignos ciudadanos lo que evidentemente estaban buscando: un pretexto para reducir un gran debate de principios a una miserable cuestión personal. No quería que recayese sobre mi la terrible responsabilidad que ha caído sobre quienes han introducido en esta Asociación Internacional de Trabajadores, de la que depende la victoria de los proletarios de tantos países, los gérmenes de la discordia y la disolución. No he querido ofrecerle al público burgués el espectáculo, tan triste para nosotros como regocijante para él, de nuestras disensiones internas.

En fin, me pareció conveniente no atacar, ante este mismo público, a una camarilla en la que, no me importa reconocerlo, hay hombres que han prestado inestimables servicios a la Internacional.

Sin duda, hoy, esos hombres se deshonran y causan un grave perjuicio a la Internacional sirviéndose de la calumnia para combatir a unos adversarios a los que no pueden derrotar con sus argumentos. Sin duda su gran celo por la causa del proletariado se acompaña, de modo bastante desagradable, de una considerable dosis de pretensiones vanidosas y de ambición, tanto personal como racial… Pero ello no impide que este celo sea sincero. Yo estoy completamente convencido de ello, al menos por lo que respecta a algunos de ellos; y como se muestran solidarios, he tenido que abstenerme de atacar a unos para no alcanzar a los otros.

Por otra parte, pensaba llamar a mis calumniadores ante un jurado de honor que estoy seguro me concederá el próximo Congreso general. Y por poco que este jurado me ofrezca garantías de celebrar un juicio serio e imparcial podré exponer detalladamente todos los hechos de este caso, tanto de los políticos como los personales, sin tener que pensar en los inconvenientes y peligros de una divulgación indiscreta.

Pero hay toda una serie de hechos, totalmente públicos, que la calumnia marxiana, apoyada esta vez por todos los miembros del Consejo general, ha desnaturalizado, mezquinamente y a sabiendas. Restablecer la verdad y contribuir, en la medida de mis fuerzas, a la demolición del sistema de mentiras edificado por el señor Marx y sus acólitos, tal será el objeto de un escrito que me propongo publicar antes de que se reúna el congreso.

Terminaré esta carta con una última observación. Esta circular es la mejor prueba del desastroso dominio que ejerce el señor Marx en el Consejo general. Repasad los nombres de los cuarenta y siete firmantes y apenas encontrareis siete u ocho que hayan podido pronunciarse en este caso con un mínimo conocimiento de causa. Los demás, instrumentos ciegos y dóciles de la cólera y de la política marxianas, han puesto su firma en una condena infame contra nosotros, sin habernos visto ni escuchado nunca. ¡Nos han juzgado y ejecutado sin molestarse a formularnos una sola pregunta!

¿Es esta la interpretación que el Consejo general de Londres hace de la justicia, la verdad, la moral, que, según los considerandos de nuestros estatutos deben ser la base de toda relación, tanto colectiva como individual, en el interior de la Asociación Internacional de los Trabajadores? ¡Ah, señor Marx, es más fácil encabezar un programa con principios que ejercerlos!

Se diría que, en un momento en que la Federación belga discute la existencia ulterior del Consejo general, los miembros de este Consejo se han multiplicado para demostrar que esta institución no sólo ha llegado a ser inútil, sino que se ha vuelto perjudicial.

Salud y Solidaridad.

Mijail Bakunin

Locarno, a 12 de junio de 1872

________

Digitalizado por: Carlos Rivera.

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2 comentarios to “Respuesta del ciudadano Bakunin”

  1. Víctor said

    ¡Muy buen trabajo, compañeros! Algunos textos no los conocía…

    Por cierto, les invito a pasarse de vez en cuando por aquí de vez en cuando:

    http://www.mutualismo.org

  2. […] Respuesta del ciudadano Bakunin […]

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